SUEÑOS DE ENERO

por elcantodelcuco

Enero es la puerta de entrada al año. Ante nosotros se abre un paisaje desconocido, entre esperanzador e inquietante. En las montañas de mi infancia la nieve cubría estos días el pueblo, el campo, los cerros y los caminos. Primero, mientras caía, se adueñaba de nosotros una euforia salvaje, primitiva; pero no tardaban en llegar las amarguras, y la nieve sucia, los ventisqueros y el frío helador se apoderaban de la calle y nos metían en casa, a hombres y animales, al abrigo de la cocina y de la majada. “¡Ay qué blanca y qué negra es la nieve!”, nos advertían siempre los mayores, arrimados a la lumbre del hogaril. Como la vida misma. Para darles la razón, no tardarían en llegar las temibles úrguras a caballo del viento, y siempre había alguien que comentaba: “¡Pobre de aquel al que las úrguras sorprendan sin chozo y en descampado!” Otro añadiría: “Sobre todo, de noche; de noche no tiene salvación el caminante desprevenido. Se han dado casos…” Y aquí llegaban las historias tremendas de los desaparecidos en la nieve desde tiempo inmemorial. Por eso, recordaban, en lo alto del puerto de Oncala había desde siempre un campanillo y en las noches más crudas de invierno el ermitaño se ocupaba de tocarlo continuamente por si había alguien desorientado en medio de la tempestad.

Eso de “año nuevo, vida nueva” casi nunca se cumple. Los buenos propósitos tropiezan casi siempre con la dura realidad y con nuestra debilidad humana. Enseguida los hermosos sueños, como aquella nieve de la infancia, se desvanecen y comprobamos que el año nuevo es la continuación del año viejo. Tras la euforia del consumo navideño llega el tío Paco con la rebaja. Las rebajas de los grandes almacenes no aligeran, sino todo lo contrario, la pesada carga en la cuesta de enero. Proporcionan sueños efímeros a los afanosos compradores y sirven, si acaso, para mantener momentáneamente el empleo temporal de una bandada de jóvenes contratados, que pronto volverán en desbandada al paro. Pero eso no quita para que en este pórtico del año esté permitido soñar. ¡Qué se yo! No faltarán los que sueñen con que, por fin, uno de los currículos enviados le proporcionará un empleo estable. Muchos a estas horas soñarán con el hijo que nacerá en este bendito año bisiesto. (Yo mismo espero una nueva nieta para la primavera). Habrá quien sueñe con el primer amor o con un amor nuevo en estos tiempos de quita y pon. O con superar esa enfermedad, que se ha adueñado de su vida y de todos sus sueños, como la yedra se agarra al muro. Los hospitales son hoy el principal centro de peregrinación, de sufrimiento y de esperanza. Más que las iglesias. Como si, en los tiempos que corren, importara más la salud material que la espiritual. Los más ilusos soñarán con que España recobrará el pulso, los catalanes recuperarán el buen sentido, los partidos unirán sus fuerzas para salir del laberinto y se acabará esta estéril politiquería. Y los vecinos de los pueblos que agonizan en silencio ni siquiera tienen ya fuerza para soñar que alguien se acordará por fin de ellos este año que empieza.

Y luego están, al comenzar el año, los sueños ordinarios: rebajar la hipoteca, cambiar de casa, la esperada subida del sueldo, un alquiler asequible, terminar la carrera, casarse, ir al gimnasio, ponerse a régimen, dejar de fumar, un coche nuevo, aquel viaje soñado, plantar un huerto, adquirir un perro, reformar la cocina, comprarse un abrigo, escribir un libro y cosas por el estilo. No faltarán los grandes ilusos que, nada más pisar enero y comprobar que no han tenido suerte, como otros, en la lotería de Navidad ni en la del Niño, sueñen con que de este año no pasa: la suerte llamará cuando menos lo esperen a su puerta y serán ricos gracias a la primitiva, las quinielas o el euromillón. Una muchedumbre de aficionados al fútbol sueñan de día y de noche, cuando empieza la segunda vuelta, con ganar la liga, jugar en Europa o mantener la categoría. Para los equipos humildes mantener la categoría es el premio de consolación soñado. Para todos ellos, el sueño redondo del fútbol ocupa su cabeza. Como decía el escritor Vázquez Montalbán, uno puede cambiar de todo en la vida menos de equipo. En fin, quedan los viejos, que han pisado mucha nieve y han visto pasar muchos “añonuevos”. Notan que, de año en año, las fuerzas desfallecen y los recuerdos se comen a los sueños. A estas alturas se conforman con resistir un año más sin demasiados achaques y llegar hasta el próximo año nuevo. Sólo piden un año de prórroga. “¡Año alante!”, que decían en el pueblo, mientras veían nevar desde la ventana.

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