LA SOBADORA (O SOBADERA)

por elcantodelcuco

Celebrando que esta es la entrada número 200 de “El canto del cuco” y de que este pobre blog dedicado a recoger los despojos de la antigua civilización rural está a punto de alcanzar las 100.000 visitas, superando el número de habitantes que viven hoy en la provincia de Soria, he creído apropiado e ilustrativo presentarles hoy un humilde objeto de otro tiempo, recogido en el somero de la casa de Sarnago y que representa, mejor que cualquier otro, el espíritu de aquella época. Les presento la sobadora. O, si prefieren, la sobadera, que es como yo la llamaba hasta que la consulta rutinaria y obligada al diccionario me ha torcido el juicio. Sobadera o sobadora, qué más da. Sobadera, según la Academia, es el sitio donde se soban las pieles. También significa molestia o fastidio. Y no sería forzar mucho el sentido aplicar el término también al manoseo en ratos de vino y rosas, sobre todo si la soba es colectiva, a media luz y con música de fondo. Sobadora, en cambio, es la máquina que se usa para estirar la masa mediante dos rodillos y otros artilugios que luego diré. El resultado es el bollo sobado o el sobado —o “sobao”— a secas: una pasta de harina, azúcar y manteca o aceite. Esta es la nuestra, sin descartar que el significado del término pueda aplicarse también a la sobona o mujer ardiente y puede que a la taimada. Pero esas son derivaciones que no hacen al caso.

Mi sobadera o sobadora era un curioso trasto de madera, aquerado, envuelto en polvo y telarañas, arrumbado en un rincón del somero y del que en toda mi vida había notado su existencia. En realidad, lo habría visto mil veces, tirado bajo la tronera entre otros cachivaches, enfrente de las escaleras de acceso al desván, sin que supiera lo que era ni me llamara la atención. Seguramente llevaba allí siglos. Un día, en una de las visitas al pueblo, lo vio mi hija Ruth, le llamó la atención, lo cargó en el coche y me lo trajo. Aquí no corrió mucha mejor suerte. Acabó en un rincón del garaje, que hace de leñera y de trastero. Su aspecto era bastante deplorable. En más de una ocasión estuvo a punto de ir a parar al “punto limpio” —que debería llamarse “punto sucio”—, a lo que me opuse siempre por razones sentimentales y porque el artefacto tenía gracia y todas las trazas de ser muy antiguo. Nunca oí de niño que mi abuela lo hubiera usado alguna vez. Nadie lo mencionó nunca en casa, que yo recuerde. Este dato lo situaba, con toda seguridad, al menos en el siglo XIX. Pero puede que tenga, a juzgar por los materiales y su estructura, unos cientos de años más. Acaso estuviera allí desde la construcción de la casa en el siglo XVII. Quién sabe si fue regalo de boda de alguno de mis antepasados. Esto convierte a la sobadora en una joya, digna de figurar en el Museo Etnográfico de Sarnago. Es, sin duda, obra de algún magnífico artesano local, una pieza única. La sobadora o sobadera representa la cultura del pan, componente fundamental de la civilización rural.

Hace unos meses la vieron Chiqui y Alfonso, mis cuñados de Toledo, y Alfonso, que además de sabio neurofisiólogo y amante de la Naturaleza es un manitas, se ofreció a llevársela e intentar repararla. A ello ha dedicado muchas horas perdidas, con infinita paciencia, hasta dejarla como nueva: las piezas ajustadas, repuestas las averiadas, libres de carcoma, barnizadas y brillantes. Lista para ser utilizada como en los viejos tiempos, cuando salió del taller del carpintero. Ruedan de nuevo sus dos cilindros macizos, puede que de arce, de regulación rápida y milimétrica. Están a punto sus dos volantes de giro, que sirven para emparejar el espesor de la masa. Y gira sin roces y armoniosamente la manivela. Ahí tengo, pues, a la sobadora, o sobadera, en lugar preferente junto a la chimenea del salón. Siempre que la veo me remonto a mis orígenes. La contemplo como un objeto amable que ha llegado de lejos. Veo en ella los campos dorados de trigo, dispuestos para la siega. Vuelvo a recorrer con el caballo cargado con tres medias de trigo el camino del molino del Rebote. Contemplo a mi madre amasando en la artesa con un pañuelo blanco en la cabeza. Me envuelve de nuevo el olor del pan recién cocido en el horno familiar. Y quiero hacerme a la idea de que esta sobadera (o sobadora) recuperada es un símbolo de la titánica tarea de recuperación del mundo rural que queda por delante.

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La sobadora (o sobadera) restaurada

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