El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: febrero, 2016

LA HORA DEL TURISMO RURAL

Un cielo estrellado, en el que brillen millares de astros y se distinga con nitidez el Camino de Santiago. Una antigua casa de piedra, con vigas de madera en el techo y enseres de labranza en el portal, una chimenea en el salón con la lumbre encendida, una pequeña biblioteca selecta, una alcoba con olor a membrillo y una cama de hierro del siglo XIX debidamente ampliada y reformada para que los muelles no hagan ruido, equipada con sábanas de la abuela y un colchón moderno y confortable. Un silencio total, sólo interrumpido por el ladrido lejano de algún perro callejero… Despertarse al rayar el alba con el canto del gallo en el corral cercano. Un desayuno confortable con leche recién ordeñada, miel de las colmenas del pueblo, rebanadas de pan de leña con aceite, huevos de nidal aún calientes, mermeladas naturales y, si se tercia, un buen bizcocho casero. Pasear por las calles empedradas saludando a los vecinos y oír, alejándose, el tintineo de los cencerros de las ovejas. Volver a escuchar el sonido de las campanas. Sumergirse después en la Naturaleza, a caballo o a pie, por los senderos del monte, debidamente señalados, aspirando el olor de los sabinos, del cantueso, del espliego, de las estepas o de los pinos. Meterse en el hayedo o el robledal. Escuchar el rumor del agua del arroyo. Ir recogiendo los frutos del bosque, cada uno a su debido tiempo: setas, endrinas, moras, bizcobas, gayubas, calambrujos… Aprender de paso a distinguir la diversidad de las plantas y de las flores y, oh prodigio, el canto de los pájaros.

Esta es una estampa más o menos típica y acaso algo tópica, del turismo rural, que se ha convertido en uno de los fenómenos sociales del siglo XXI entre nosotros, un fenómeno relativamente nuevo, que arrancó hace ya mucho tiempo en los Alpes o en la Provenza. En todas las guías que se precien aparecen, de una u otra forma, las siguientes connotaciones: casa antigua rehabilitada y con encanto, escapada, tranquilidad, lugar acogedor y silencioso, agroturismo, ecoturismo, entorno natural armonioso, artesanía local, alimentos de cosecha propia o de la comarca, riqueza histórico-cultural y trato cercano y familiar, a poder ser de los mismos dueños de la casa. Esto es lo que se pregona, aunque no se cumpla en todos los casos. En esto de las casas rurales, que han proliferado como hongos en primavera en los últimos tiempos gracias a las ayudas europeas, hay mucha variedad y una cierta anarquía. Ni siquiera hay acuerdo entre las distintas regiones sobre las señales que califican la calidad de los establecimientos. En unas se mide por estrellas y en otras, por espigas o por hojas de roble. En España hay ahora mismo algo más de 15.500 alojamientos rurales, en los que se hospedaron el año pasado 3,2 millones de viajeros y que dan trabajo a unas 20.000 personas. Casi no hay pueblo o aldea en la despoblada España interior en que no se haya abierto en los últimos diez años una casa rural. El sector, después de la profunda crisis, empieza, según aseguran, a levantar cabeza.

Los promotores se quejan de falta de profesionalización y de insuficiente impulso institucional. El apoyo oficial se vuelca en el masivo turismo de sol y playa, un turismo más bien de alpargata, que sirve para relucir las estadísticas. Dicho en plata: se echa en falta una apuesta decidida de los poderes públicos a favor de promover el turismo rural en España. Por el contrario, prefieren emplear su energía determinados políticos en acabar con los pueblos y las diputaciones. ¡Aviados vamos! Los propietarios de los negocios rurales saben que el suyo es un turismo de escapada, de puentes y fines de semana, que atrae casi exclusivamente a viajeros nacionales. Por lo menos eso ha sido hasta ahora. Con más razón para echarle una mano. La promoción fuera, a diferencia de lo que pasa en Francia o en Italia, es mínima. Es verdad que algo se van modernizando los establecimientos rurales. La mayor parte de las reservas se hace ya por internet, pero se invierte, por ejemplo, muy poco o nada en publicidad “online”. Eso dicen. O sea, les queda camino por delante. Aquí se trata hoy sólo de resaltar su importancia y hacer un llamamiento a quien corresponda. En provincias despobladas como Soria, cargada de cultura, de historia y de belleza natural, el turismo rural, debidamente promocionado y conducido, es algo más que una oportunidad, puede ser la última tabla de salvación. Releyendo “Una hora de España” de Azorín, el viajero que recorrió Castilla de venta en venta, me tropiezo con esta cita que reproduzco: “La vida del campo es la verdadera vida…La vida del campo es independencia y sociabilidad al mismo tiempo. Se tiene en el campo la amada soledad y a la vez la grata comunicación”. Pues eso. El turismo rural es una forma distinta de volver al campo, de retornar al pueblo, o de descubrirlo por primera vez.

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EL BORDERO

Se llamaba Martín, pero en el pueblo todo el mundo lo conocía por “El Bordero”, porque lo habían sacado del hospicio cuando tenía cinco años. El día que llegó, encogido como un pollo con la cáscara en el culo, el camándula del Perico, un tipo zonzo y bocarán del barrio de arriba, empezó a llamarle aguarón, pero pronto se impuso lo de “Bordero” y desde entonces nadie lo llamaba ya Martín, ni siquiera hospiciano. En esto se siguió rigurosamente las costumbres tradicionales de la comarca, en la que nadie era conocido por su nombre de pila, sino por el apodo, que con frecuencia se heredaba de padres a hijos, como la marca de pez que se ponía en el ijar de las ovejas de la misma familia después del esquilo. Los apodos eran la señal de identidad, no se libraba nadie y había algunos motes que tenían verdadera gracia, por ejemplo, la “tía Pelavivos”, casi calva y con greñas canosas que regía el estanco de la localidad, o el “tio Cepillitos”, que era un hombre atildado y cursi, clavado al vendedor de güisqui de “La Dilgencia” de John Ford, al que el borracho doctor llamaba constantemente “Reverendo” mientras le liquidaba la frasca.

Aún no había cumplido “El Bordero” catorce años cuando dejó la escuela, y el tio Julián, su padre adoptivo, que tenía fama de aprovechado y cagaprisas, pero que no era mala persona, le entregó el garrote, el zurrón y la colodra y lo mandó pastor. Bregó con el ganado muchos años. Sea por el mal recuerdo de los primeros años de su vida, encerrado en un caserón lóbrego, o por lo que fuera, le tomó pronto gusto a la vida al aire libre. Disfrutaba careando las ovejas en la ladera con la ayuda de “Tina”, la perra trujillana, que había sido antes trahumante, con la que compartía el mendrugo de la merienda y a la que quería como a una hija. Le gustaba quedarse mirando la puesta del sol en las tardes de otoño antes de mover la piara hacia la taina. Descubría enseguida la cama de la liebre bajo la tomaza o el escarbadero de las perdices en el cabezo. Conocía por la bardera que cubría la sierra que venía cambio de tiempo. Controlaba a los difíciles borros y las luchas de los carneros dominantes. Distinguía a primera vista las andoscas de las trasandoscas y las preñadas de las vacías. Lo mismo echaba en falta la pérdida de una res que se percataba de la ajariega, oveja forastera entre las suyas. Y cada año apielaba a la elegida como machorra para la matanza, poniéndole un trozo de piel en el rabo para impedir que se quedara preñada.

Aquella tarde de mediados de febrero “El Bordero” encerró el ganado antes que de costumbre. El astro se puso cárdeno después de mediodía y arreciaron los algarazos. El día se volvió de perros. Los animales se apiñaban, y “Tina”, con el rabo entre las patas, estaba acobardada y se arrimaba mansamente a sus piernas en busca de cobijo. El pastor llegó a casa con el tabardo mojado y la manta que le cubría casi blanca por la copiosa nevada, que le sorprendió al salir de la majada. De los alares colgaban chupones, soplaba el viento de la Alcarama y en las esquinas de la calle empezaban a jugar al jarabín las úrguras. El muchacho, que ya había cumplido los dieciocho y se había convertido en un mozo jaquetón, que rozaba al entrar en el portal el cabezal de la puerta, caminaba decidido en busca de la lumbre de la cocina. Le extrañó la presencia de un coche grande y gris, medio cubierto de nieve, que parecía lujoso, aparcado en la plazuela, cerca de casa; pero no le dio importancia. Fue al entrar en casa cuando tropezó de bruces con la sorpresa que tanto había soñado de niño. Ante él un hombre de pie, con gafas, elegantemente vestido, le miraba sonriendo. Por los gestos de la boca y de las manos parecía nervioso. Julián, muy serio, lo mismo que su mujer, rompió el tenso silencio: “Martín, este hombre ha venido a verte; dice que es tu padre”. “El Bordero” lo miró de arriba abajo con curiosidad y aparente indiferencia. “Sí, hijo, lo he comprobado -habló el desconocido-. No hay duda. He revisado todos los papeles. Sé que ha pasado mucho tiempo, pero vengo a recuperarte. Ya sabes, nunca es tarde si la dicha es buena… Quiero que vengas conmigo. Ayudaré a que te labres un buen porvenir…” “Perdone, señor, -interrumpió el pastor-, pero no le conozco. Ha pasado demasiado tiempo. Mi porvenir está aquí y estos son mis padres”. El hombre porfió y porfió, pero todo fue inútil. “¿Necesitas algo? Volveré otro día”, fue lo último que dijo. “El Bordero” oyó el motor del coche que se alejaba y respiró hondo. Arreciaba la nevada. Lo mejor era echar un brazado de támbara a la lumbre.

VALDEMORO

El 16 de enero de 1959, Arcadio Jiménez y su mujer, Marcelina, partieron de Valdemoro, en las Tierras Altas de Soria, rumbo a América. Llevaban consigo a los cinco hijos. La sexta, Esperanza, les esperaba ya en Buenos Aires. Ese crudo día de invierno echaron la llave de la casa y emprendieron el viaje a lo desconocido, como tantos otros coetáneos suyos de la larga posguerra, cuando el campo no daba ya más de sí. Araceli, la más pequeña, reconstruye ahora aquel momento en un pequeño libro, casi una postal familiar sin pretensiones literarias, cargado de recuerdos y nostalgia, titulado “Valdemoro, este es mi pueblo”, que ha tenido a bien dedicarme. Araceli tenía nueve años el día que dejó el pueblo. Recuerda que ese día nevaba y “el pueblo estaba blanco y frío” y que al pasar por el cementerio pensó que allí quedaba la cuna de la familia. No llevaban consigo mucho equipaje: un par de maletas que su padre había encargado hacer con madera de cerezo, una máquina de coser “Alfa” y lana para unos colchones. Marcelina, la madre, les confió que en un pequeño atadijo, prendido dentro de su ropa, guardaba las pesetas. El camino fue largo y difícil. Cansados de andar por sendas de herradura, llegaron a Arnedo, donde les acogió un par de días en su casa -”una casa muy mala y pobre”- el tío Carrilla, amigo de su padre. Nunca ha olvidado que a ella y a su hermana Teresa les compraron en Arnedo unas zapatillas. La odisea siguió: de Arnedo, a Corella; de Corella, a Tudela, y de Tudela, a Barcelona, donde embarcaron en el vapor “Salta”, entre gentes desconocidas. El 17 de febrero, hace justamente 57 años, arribaban al puerto de Buenos Aires. Allí era verano.

Cuando Araceli ha vuelto ahora al pueblo, Valdemoro está vacío, los tejados hundidos y las paredes de piedra se desmoronan. Nadie recoge las cerezas en los huertos abandonados ni las pomas del serval. Pero aún suena el canto de los pájaros y el rumor del agua por el barranco de Media Aldea y del Chorrón. Nos ha pasado a otros. Comprendo bien ese sentimiento de frustración casi metafísica y la necesidad interior de recuperar la memoria de la infancia y de guardar sus despojos. Es lo que intenta hacer esta admirable mujer con este rimero de datos, historias, fotos, lugares, costumbres , versos y paisajes. Yo no hago otra cosa desde hace mucho tiempo. Los dos estamos de vuelta. Así que confluimos en esto. Por esos azares del destino, Valdemoro, en las estribaciones de la Alcarama que se asoman a la Rioja, a veintitantas leguas de Sarnago, entre Buimanco, Peñazcurna y Villarijo, es un pueblo que forma parte de mis antecedentes y de mi imaginario familiar desde el día en que mi abuelo Natalio se declaró allí a mi abuela Bibiana después de probar suerte en el camino con una moneda al aire. Allí estaba de cura mi tío abuelo, don Benigno Vallejo, que hacía, por lo visto, honor a su nombre, que murió muy joven y que está enterrado junto a la pared del fondo en el cementerio de Sarnago. Y es que todos somos fruto del azar, que es, como se sabe, el seudónimo de Dios cuando no quiere firmar con su nombre.

Nada más recibirlo, he devorado este librejo, que lleva en la portada la foto de Valdemoro, recostado en la ladera, a 1.142 metros sobre el nivel del mar, entre barrancos, rodeado de bancales con paredes desportilladas y con los montes azules al fondo. No hace tanto estaba lleno de vida. Araceli rastrea en aquella forma de vida y yo he ido tomando nota sin orden ni concierto. He aquí algunas curiosidades: El año 1956 fue el más frío que se recuerda en el pueblo: los termómetros marcaron en febrero entre 25 y 30 grados bajo cero. No había carretera. Los suministros se traían de San Pedro Manrique, a tres horas de camino. Allí estaban también, junto al Linares, los molinos donde se molía el trigo. Tampoco había agua corriente, que se acarreaba del barranco con cántaros y pozales a la tinaja de la cocina. El día 24 de diciembre de 1954, como regalo de Navidad, llegó a Valdemoro la luz eléctrica a través de los montes y, para celebrarlo, colgaron de un poste en la Plaza Vieja todos los candiles, “condenados a morir en la horca”. Hubo baile y zurracapote. Y allí permanecieron colgados mucho tiempo “para ejemplo de la raza candilera”. Enfrente del pueblo, en el alto de la Guardia, destaca la “Peña de la Ladera”, que a los vecinos les servía de reloj natural. Cuando llegaba al pueblo desde Ambasaguas el tío Joaquín el herrero, se anunciaba su visita tocando las campanas. Y ya metidos en la iglesia, hizo fortuna lo que les dijo el cura a un grupo de mocitos que no paraban de enredar y hacer ruido en el coro durante la misa. Después del “Ite, misa est”, se acercó a ellos y les soltó: “Durante los santos oficios vais a hacer el favor de no tocarme los cojones”. Pero el personaje más célebre del pueblo era el Salustiano. De él cuentan y no acaban. Sólo un botón de muestra. Un día contó a los que quisieron escucharle: “Estaba yo sacando ciemo con los machos en las Neveras. Era un día de niebla ciega. Me echo la escopeta al hombro, llego a la pieza, descargo los serones y los machos aguzan las orejas y dan bufidos. Yo digo: ¡Algo hay! No lo pienso más, me echo la escopeta a la cara, tiro a bulto y voy…-¡me caso con Dios!- y…dos lobos muertos!”. El Salustiano, advierte Araceli, jamás tuvo una escopeta en sus manos. ¡Nunca!

Esta última historia que voy a referir explica sobradamente la heróica decisión de esta familia de Valdemoro de dejar el pueblo y cruzar el charco. Esperanza e Ignacia, dos de las hermanas de la autora del libro, con nueve y once años respectivamente, tuvieron que ir pastoras, “soportando el frío y las ventiscas”. Para pesar el día llevaban un talego con un “mendruguito” de pan y un trozo de tortilla. A Esperanza, la que les esperaba en Buenos Aires, la mandaron pastora el día de San Bartolomé, 24 de agosto, con nueve años. “Las ovejas eran más altas que ella”, dice su hermana. Una noche las ovejas llegaron solas al corral y cundió la alarma. Los vecinos salieron con luces en busca de la muchacha. Se hizo noche cerrada. Subieron hasta Los Abriguillos. La llamaban: “¡Esperanza…! ¡Esperanza…! “. De pronto se oyó a lo lejos una vocecita: “Aquí estoy”. La pobre pastorcilla se había quedado dormida.

Valdemoro llegó a cobijar 250 almas. Coincidiendo con la llegada de la luz eléctrica, empezó la decadencia. Pronto se quedó sin cura y sin maestro. Cerró la escuela. El Patrimonio Forestal se hizo con las tierras para plantar pinos. El pinar ha subido. Las viviendas se hunden, las que aún quedan en pie. “Por las calles -cuenta Araceli Jiménez- no se puede andar si no es abriendo paso a golpe de machete o de hoz”. Y en toda la extensa comarca de alrededor ”sólo existe silencio y soledad”.

UNA VISITA SENTIMENTAL A VALTAJEROS

Por estas fechas de primeros de febrero viajo siempre con el recuerdo a Valtajeros, el pueblo de mi padre, en el que pasé los dos primeros años de mi vida. Mi padre, como tengo dicho, se llamaba Cristóbal, era el secretario del Ayuntamiento del pueblo, y murió de repente, del corazón, a los 28 años la noche de San “Blasillo” cuando concluían las fiestas y había dejado de sonar la música. Él mismo acostumbraba a tocar el laúd. Dicen que lo hacía hablar. Alguien se apropió del viejo laúd en un traslado. Por más esfuerzos que hago no recuerdo nada de mi padre. El día que murió tenía yo poco más de dos años y dos meses. Me conformo con contemplar su retrato, el único disponible, que tengo aquí, a mi derecha, en lugar preferente del despacho. Me parece un hombre muy atractivo. Y todos los que lo conocieron me han hecho grandes elogios suyos. Mientras escribo, en esta fecha señalada, el retrato del padre, más joven que mis propios hijos, es el centro preferente de mi atención. Me contaron que el día del entierro, que por lo visto fue una gran manifestación de duelo de todas las gentes de la comarca, yo preguntaba insistentemente por él. “¿Dónde esta mi papa?”, insistía yo con mi media lengua. Y nadie me dio una respuesta convincente. Toda mi vida, como he confesado en alguno de mis libros, la he pasado buscando a mi padre sin encontrarlo.

Busqué inútilmente su huella en las ropas y los recuerdos que guardaba mi madre en el baulillo forrado de seda amarilla y que tenía siempre junto a su cama en Sarnago. Me senté en la cocina de los abuelos en Valtajeros en el mismo banco en el que él acostumbraba a sentarse, según me habían dicho. Olí con fuerza el característico olor a humo de tabaco negro que impregnaba desde tiempo inmemorial los machones del portalón del Ayuntamiento por si percibía la huella del fumador que era. Visité varias veces al año, cuando era niño, su sepultura de la mano de mi madre en el pequeño cementerio de la tapia blanca en la entrada del pueblo… Lo recuerdo bien. Llegábamos de Sarnago a caballo, en estas fechas con nieve, los dos hermanos y la madre. Hacíamos siempre alto en la caseta del peón caminero en Valdelalosa, donde nos calentábamos, recuperábamos fuerzas y aquellas buenas gentes solían obsequiarnos con una onza de chocolate. Cruzábamos el poblado de Torretarrancho, convertido ahora en un cantarral, que aún estaba habitado. Y descendíamos por el camino zigzagueante hasta encontrarnos con los viejos chopos “verrugones”, que nos llamaban tanto la atención. Superábamos el corral de la tía Inés, con leyendas de brujas, y a la vuelta aparecía el camposanto, con el pueblo encima, en la ladera, coronado por la iglesia almenada. Nos deteníamos en la puerta del cementerio. Mi madre se aguantaba las lágrimas y rezábamos una oración. La casa de los abuelos estaba en la entrada, junto a la era y el frontón. Medio pueblo salía a recibir a la joven viuda y a los pobres huerfanitos. Es de justicia reconocerlo. Nunca, en toda mi vida, he visto un pueblo tan afectuoso y de tan alta calidad humana como Valtajeros. “¡Qué genes, los de Valtajeros!”, solía decir don Felipe, el médico de Valdeavellano.

Cuando yo nací, en Valtajeros, un pueblo de las Tierras Altas, a legua y media de Sarnago por el camino que bordea la dehesa de El Vallejo, escoltado de encinares centenarios, vivían algo más de cincuenta vecinos. En la Edad Media perteneció a la Villa y Tierra de Magaña. No sé cuál es la historia oscura del sonsonete burlón que dice: “Magañés, con el culo al revés”. La villa de Valtajeros llego a rozar los mil habitantes a principios del siglo XX. Ahora apenas cobija una treintena de almas. Es un lugar apacible, rodeado de piezas de cultivo con altas ribaceras. Encrestado a 1253 metros de altura, con un dosel de montes al fondo, llama la atención la iglesia románica almenada -un caso bastante singular- de Nuestra Señora del Collado, que habitaron los templarios y que está declarada bien de interés cultural, lo mismo que La Callejuela, una interesante zona arqueológica. Me cuentan que en las recientes obras de restauración del templo, apareció un esqueleto emparedado. Y han adquirido fama en toda la comarca las danzas y la salve de Valtajeros. En el pueblo no queda ya casi nadie -¡una lástima!- capaz de transmitir estos antiguos tesoros culturales a las nuevas generaciones.

Tengo que confesar hoy que en esta historia sentimental del pueblo donde pasé los dos primeros años de mi vida hay algo misterioso que no acabo de comprender por más vueltas que le doy a la cabeza. Nunca, en mis largos años, he vuelto a entrar en aquella casa donde me crié, donde eché a andar por primera vez siguiendo el ruido de un avión, la casa donde presumiblemente fui engendrado y donde murió mi padre. He estado cientos de veces en Valtajeros y nunca he vuelto a entrar en mi casa, la primera de mi vida, una casa pequeña situada en un rincón de la plaza, con un largo corral en la entrada, ante la que he pasado siempre indiferente, como si una fuerza extraña me obnubilara, aventara mi curiosidad y me apartara de la entrada. Ha sido en estos últimos años cuando he sentido, desde la distancia, la imperiosa necesidad de entrar en la casa. Y en esas sigo. He pensado que cuando, más de setenta años después, vuelva a penetrar dentro y recorra su pasillo, su saloncito, su cocina y sus humildes estancias, tal vez algo se despierte dentro de mí, recupere como en un chispazo luminoso mi primera infancia y me reencuentre por fin de algún modo con la memoria de mi padre. He indagado, he preguntado, me han dicho que la casa está cerrada desde hace mucho tiempo y nadie sabe dónde están sus dueños ni quién tiene la llave.