UNA VISITA SENTIMENTAL A VALTAJEROS

por elcantodelcuco

Por estas fechas de primeros de febrero viajo siempre con el recuerdo a Valtajeros, el pueblo de mi padre, en el que pasé los dos primeros años de mi vida. Mi padre, como tengo dicho, se llamaba Cristóbal, era el secretario del Ayuntamiento del pueblo, y murió de repente, del corazón, a los 28 años la noche de San “Blasillo” cuando concluían las fiestas y había dejado de sonar la música. Él mismo acostumbraba a tocar el laúd. Dicen que lo hacía hablar. Alguien se apropió del viejo laúd en un traslado. Por más esfuerzos que hago no recuerdo nada de mi padre. El día que murió tenía yo poco más de dos años y dos meses. Me conformo con contemplar su retrato, el único disponible, que tengo aquí, a mi derecha, en lugar preferente del despacho. Me parece un hombre muy atractivo. Y todos los que lo conocieron me han hecho grandes elogios suyos. Mientras escribo, en esta fecha señalada, el retrato del padre, más joven que mis propios hijos, es el centro preferente de mi atención. Me contaron que el día del entierro, que por lo visto fue una gran manifestación de duelo de todas las gentes de la comarca, yo preguntaba insistentemente por él. “¿Dónde esta mi papa?”, insistía yo con mi media lengua. Y nadie me dio una respuesta convincente. Toda mi vida, como he confesado en alguno de mis libros, la he pasado buscando a mi padre sin encontrarlo.

Busqué inútilmente su huella en las ropas y los recuerdos que guardaba mi madre en el baulillo forrado de seda amarilla y que tenía siempre junto a su cama en Sarnago. Me senté en la cocina de los abuelos en Valtajeros en el mismo banco en el que él acostumbraba a sentarse, según me habían dicho. Olí con fuerza el característico olor a humo de tabaco negro que impregnaba desde tiempo inmemorial los machones del portalón del Ayuntamiento por si percibía la huella del fumador que era. Visité varias veces al año, cuando era niño, su sepultura de la mano de mi madre en el pequeño cementerio de la tapia blanca en la entrada del pueblo… Lo recuerdo bien. Llegábamos de Sarnago a caballo, en estas fechas con nieve, los dos hermanos y la madre. Hacíamos siempre alto en la caseta del peón caminero en Valdelalosa, donde nos calentábamos, recuperábamos fuerzas y aquellas buenas gentes solían obsequiarnos con una onza de chocolate. Cruzábamos el poblado de Torretarrancho, convertido ahora en un cantarral, que aún estaba habitado. Y descendíamos por el camino zigzagueante hasta encontrarnos con los viejos chopos “verrugones”, que nos llamaban tanto la atención. Superábamos el corral de la tía Inés, con leyendas de brujas, y a la vuelta aparecía el camposanto, con el pueblo encima, en la ladera, coronado por la iglesia almenada. Nos deteníamos en la puerta del cementerio. Mi madre se aguantaba las lágrimas y rezábamos una oración. La casa de los abuelos estaba en la entrada, junto a la era y el frontón. Medio pueblo salía a recibir a la joven viuda y a los pobres huerfanitos. Es de justicia reconocerlo. Nunca, en toda mi vida, he visto un pueblo tan afectuoso y de tan alta calidad humana como Valtajeros. “¡Qué genes, los de Valtajeros!”, solía decir don Felipe, el médico de Valdeavellano.

Cuando yo nací, en Valtajeros, un pueblo de las Tierras Altas, a legua y media de Sarnago por el camino que bordea la dehesa de El Vallejo, escoltado de encinares centenarios, vivían algo más de cincuenta vecinos. En la Edad Media perteneció a la Villa y Tierra de Magaña. No sé cuál es la historia oscura del sonsonete burlón que dice: “Magañés, con el culo al revés”. La villa de Valtajeros llego a rozar los mil habitantes a principios del siglo XX. Ahora apenas cobija una treintena de almas. Es un lugar apacible, rodeado de piezas de cultivo con altas ribaceras. Encrestado a 1253 metros de altura, con un dosel de montes al fondo, llama la atención la iglesia románica almenada -un caso bastante singular- de Nuestra Señora del Collado, que habitaron los templarios y que está declarada bien de interés cultural, lo mismo que La Callejuela, una interesante zona arqueológica. Me cuentan que en las recientes obras de restauración del templo, apareció un esqueleto emparedado. Y han adquirido fama en toda la comarca las danzas y la salve de Valtajeros. En el pueblo no queda ya casi nadie -¡una lástima!- capaz de transmitir estos antiguos tesoros culturales a las nuevas generaciones.

Tengo que confesar hoy que en esta historia sentimental del pueblo donde pasé los dos primeros años de mi vida hay algo misterioso que no acabo de comprender por más vueltas que le doy a la cabeza. Nunca, en mis largos años, he vuelto a entrar en aquella casa donde me crié, donde eché a andar por primera vez siguiendo el ruido de un avión, la casa donde presumiblemente fui engendrado y donde murió mi padre. He estado cientos de veces en Valtajeros y nunca he vuelto a entrar en mi casa, la primera de mi vida, una casa pequeña situada en un rincón de la plaza, con un largo corral en la entrada, ante la que he pasado siempre indiferente, como si una fuerza extraña me obnubilara, aventara mi curiosidad y me apartara de la entrada. Ha sido en estos últimos años cuando he sentido, desde la distancia, la imperiosa necesidad de entrar en la casa. Y en esas sigo. He pensado que cuando, más de setenta años después, vuelva a penetrar dentro y recorra su pasillo, su saloncito, su cocina y sus humildes estancias, tal vez algo se despierte dentro de mí, recupere como en un chispazo luminoso mi primera infancia y me reencuentre por fin de algún modo con la memoria de mi padre. He indagado, he preguntado, me han dicho que la casa está cerrada desde hace mucho tiempo y nadie sabe dónde están sus dueños ni quién tiene la llave.

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