VALDEMORO

por elcantodelcuco

El 16 de enero de 1959, Arcadio Jiménez y su mujer, Marcelina, partieron de Valdemoro, en las Tierras Altas de Soria, rumbo a América. Llevaban consigo a los cinco hijos. La sexta, Esperanza, les esperaba ya en Buenos Aires. Ese crudo día de invierno echaron la llave de la casa y emprendieron el viaje a lo desconocido, como tantos otros coetáneos suyos de la larga posguerra, cuando el campo no daba ya más de sí. Araceli, la más pequeña, reconstruye ahora aquel momento en un pequeño libro, casi una postal familiar sin pretensiones literarias, cargado de recuerdos y nostalgia, titulado “Valdemoro, este es mi pueblo”, que ha tenido a bien dedicarme. Araceli tenía nueve años el día que dejó el pueblo. Recuerda que ese día nevaba y “el pueblo estaba blanco y frío” y que al pasar por el cementerio pensó que allí quedaba la cuna de la familia. No llevaban consigo mucho equipaje: un par de maletas que su padre había encargado hacer con madera de cerezo, una máquina de coser “Alfa” y lana para unos colchones. Marcelina, la madre, les confió que en un pequeño atadijo, prendido dentro de su ropa, guardaba las pesetas. El camino fue largo y difícil. Cansados de andar por sendas de herradura, llegaron a Arnedo, donde les acogió un par de días en su casa -”una casa muy mala y pobre”- el tío Carrilla, amigo de su padre. Nunca ha olvidado que a ella y a su hermana Teresa les compraron en Arnedo unas zapatillas. La odisea siguió: de Arnedo, a Corella; de Corella, a Tudela, y de Tudela, a Barcelona, donde embarcaron en el vapor “Salta”, entre gentes desconocidas. El 17 de febrero, hace justamente 57 años, arribaban al puerto de Buenos Aires. Allí era verano.

Cuando Araceli ha vuelto ahora al pueblo, Valdemoro está vacío, los tejados hundidos y las paredes de piedra se desmoronan. Nadie recoge las cerezas en los huertos abandonados ni las pomas del serval. Pero aún suena el canto de los pájaros y el rumor del agua por el barranco de Media Aldea y del Chorrón. Nos ha pasado a otros. Comprendo bien ese sentimiento de frustración casi metafísica y la necesidad interior de recuperar la memoria de la infancia y de guardar sus despojos. Es lo que intenta hacer esta admirable mujer con este rimero de datos, historias, fotos, lugares, costumbres , versos y paisajes. Yo no hago otra cosa desde hace mucho tiempo. Los dos estamos de vuelta. Así que confluimos en esto. Por esos azares del destino, Valdemoro, en las estribaciones de la Alcarama que se asoman a la Rioja, a veintitantas leguas de Sarnago, entre Buimanco, Peñazcurna y Villarijo, es un pueblo que forma parte de mis antecedentes y de mi imaginario familiar desde el día en que mi abuelo Natalio se declaró allí a mi abuela Bibiana después de probar suerte en el camino con una moneda al aire. Allí estaba de cura mi tío abuelo, don Benigno Vallejo, que hacía, por lo visto, honor a su nombre, que murió muy joven y que está enterrado junto a la pared del fondo en el cementerio de Sarnago. Y es que todos somos fruto del azar, que es, como se sabe, el seudónimo de Dios cuando no quiere firmar con su nombre.

Nada más recibirlo, he devorado este librejo, que lleva en la portada la foto de Valdemoro, recostado en la ladera, a 1.142 metros sobre el nivel del mar, entre barrancos, rodeado de bancales con paredes desportilladas y con los montes azules al fondo. No hace tanto estaba lleno de vida. Araceli rastrea en aquella forma de vida y yo he ido tomando nota sin orden ni concierto. He aquí algunas curiosidades: El año 1956 fue el más frío que se recuerda en el pueblo: los termómetros marcaron en febrero entre 25 y 30 grados bajo cero. No había carretera. Los suministros se traían de San Pedro Manrique, a tres horas de camino. Allí estaban también, junto al Linares, los molinos donde se molía el trigo. Tampoco había agua corriente, que se acarreaba del barranco con cántaros y pozales a la tinaja de la cocina. El día 24 de diciembre de 1954, como regalo de Navidad, llegó a Valdemoro la luz eléctrica a través de los montes y, para celebrarlo, colgaron de un poste en la Plaza Vieja todos los candiles, “condenados a morir en la horca”. Hubo baile y zurracapote. Y allí permanecieron colgados mucho tiempo “para ejemplo de la raza candilera”. Enfrente del pueblo, en el alto de la Guardia, destaca la “Peña de la Ladera”, que a los vecinos les servía de reloj natural. Cuando llegaba al pueblo desde Ambasaguas el tío Joaquín el herrero, se anunciaba su visita tocando las campanas. Y ya metidos en la iglesia, hizo fortuna lo que les dijo el cura a un grupo de mocitos que no paraban de enredar y hacer ruido en el coro durante la misa. Después del “Ite, misa est”, se acercó a ellos y les soltó: “Durante los santos oficios vais a hacer el favor de no tocarme los cojones”. Pero el personaje más célebre del pueblo era el Salustiano. De él cuentan y no acaban. Sólo un botón de muestra. Un día contó a los que quisieron escucharle: “Estaba yo sacando ciemo con los machos en las Neveras. Era un día de niebla ciega. Me echo la escopeta al hombro, llego a la pieza, descargo los serones y los machos aguzan las orejas y dan bufidos. Yo digo: ¡Algo hay! No lo pienso más, me echo la escopeta a la cara, tiro a bulto y voy…-¡me caso con Dios!- y…dos lobos muertos!”. El Salustiano, advierte Araceli, jamás tuvo una escopeta en sus manos. ¡Nunca!

Esta última historia que voy a referir explica sobradamente la heróica decisión de esta familia de Valdemoro de dejar el pueblo y cruzar el charco. Esperanza e Ignacia, dos de las hermanas de la autora del libro, con nueve y once años respectivamente, tuvieron que ir pastoras, “soportando el frío y las ventiscas”. Para pesar el día llevaban un talego con un “mendruguito” de pan y un trozo de tortilla. A Esperanza, la que les esperaba en Buenos Aires, la mandaron pastora el día de San Bartolomé, 24 de agosto, con nueve años. “Las ovejas eran más altas que ella”, dice su hermana. Una noche las ovejas llegaron solas al corral y cundió la alarma. Los vecinos salieron con luces en busca de la muchacha. Se hizo noche cerrada. Subieron hasta Los Abriguillos. La llamaban: “¡Esperanza…! ¡Esperanza…! “. De pronto se oyó a lo lejos una vocecita: “Aquí estoy”. La pobre pastorcilla se había quedado dormida.

Valdemoro llegó a cobijar 250 almas. Coincidiendo con la llegada de la luz eléctrica, empezó la decadencia. Pronto se quedó sin cura y sin maestro. Cerró la escuela. El Patrimonio Forestal se hizo con las tierras para plantar pinos. El pinar ha subido. Las viviendas se hunden, las que aún quedan en pie. “Por las calles -cuenta Araceli Jiménez- no se puede andar si no es abriendo paso a golpe de machete o de hoz”. Y en toda la extensa comarca de alrededor ”sólo existe silencio y soledad”.

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