EL BORDERO

por elcantodelcuco

Se llamaba Martín, pero en el pueblo todo el mundo lo conocía por “El Bordero”, porque lo habían sacado del hospicio cuando tenía cinco años. El día que llegó, encogido como un pollo con la cáscara en el culo, el camándula del Perico, un tipo zonzo y bocarán del barrio de arriba, empezó a llamarle aguarón, pero pronto se impuso lo de “Bordero” y desde entonces nadie lo llamaba ya Martín, ni siquiera hospiciano. En esto se siguió rigurosamente las costumbres tradicionales de la comarca, en la que nadie era conocido por su nombre de pila, sino por el apodo, que con frecuencia se heredaba de padres a hijos, como la marca de pez que se ponía en el ijar de las ovejas de la misma familia después del esquilo. Los apodos eran la señal de identidad, no se libraba nadie y había algunos motes que tenían verdadera gracia, por ejemplo, la “tía Pelavivos”, casi calva y con greñas canosas que regía el estanco de la localidad, o el “tio Cepillitos”, que era un hombre atildado y cursi, clavado al vendedor de güisqui de “La Dilgencia” de John Ford, al que el borracho doctor llamaba constantemente “Reverendo” mientras le liquidaba la frasca.

Aún no había cumplido “El Bordero” catorce años cuando dejó la escuela, y el tio Julián, su padre adoptivo, que tenía fama de aprovechado y cagaprisas, pero que no era mala persona, le entregó el garrote, el zurrón y la colodra y lo mandó pastor. Bregó con el ganado muchos años. Sea por el mal recuerdo de los primeros años de su vida, encerrado en un caserón lóbrego, o por lo que fuera, le tomó pronto gusto a la vida al aire libre. Disfrutaba careando las ovejas en la ladera con la ayuda de “Tina”, la perra trujillana, que había sido antes trahumante, con la que compartía el mendrugo de la merienda y a la que quería como a una hija. Le gustaba quedarse mirando la puesta del sol en las tardes de otoño antes de mover la piara hacia la taina. Descubría enseguida la cama de la liebre bajo la tomaza o el escarbadero de las perdices en el cabezo. Conocía por la bardera que cubría la sierra que venía cambio de tiempo. Controlaba a los difíciles borros y las luchas de los carneros dominantes. Distinguía a primera vista las andoscas de las trasandoscas y las preñadas de las vacías. Lo mismo echaba en falta la pérdida de una res que se percataba de la ajariega, oveja forastera entre las suyas. Y cada año apielaba a la elegida como machorra para la matanza, poniéndole un trozo de piel en el rabo para impedir que se quedara preñada.

Aquella tarde de mediados de febrero “El Bordero” encerró el ganado antes que de costumbre. El astro se puso cárdeno después de mediodía y arreciaron los algarazos. El día se volvió de perros. Los animales se apiñaban, y “Tina”, con el rabo entre las patas, estaba acobardada y se arrimaba mansamente a sus piernas en busca de cobijo. El pastor llegó a casa con el tabardo mojado y la manta que le cubría casi blanca por la copiosa nevada, que le sorprendió al salir de la majada. De los alares colgaban chupones, soplaba el viento de la Alcarama y en las esquinas de la calle empezaban a jugar al jarabín las úrguras. El muchacho, que ya había cumplido los dieciocho y se había convertido en un mozo jaquetón, que rozaba al entrar en el portal el cabezal de la puerta, caminaba decidido en busca de la lumbre de la cocina. Le extrañó la presencia de un coche grande y gris, medio cubierto de nieve, que parecía lujoso, aparcado en la plazuela, cerca de casa; pero no le dio importancia. Fue al entrar en casa cuando tropezó de bruces con la sorpresa que tanto había soñado de niño. Ante él un hombre de pie, con gafas, elegantemente vestido, le miraba sonriendo. Por los gestos de la boca y de las manos parecía nervioso. Julián, muy serio, lo mismo que su mujer, rompió el tenso silencio: “Martín, este hombre ha venido a verte; dice que es tu padre”. “El Bordero” lo miró de arriba abajo con curiosidad y aparente indiferencia. “Sí, hijo, lo he comprobado -habló el desconocido-. No hay duda. He revisado todos los papeles. Sé que ha pasado mucho tiempo, pero vengo a recuperarte. Ya sabes, nunca es tarde si la dicha es buena… Quiero que vengas conmigo. Ayudaré a que te labres un buen porvenir…” “Perdone, señor, -interrumpió el pastor-, pero no le conozco. Ha pasado demasiado tiempo. Mi porvenir está aquí y estos son mis padres”. El hombre porfió y porfió, pero todo fue inútil. “¿Necesitas algo? Volveré otro día”, fue lo último que dijo. “El Bordero” oyó el motor del coche que se alejaba y respiró hondo. Arreciaba la nevada. Lo mejor era echar un brazado de támbara a la lumbre.

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