LA TABERNA

por elcantodelcuco

En la casa de Sarnago teníamos la taberna. Había que cruzar la entrada, con el horno a la espalda y el corral enfrente, empujar la puerta del portal, que siempre estaba abierta, y entrar en un pequeño reducto a la derecha con tres o cuatro mesas bajas y unos taburetes. En la mesa principal había una vieja balanza de hierro, con platillos dorados y pesas negras, en la que se pesaba, sobre todo, el racionamiento. El pequeño local recibía luz por una ventana que daba al corral. Al fondo había una chimenea ennegrecida y abandonada, con llares colgando, que nunca vi con lumbre, pero que justificaba el nombre con que la familia conocía el establecimiento. En casa los mayores la llamaban siempre la “cocina de abajo”, lo que daba a entender que hubo un tiempo en que allí se encendió el fuego y se cocinaba. En una estrecha trastienda, con un ventanillo que daba a las ruinas del “casalón”, donde más de un año fabricaron sus panales las abejas, estaba la tienda propiamente tal, con unas docenas de productos varios, los cajones del estanco y, en un rincón, el imprescindible pellejo de vino. El fuerte olor de los arenques secos se mezclaba con el del tabaco de picadura y todo lo envolvía el agridulce aroma del vino.

Este escenario formó parte de mi infancia. El hecho de haber vivido en una casa abierta, en la que entraba y salía gente, tanto los vecinos del pueblo como los que venían de paso de Valdenegrillos, con sus cargas de cabritos o de la vega del Alhama con sus cunachos de fruta camino del mercado de San Pedro Manrique, creo que pudo influir poderosamente en la formación de mi carácter. Lo pienso ahora con la perspectiva de los años. De ordinario por este espacio multiuso pasaba la gente sin detenerse mucho. Llegaban, hacían el recado y se marchaban. El único sitio que no era lugar de paso era la taberna. Los que entraban permanecían allí dispuestos a echar la tarde. Esto ocurría las tardes de los domingos en el buen tiempo, menos cuando apretaba la recolección de la cosecha. Las mujeres nunca aparecían por allí. Nadie se lo prohibió, pero todo el mundo daba por sentado que la taberna era cosa de hombres, un espacio libre, de esparcimiento masculino, prácticamente el único reducto de diversión del que disponían aquellos sufridos campesinos. Envueltos en el humo del tabaco de petaca y en los divinos efluvios del vino, que suelta la lengua al principio y la traba luego, allí se jugaba a las cartas en pareja, normalmente al guiñote. (No sé cuándo se levantará en las Tierras Altas un monumento al guiñote). Los que perdían la partida, siempre a varios cotos interminables, pagaban el jarro de vino. El vino se bebía en chatos, o sea, en vasos pequeños de culo gordo. El tío Co, que era el tabernero de ocasión, acostumbraba a sentarse a una de las mesas a jugar como uno más de la partida y de este modo se daba el caso de que era a la vez tabernero y jugador.

La taberna, tal como aquí se describe, ya no existe. Los bares modernos son otra cosa. También en esto los tentáculos de la ciudad se van apoderando de los pueblos, no sé si para bien o para mal. En estos bares modernos no huele a vino, y no puede faltar un televisor encendido, a todo volumen. Pero, con las peculiaridades y las necesidades de cada época, me parece un espacio imprescindible. En un pueblo es casi tan desolador que no haya taberna como que no haya escuela. La taberna tiene una función social. Y viene de lejos. El nombre es estrictamente latino. La que rigió en mi tierra y la que yo considero taberna propiamente tal es la “taberna vinaria”, es decir aquella en que se sirve vino. Si no, es otra cosa. En aquellas tabernas romanas se ofrecía también comida. Y se siguió haciendo. He encontrado en internet el siguiente anuncio que figuraba en la entrada de una taberna romana: “Habemus pullum, piscem, pernam et panem” . (O sea: “Tenemos pollo, pescado, carne y pan”). Y por supuesto, vino, que, no en vano, alegra el corazón de los hombres, como dice la Biblia, y no entristece el de las mujeres, digo yo. Ya sé que el lenguaje tabernario no tiene buena fama; pero no la tienen mejor los tertulianos o los programas-basura de la televisión. Ni se trata aquí, por supuesto, de considerar la taberna y los modernos bares como espacios que elevan necesariamente el espíritu humano. Hago el elogio de aquella taberna del pueblo, que era casi el único espacio para el esparcimiento y la camaradería.

En ese sentido, concluyo con los conocidos versos de Baltasar de Alcázar:

“Grande consuelo es tener

la taberna por vecina.

Si es o no invención moderna,

vive Dios que no lo sé,

pero delicada fue

la invención de la taberna.

Porque llego allí sediento,

pido vino de lo nuevo,

mídenlo, dánmelo, bebo,

págolo y voime contento”

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