AQUELLAS MUJERES

por elcantodelcuco

Me pongo a escribir el Día Internacional de la Mujer y no tengo más remedio que remontarme a aquellas mujeres de mi infancia. Mujeres enlutadas, las mayores con la saya hasta los pies, el delantal, la toquilla, las humildes zapatillas y el pañuelo cubriéndoles la cabeza, sin que hubieran tenido, muchas de ellas, en toda su arrastrada vida, la oportunidad de pisar una peluquería ni de ver el mar. Mujeres campesinas, silenciosas e insatisfechas, estériles a la fuerza u obligadas a parir hijos, los que Dios quisiera, a realizar todas las tareas domésticas, limpiar la casa, lavar la ropa en el lavadero o en el río, acarrear agua de la fuente, cuidar los animales, hacer la comida y ayudar en las tareas del campo y en las labores de la huerta cuando se terciaba. Nadie les dio nunca las gracias, ni recibieron subsidio ni pensión. Nunca se ha valorado la esencial aportación de aquellas sufridas mujeres campesinas al mantenimiento material y espiritual de la familia y a sacar a España adelante en los difíciles años de la posguerra. En los breves ratos de distracción con las otras vecinas en un abrigo de la calle o en el carasol de las herrañes trabajaban con el huso y la rueca la lana de las ovejas, que ellas mismas habían lavado y cardado, y tejían jerséis, calcetines o bufandas en amor y compañía. Siempre con el cesto de la costura a mano. Hasta en los trasnochos del inclemente invierno a la luz de un carburo o un farol pagados a escote. Sólo el domingo tenían la oportunidad de vestirse la ropa de fiesta, con el pañuelo nuevo, y acudir a misa con el velo negro en la cabeza, y acaso jugar por la tarde con las otras vecinas una partida a la brisca.

Permítanme que honre hoy desde aquí a algunas de aquellas admirables mujeres de mi infancia, las que vivían cerca. La primera es la tía Higinia, la vecina de enfrente, a la que le picó una víbora escardando, una buena mujer discreta y silenciosa, casada con el tío Patricio, que fue madre de una parva de hijos -los más pequeños fueron mis compañeros- y que ayudó a que todos salieron adelante. Tengo un recuerdo vaporoso de la tía Milagros, madre, si no cuento mal, de siete hijos, algunos de los cuales sufrieron una enfermedad degenerativa, y que, además de la casa, llevaba el horno junto a la plaza cerca de la escuela, conocido por la “Amasadería” y que murió pronto. El Andrés, que vive en Calahorra, es quinto mío. Siempre asociaré a la tía Milagros con el olor a pan en los recreos. La tía Agapita, que un día, muy enfadada, dijo a los compañeros de su hijo pequeño: “¡Pues como le peguéis a mi Varis va a arder hasta la Virgen!”, y que no pudo resistir el hecho de dejar el pueblo para vivir en Pamplona y murió allí de mala manera. La tía María del tío Quirino, de la que ya he hecho mención aquí en otra ocasión y que fue la que más hijos trajo al mundo y más penurias pasó, la que no tenía dinero para comprar un catecismo y lo partió horizontalmente en dos para que se arreglaran así en la escuela los dos más pequeños. La tía Dorotea, sorda como una tapia, casada con el “tracamanda” del tío Marcos -gran tipo humano-, que vivía en la esquina de la plaza y que todo el mundo conocía por la “tía Sorda”, lista y laboriosa, que nunca se metió con nadie y a la que había que hablarle a gritos. La tía Engracia, subiendo hacia la fuente, una mujer bondadosa, con una casa relimpia, en cuya cocina, junto al fuego, pasé algunos ratos con mi madre. La estoy viendo con su pañuelo en la cabeza, su cara enrojecida y su amable mirada húmeda. La tía Prudencia, en el barrio del medio, que hacía honor a su apellido, discreta mujer inteligente y piadosa. Y no quiero olvidarme en este breve memorial, de las tres mujeres de la familia, de las que guardo una memoria permanente: la bendita abuela Bibiana, Margarita, mi sufrida y valerosa madre, y la tía Martina. Las tres, pero especialmente la abuela y mi madre, cuyas virtudes, aguante y laboriosidad viví de cerca, forman parte fundamental de mi existencia.

Tendría que seguir el recorrido por el barrio de arriba, pero basta por hoy con estos ejemplos cercanos que hago extensivos a todas las demás mujeres de Sarnago. Mi propósito, en el Día Internacional de la Mujer, es honrar a las mujeres campesinas de una época difícil de nuestra historia, que sufrieron la guerra y la dura posguerra sin ninguna recompensa más que el amor de los suyos, caso de que no se quebrara, y la cercanía solidaria de los vecinos, cuando la hubo. Y de paso homenajear también a todas las mujeres, jóvenes y viejas, que, por necesidad o por libre elección, siguen en los pueblos, como últimos testigos del final de la cultura rural y del comienzo de otra época. ¡Honor a las resistentes! Son las depositarias de lo que queda de esperanza, de renovación y de reconocible en los pueblos. En fin, por si no hubiera razones de sobra para el agradecimiento, he de reconocer que lo más imprescindible del libro de mi vida ha sido escrito por mujeres.

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