DOMINGO DE RAMOS

por elcantodelcuco

En el atrio de la iglesia estarán las pobres mujeres vestidas con sayas toscas y el pañuelo en la cabeza. Se sentarán en los poyos de piedra con su cestillo o su platillo delante. “¡Que Dios se lo pague y que bendiga a su familia!”, dirán cuando dejes caer dentro una moneda antes de entrar en el templo, tratando de purificar un poco tu conciencia y desobedeciendo la recomendación que hizo un día el cura al acabar la misa, antes del “podéis ir en paz”, de no darles limosna. La razón del consejo eclesiástico, que a mí me sonó a poco evangélico, fue que eran víctimas de las mafias que las traían y llevaban a las puertas de las iglesias aunque cayeran chuzos de punta y que eran esas mafias las que se quedaban con la recaudación. La advertencia no tuvo mucho éxito, y allí siguen, haga sol o llueva, en todas las entradas, domingo tras domingo, recaudando un puñado de monedillas. El Domingo de Ramos cambia el habitual escenario de la mendicidad. La población mendicante se multiplica y se engallita un poco. A la nómina dominical de las mujeres rumanas se añadirán algunos hombres, que parecen de la misma estirpe. Es su día grande. Ofrecerán a los fieles que entran en la iglesia atadijos de olivo y de romero por “la voluntad” y las gentes se mostrarán algo más generosas y, después de alzarlos en la misa, como en el primer Domingo de Ramos -”¡Hosanna al hijo de David!”- se llevarán a casa los ramos bendecidos. Y quién sabe si el buen Jesús bendecirá con especial benevolencia a estas pobres mujeres, llegadas de lejos, que han abastecido en la puerta de la iglesia de ramos a la gente, como aquella mañana en Jerusalén cuando llegó Él montado triunfalmente en una borriquilla, aclamado con palmas y ramos de olivo por los niños y la gente sencilla, antes de morir. Que fue lo que dio origen a todo esto.

Cuando tengo en la mano el pequeño haz de romero y olivo me traslado siempre con el pensamiento a aquellos Domingos de Ramos de la infancia. Nosotros los monaguillos éramos los encargados por don Matías de traer el romero para la celebración. En Sarnago y en varias leguas a la redonda no había olivos, así que nos apañábamos con el romero. En el término municipal de Sarnago tampoco se criaban romeros, nunca he sabido por qué. Ni encinas. Así que teníamos que ir a los montes vecinos de la aldea de El Vallejo, a menos de media legua, y acarrear desde allí los fajos de romero al hombro. Desde entonces el Domingo de Ramos me huele siempre a romero y a incienso. Entonces sentía envidia cuando veía a alguien alzando ese día una rama de olivo traído de Navarra para la ocasión. El olivo era para nosotros una especie de árbol sagrado, símbolo de progreso. En toda la provincia de Soria sólo se criaban olivos en Villarijo, a tres o cuatro leguas de Sarnago, en la raya con la Rioja. En toda la comarca de las Tierras Altas aquello se consideraba un timbre de gloria y una garantía de futuro. Hoy Villarijo es, como casi todos los de alrededor, un pueblo abandonado y muerto. Y en Sarnago tampoco habrá este año procesión de los ramos. Las ruinas de la iglesia siguen igual y, según me dice José Mari Carrascosa, el obispo no da señales de vida.

Hoy me emociona más, en el ramo ofrecido por las gitanas rumanas a la puerta de la iglesia, el romero que el olivo. Es como volver a los orígenes. Y es entonces cuando vuelvo a acariciar la carraca y la matraca con que íbamos a recorrer alegres las calles, cuando enmudecían las campanas, anunciando “¡A los oficios!”. Y vuelvo a observar al tío Casimiro, que además de alcalde era guasón y habilidoso, montando el monumento en la iglesia, todo un acontecimiento, a golpe de martillo. El monumento, que adorna ahora la escuela, transformada en salón de actos, ocupaba el centro de la iglesia durante la Semana Santa y lucía en la fachada, lo recuerdo bien, dos temibles soldados romanos. Es lo único recuperado de la iglesia derruida, aparte de las campanas que se cayeron con la torre y descansan en el suelo del portal de la escuela, y de San Bartolomé que lo custodian en San Pedro Manrique y sólo lo sueltan y lo suben al pueblo el día de la fiesta. Veo a las mujeres enlutadas acudiendo a los oficios y a los hombres preparando el zurracapote del Viernes Santo, que era la única alegría permitida. En la Semana Santa estaba prohibido, en señal de respeto, el baile y la música. Y me acuerdo del abadejo, las migas canas, el “matapán” y el “hartaguitón”, platos típicos de estos días, y más si no disponías de la bula de la Santa Cruzada. Este año guardaré en casa el ramo de romero y olivo proporcionado por las gitanas rumanas y cuando pase el Domingo de Ramos, volveré a Soria e iré a visitar a la monja Juliana en su particular viacrucis, si sigue allí, en su soledad.

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