NOS QUEDAMOS SIN GORRIONES

por elcantodelcuco

Decía la bendita abuela Bibiana que era pecado matar una golondrina. Aseguraba que eran aves sagradas porque en el Viernes Santo acudieron al Calvario y arrancaron las espinas de la frente del crucificado. Según otra versión menos comprobada lo que hicieron las golondrinas en realidad fue acercar en su pico un poco de agua a los labios resecos del Cristo agonizante. Fuera lo que fuere, había que tratarlas con veneración y, por supuesto, nadie debía cazarlas. Antes de Cristo no estaban tan bien vistas. Uno de los consejos de las escuelas pitagóricas establecía: “No permitas que una golondrina haga su nido bajo tu tejado”. Personalmente me he quedado con la recomendación de la abuela y siempre me ha parecido imperdonable, casi un crimen, ver a un vecino destrozando el nido de la golondrina construido prodigiosamente con barro bajo el alero de su casa.

Los humildes gorriones, que algunos llaman pardales, no tuvieron tanta suerte en el aprecio popular. Han tenido que pasar veinte siglos largos para que los hombres se preocupen de la supervivencia de este pájaro vulgar, el más conocido y universal de todos, presente en los cinco continentes, compañero inseparable del ser humano. Nunca hubiera podido aspirar este pasérido común de color marrón-pardo, adaptable y poco exigente, sedentario, de vida corta, de apenas catorce centímetros de largo y treinta gramos de peso, que se alimenta de lo que encuentra -granos, semillas, migas de pan, insectos y desperdicios-, que anida en las grietas de los edificios o debajo de las tejas y que ni siquiera puede presumir de un canto armonioso, a que iba a ser declarado oficialmente “Ave de 2016”. Más aún: que el pasado día 20 iba a inaugurar él la primavera con el estandarte del “Día del Gorrión”. Por primera vez el gorrión ha dejado de pasar desapercibido cuando picotea en el suelo de la plaza, entre los coches o las mesas de la terraza, en la arena de la playa, en los tejados, en las acacias de la acera o en las antenas de la televisión. A partir de ahora, ya no podemos pasar indiferentes ante “don Gorrión”.

¿A qué viene tanto honor? Pues a que ha cundido la alarma: los gorriones se mueren y a este paso nos quedamos sin gorriones. En treinta años la población de gorriones en Europa ha caído un 63 por ciento, según los estudios de los expertos. En ciudades como Londres ya han desaparecido. En España, en los últimos diez años, hemos perdido diez millones de estas avecillas familiares. O sea, un millón al año. En los pueblos abandonados ya no quedan gorriones. No quieren vivir solos y acompañan a los campesinos en su emigración a la ciudad. Si no hay seres humanos ni ganados ni caballerías, ellos también se van, qué pintan allí, qué van a comer. Esta ausencia de pájaros entre las ruinas convierten el paisaje rural de la despoblación en un espacio mucho más desolador, silencioso y triste. Cuando yo era niño, con la entrada de la primavera, los tejados del pueblo, empezando por el de la iglesia, se convertían en una ruidosa pajarería. Ahora incluso en las zonas habitadas del mundo rural decrece visiblemente la población de gorriones por culpa de la mecanización del campo, el aumento de depredadores y los plaguicidas. Y en la ciudad, ellos que son ya tan urbanitas, no corren mejor suerte. Los coches, la contaminación, los herbicidas, la dificultad para hacer el nido en las modernas construcciones y para encontrar alimento en época de cría, sin contar la invasión de especies exóticas como la cotorra verde argentina, amenazan su existencia. Está pasando como con las abejas. No hay que calentarse mucho la cabeza. No es difícil ver a estas alturas gorriones en bandada cuando debían estar ya emparejados construyendo el nido. La degradación del hábitat natural, por mucha capacidad de adaptación que tengan estas avecillas o las dulces y laboriosas abejas, conduce a esto. Algo estamos haciendo mal los humanos.

Llegados hasta aquí, uno se acuerda de lo que dejó dicho Miguel Delibes, que tanto amó, aun siendo cazador, a los pájaros del cielo: “El hombre de hoy usa y abusa de la Naturaleza como si hubiera de ser el último inquilino de este desgraciado planeta, como si detrás de él no se anunciara un futuro”. El caso es que cada vez hay más coches y teléfonos inteligentes y cada vez hay menos gorriones. La abuela Bibiana nos diría si levantara la cabeza: “No os arriendo la ganancia”. Y se quedaría mirando con emoción y complacencia el vuelo de las primeras golondrinas anunciando la primavera.

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