El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: abril, 2016

LA CASA

Los que hemos tenido la suerte de nacer en una casa y de pasar en ella nuestra infancia no lo olvidaremos nunca. Estamos marcados. Más que la niñez, como se ha dicho, la casa es nuestra verdadera patria. Es el lugar donde alguien nos esperaba siempre. No hace falta que sea una mansión lujosa, sino acaso todo lo contrario. Me parece que en esto los lujos sobran. Aunque si es amplia y grande, mejor. Las casas no están hechas para contemplarlas sino para vivir en ellas, escribió Francis Bacon. De ahí el sinsentido de una casa vacía, como ocurre con mi casa de Sarnago, donde nadie espera ya a nadie desde hace mucho tiempo. Lo mismo que a mí les pasa a todos los que, obligados por la necesidad, tuvieron que cerrar un día la casa del pueblo para irse lejos.

Es fácil comprender, a este propósito, el sobresalto que me produjo el sábado abrir las páginas de “Babelia” en “El País” y encontrarme con una gran foto de mi casa de Sarnago -mi verdadera casa- ilustrando un artículo titulado “En la España sin nadie”, firmado por Muñoz Molina. En él comenta un libro de Sergio del Molino -de Molina a Molino-, titulado “La España vacía. Viaje por un país que nunca fue”. Aún no he tenido ocasión de leer este libro, pero lo haré y puede que lo cuente. De momento aprovecho la ocasión para reproducir la siguiente observación del comentarista, que viene a remachar lo que uno viene diciendo desde hace tiempo como quien predica en el desierto y sin que dicho escritor, mimado por el poder, se haya enterado, por lo visto, hasta ahora: “Lo que distingue a España, ahora, igual que en el siglo XVI, la diferencia con respecto a Europa que atormentaba a los fantasmones del 98, es una cosa muy simple, que se explica con cifras y no con palabras: España es un país en gran parte deshabitado”. ¡Gran descubrimiento! En realidad, lo peor es que hay dos Españas: la superpoblada de la periferia y Madrid y la despoblada del interior. Ese es el gran despropósito, la hemiplejia nacional, que no aparece en ninguna de las cientos de propuestas de los programas electorales ni en los manifiestos políticos de los supuestos artistas e intelectuales. Y así vamos.

No deja de ser conmovedor que mi antigua casa de Sarnago, una casa anónima, se convierta en ilustración o metáfora de la España vacía. Me enorgullece y me produce tristeza a partes iguales. La foto está envuelta en una luz tenue, mortecina. El cielo es azul sin nubes, un azul pálido de quirófano o velatorio. No hay sombras, lo que indica que está tomada al amanecer o en el ocaso. Destaca la fachada de cal y canto que da a la plaza, atravesada con cables de la luz y con cenefas de ladrillo en la ventana del cuarto nuevo y en el balcón, que un día estuvo poblado de geranios, clavelinas y campanillas azules y hoy aparece medio tapado con claro aspecto de abandono. Debajo, la ventana de la cuadra, donde uno puede escuchar aún, con algo de imaginación, el relincho de los caballos y el cacareo de las gallinas en los nidales. Encima, la tronera del somero, donde estuvo el granero y cantaban los pájaros. Siguiendo calle abajo, se ve, a la izquierda, el portalón de la casa medio abierto, con la puerta desvencijada y el tejadillo que corona la entrada, casi desmontado, con las tejas caídas. Detrás estaba el horno. La cámara se abre paso, en profundidad, a través de las ruinas de las casas del tío Patricio, del tío Nicolás y del tío Casimiro, que un día estuvieron llenas de vida. Abajo, por una rendija, se adivinan los rastrojos de la Cereda -la fotografía debió de ser tomada por San Bartolomé-, detrás, el joven pinar oscuro de la Lomba y al fondo, la sierra azul, que casi se confunde con el desvaído azul del cielo.

Mi casa de Sarnago fue construida en el siglo XVII, en tiempo de Cervantes, con distintos añadidos y arreglos posteriores. La edificaron albañiles de las Tierras Altas, con sabiduría antigua transmitida de padres a hijos, y con los materiales que tenían a mano: piedras, cal, barro, tejas de la tejera del pueblo… Los carpinteros del lugar fabricaron las puertas, los bancos y las mesas con tablas de roble, chopo, arce y nogal, manejando con manos hábiles las azuelas, las sierras, las tupis y las machihembras. Los fuertes machones de los techos proceden también del monte cercano o de las alamedas. Puede que en sus paredes haya, incrustradas o formando esquina, piedras bajadas del cantarral del antiguo castillo celtibérico. La casa es así un producto histórico, entrañado en la naturaleza. Entre esas paredes nacieron, vivieron y murieron una larga sucesión de generaciones. Yo soy el último ser humano que ha nacido en la casa de Sarnago, que acaba de servir de metáfora de la España abandonada. Cada invierno que resiste en pie la acometida de los temporales pienso que es un milagro y doy gracias al cielo cuando llega mayo. Hoy cuelgo el corazón en la mampostería de la fachada como si fuera ropa tendida saludando a los antiguos habitantes.

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EL PRIMER QUIJOTE

En vísperas del 400 aniversario de la muerte de Cervantes me viene a la cabeza mi primer Quijote. No encuentro mejor soporte para honrar la memoria de su inmortal autor. Hace tiempo que aquel libro que marcó mi vida, de hojas amarillentas, con letra bien cuidada, compuesto por dos tomos en rústica, desapareció, lo mismo que desapareció la presencia humana en la casa de Sarnago. Deshojado, perdido en el somero, entre cien cachivaches, acaso roído por los ratones, no pierdo la esperanza de encontrar un día algunas de sus páginas, como reliquias sagradas, en el fondo de uno de los grandes arcones de nogal que aún guardan los despojos de libros antiguos. Este Quijote fue el que, como tengo dicho, nos fue leyendo mi madre en voz alta con un dulce sonsonete, a la luz del candil, a los abuelos y a los niños en las largas noches de invierno junto a la lumbre de la cocina. Después el libro, convertido en objeto familiar, como la baraja de Heraclio Fournier, anduvo rodando por la mesa de la cocina y por el banco del pasillo junto al balcón, donde lo releía yo por mi cuenta con verdadera curiosidad y fruición. Ese es el origen de mi afición a las letras, más que el paso por varias Universidades. Conservo el recuerdo de aquel Quijote lo mismo que se recuerda el primer amor.

La verdad es que desde entonces no he dejado de la mano la gran obra de Miguel de Cervantes, de la que soy devoto lector. No sé cuántas veces he leído el Quijote, unas veces de seguido y otras, para descargar las fatigas del día, a salto de mata. Puedo decir que lo he leído siempre, que nunca he dejado de leerlo. Estos días he dejado a don Quijote en la casa de los duques y a Sancho Panza, agobiado y sin comer, gobernando la ínsula Barataria. Estoy de acuerdo con la recomendación que le hizo Gabriel García Márquez al presidente Clinton: “Lea usted el Quijote; en el Quijote está todo”. Así es. Nunca te deja indiferente. Siempre vuelve a sorprenderte. Ahora mismo estoy concluyendo la “traducción” que ha hecho Trapiello al castellano de hoy, con elogioso prólogo de Vargas Llosa. En ella el Quijote pierde sabor, pero gana en claridad. Esto lo hace más asequible para los lectores desacostumbrados, que, por lo que se me alcanza, son la mayoría. Quiero decir que la mayor parte de los españoles, digan lo que digan, no han visto el Quijote ni por el forro.

A este propósito recordaré lo que pasó en Soria cuando, con motivo de otra efemérides señalada como la actual, el Ayuntamiento de la capital quiso honrar la memoria del autor del Quijote llamando al hermoso parque que alberga la ciudad “Alameda de Cervantes”. No fue fácil. Había un influyente concejal que se oponía sin dar claras razones de su negativa a cambiar el nombre. Hasta que un compañero de corporación, a lo que se ve más culto y cervantista, le preguntó directamente: “Pero, vamos a ver, ¿por qué de opones a que le demos a la “Dehesa” el nombre de Cervantes?”. Y el interpelado explotó: “Yo pregunto: ¿qué ha hecho ese señor Cervantes por Soria?”. Al final cedió el concejal rebelde y provinciano, y el precioso parque se llama oficialmente “Alameda de Cervantes”, aunque la gente lo conoce por “La Dehesa” o, más vulgarmente, por “El Parque”. Allí la gente de toda condición pasea, algunos leen la prensa o un libro y los viejos toman el sol en los bancos o juegan a la petanca junto a la ermita de la Soledad. La enfermedad de los olmos secó el grandioso “árbol de la música”, en cuya copa tocaba la banda municipal, que era el árbol más visitado del parque y uno de los árboles más famosos de Castilla. Su sustituto está creciendo y puede que albergue en su copa la música en el próximo centenario del Quijote. Para entonces, al paso que vamos, ya no habrá gorriones cantando en sus ramas ni quedarán seguramente libros de papel.

Revolviendo en la arqueta de mis recuerdos, que tengo aquí a la mano junto a las fotos de mis padres y mis abuelos y el caballito de cartón, he dado con el cuaderno de la escuela, que don Juan, el maestro, tituló en la portada con letra roja: “Dictado y Problemas”. Arranca con un dictado el 25 de septiembre de 1948. Aún no había cumplido yo once años. Reconozco, aunque hayan pasado tantos años, mi letra. El dictado empieza así: “En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura que se le pasaban las noches leyendo, de claro en claro, y los días, de turbio en turbio; y, así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio”… Y así, en los días siguientes, aquel maestro de escuela que vino de Cieza fue dictándonos a los niños relatos del Quijote. Transcribo del cuaderno otro párrafo inolvidable: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los Cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra y el mar encubre; por la libertad e, incluso, por la honra se puede y se debe aventurar la vida; y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”. No sé si, en este cuarto centenario de Cervantes, en medio de la pompa de las celebraciones, habrá algún maestro en España que haga lo mismo.

LOS JUEGOS DE ENTONCES

Me parece, como dice Walter Benjamin, que el juego es la verdadera escuela del hombre. Más aún, personalmente no tengo inconveniente en aceptar a ojos cerrados la afirmación del filósofo francés de origen ruso Alexandre Koyré de que “no es del trabajo de lo que nace la civilización, sino de los ocios y el juego”. Para comprobarlo basta con remontarnos a los juegos de la infancia, que formaron parte de nuestra vida y constituyeron la mejor escuela de formación humana. Con aquellos juegos aprendimos a interiorizar y exteriorizar el conjunto de vicios y virtudes que conformó aquella civilización rural, que era entonces la civilización dominante y ahora se acaba. En medio siglo la cultura del ocio ha cambiado sustancialmente entre nosotros. Regía entonces la cercanía, la libertad de movimientos en campo abierto y la camaradería. Jugando ejercimos la astucia, tan presente en la vida campesina, la competencia, el sano orgullo, la solidaridad, el compañerismo, la resistencia, la generosidad o el ensañamiento con el vencido -que de todo había-, la pura diversión y la amistad imperecedera. Aquel con el que has jugado de niño siempre tendrá, hasta la muerte, más que cualquier otra circunstancia, un hueco en tu memoria y en tu corazón.

Distintos comentarios vuestros me han empujado a ocuparme hoy de los juegos de entonces en el pueblo, que formaron parte importante de mi vida, cuando no existían los videojuegos ni consolas ni ordenadores ni teléfonos inteligentes. Por no haber, no había siquiera televisión. Así que no vivíamos encerrados en casa, ensimismados, divirtiéndonos o aburriéndonos solos. Nuestra vida discurría hacia fuera: la calle, la plaza, el juego-pelota, las eras, el ejido, las herrañes, el monte, la dehesa… ¡Siempre, en compañía de los demás! Este es uno de los primeros contrastes que saltan a la vista: aquellas generaciones rurales vivimos hacia fuera, y las de hoy viven hacia dentro, incluso cuando los pre-adolescentes manejan el móvil sin parar, para huir de la soledad. Me parece que éramos más sociales. La civilización tecnológica, en desarrollo acelerado y permanente, ha barrido casi por completo, incluso en los pueblos supervivientes, la tradicional forma de jugar. Es una prueba más de que asistimos al final de una época y al comienzo de otra. En aquellos tiempos, los niños casi no teníamos juguetes. Éramos felices con una pelota, una muñeca, una flauta barata de caña pintada o un caballo de cartón. Ahora, desde la más tierna infancia, tienen sus cuartos atiborrados de juguetes hasta el aburrimiento y la indiferencia. Este despilfarro refleja fielmente el espíritu de la actual civilización consumista y falsa. La infancia se parece a un rimero de juguetes rotos.

Sin ánimo exhaustivo y con el propósito de dejar constancia de algunos de aquellos juegos que llenaron las horas de mi niñez en la posguerra, antes de que se pierda por completo su memoria, enumeraré los que me vienen a la cabeza: El juego de la pelota en el agrietado frontón de la iglesia junto a la fuente, con suelo de tierra y de pizarra, donde pasábamos las horas muertas. El marro en la plaza en todos los recreos de la escuela, un juego clásico de agilidad, estrategia y solidaridad. “El pañuelo” o “la bandera”, de características parecidas. El “bote” y el “escondite”, de agilidad y picardía. Las “pitas”, con canicas vegetales de los robles, de cemento o de cristal, que iniciaba desde el “ruche” el “amo-ruche”; el “agazapadito”, en el que la “madre” del bando escondido conducía a los del otro bando hasta la emboscada pregonando monótonamente por las calles “Agazapadito, pero muy quietito”, y que, al descubrir a uno de los emboscados, la “madre” de los primeros gritaba: “¡Huid, huid, patitos, erreros (o sea, errantes)!”. Los “chapones”, con las tapas de las cajas de cerilla, y la tanguilla; el que conseguía el mayor atadijo de “chapones” lanzando la losa o tanga con más precisión al círculo marcado en el suelo se consideraba rico y poderoso. “Zapatito, el abadejo, donde te cojo, te dejo”, que se jugaba en corro mixto en las eras. La “gallina ciega” o “zarramoco”, también mixto, reservado para las tardes de invierno en el pajar. “Tres navíos hay en la mar”, en herrañes y barrancos al salir de la escuela como un grito de libertad. Y ya entrada la primavera, entre los chicos se imponía ir de nidos y resurgía el instinto primitivo de la caza. Las niñas, más modositas, jugaban sobre todo a la comba, cantando “el cochecito leré” o “al pasar la barca,me dijo el barquero”, o al “calderón”, la universal “rayuela”, saltando a la corcojeta sobre los días de la semana marcados en el suelo y que había que señalar con “rúbricas”. Estoy viendo al maestro con un librito en la mano enseñándonos nuevos juegos y que invariablemente, no lo olvidaré, comenzaba la lección así: “Este juego consiste en lo siguiente”.

Recuerdo dos formas de empezar a jugar. La primera exigía echar a suertes, con todos los contendientes en corro, para formar los dos equipos. A un lado, los civiles, y al otro, los ladrones, con la siguiente cantinela:

Madre e hija

fueron a misa.

Se encontraron

a un francés.

Le dijeron:

“¿Qué hora es?”

-La una, las dos,

las tres y las cuatro.

Las cinco, las seis,

las siete y las ocho.

Con pan y bizcocho,

liebre y cazador,

civil y ladrón.

La otra coplilla era el pistoletazo de salida para esconderse. Y decía así:

Pin, pin, zarramocatín.

Viene la cotilla

con su sabanilla.

Pajaritos del monte

venid a casa,

que va a llover

y nevar.

Un piquito en el culo

y apretar a volar.

En fin, eran otros tiempos. Puede que más divertidos, más elementales y seguramente más humanos, pero no me hagáis mucho caso.

AQUELLOS DÍAS AZULES DE LA INFANCIA

Superado el largo invierno, la vida en el pueblo se reanudaba. El paisaje volvía a ser azul. El cielo se teñía de un azul purísimo y el paisaje se abría hacia poniente y mediodía con el azul claro de la sierra. El cristalino azul del aire se convertía en el territorio bullicioso de los gorriones y de los ocetes, que jugaban al marro por las esquinas, con agudos chillidos, y que tenían su escondite preferido en las reclices del frontón de la iglesia. Era ya tiempo de poner las paraderas en el salegar, al que acudían, inocentes, las cardelinas, los perdiguines y los pobres pardillos de la pechuga colorada. Y, al salir de la escuela, jugar en las herrañes a “Tres navíos hay en la mar”. Los del otro bando respondían: “¡Y otros tres a navegar!” Soñábamos con el mar, sin haberlo visto nunca. ¡Aquellos días azules, aquel sol de la infancia! Desde la distancia, no puedo imaginarme ahora de otro color aquellos días felices y luminosos de la primavera en el pueblo. Desde entonces el azul es, sin discusión, mi color preferido.

El pueblo, como digo, revivía. La presencia de la nieve se reducía a unas manchas residuales, sucias y blanquecinas, en los huecos de las umbrías. Las tareas del campo se reanudaban. Volvían a salir las yuntas arrastrando el arado a sembrar los tardíos. Los sembrados de trigo y de cebada, lo mismo que las esparcetas, que habían permanecido sofocados por la nieve y las duras heladas, reverdecían con las primeras lluvias de abril. Sobre ellos hacían sus primeras torres de música las alondras. Las ovejas más rezagadas parían los últimos corderos pascuales. En los ribazos rompían a florecer los morrenglos de flor amarilla, los bizcobos, los calambrujos y los espinos de flor blanquísima. No tardaría en cantar el cuco. Cualquier mañana de éstas el cu-cu sonaría por el prado de los Rebollos, por Bajorente o por los prados del Cubillo. Era la señal inequívoca de que el invierno quedaba atrás y llegaba la primavera. Sobra decir que el canto del cuco nos alegraba el corazón.

Los caminos, al fin transitables, se poblaban, con la llegada del buen tiempo, de arrieros, montados en sus caballerías. Llegaban al pueblo los amolanchines, los cochineros, los hueveros, los guarnicioneros, los cesteros, los comediantes…Nunca olvidaré la emoción que sentí de niño asistiendo una noche de primavera en la escuela a la actuación de una de estas compañías ambulantes que llevaban el teatro a los pueblos perdidos como el mío, al que aún no había llegado la luz eléctrica. Aún recuerdo el estremecimiento que me produjo la imagen a media luz de una mujer en el escenario, cubierta de negro de los pies a la cabeza, y que representaba a una aparecida, a una mujer muerta. No tardaría en aparecer también, haciendo sonar su inconfundible chiflo, el capador francés, un misterioso personaje huido de la guerra europea, dispuesto a capar, de portal en portal, los jóvenes marciles y las viejas cochinas, destinadas al engorde para la próxima matanza. Y subían estos días, con toda puntualidad, los coleteros de Aguilar, con sus machos cargados de manojos de coletas, de lechuguino y de cebollino. Llegaba la hora de los hortelanos. La huerta, en aquella economía de subsistencia, proporcionaba alimento básico para personas y animales: bancales de berzas y patatas, y eras de alubias -que de verdes siempre se llamarían allí vainillas-, cebollas y lechugas, sobre todo. Sin patatas, pan y tocino aquellos campesinos difícilmente habrían sobrevivido en la dura posguerra.

Toda la familia, chicos y grandes, colaboraba en las tareas de la huerta. Era un rito sosegado, con pasos convenidos. Primero había que aciemar bien. El ciemo se transportaba desde el corral en serones. Todo, con estiércol natural, procedente de la cuadra y de las majadas, fermentado durante todo el año en los corrales. Nada de abono artificial. Los frutos que se recogían no podían ser más ecológicos. Sólo cuando llegó la invasión de los escarabajos de la patata, una verdadera plaga, se quebró esta norma. Primero, los recogíamos uno por uno pacientemente, de mata en mata. Los niños llenábamos botes con ellos. Luego los quemábamos. Pero llegó un momento en que se recurrió al arseniato. Uno de tantos progresos equivocados por sus contraindicaciones. Alguien descubrió un día el invento. Las matas se asperjaban a partir de entonces con una escobilla y quedaban blancas, lo que sin duda hacía que el arseniato descendiera hasta la tierra y contaminara las patatas. “La huerta da mucho trabajo”, repetían a todas horas los campesinos. Después de preparar bien la tierra y de aciemarla, se sembraban las patatas. Era importante seleccionar bien la simiente. Había que “pintarlas”, una por una, partidas por la mitad, en el surco abierto a una distancia de dos cuartas, si no recuerdo mal. Las berzas se plantaban. Las plantas de la berza eran, como digo, las coletas (de col, claro), que vendían en manojos los coleteros de Aguilar del Río Alhama. El agua de riego era escasa, lo que obligaba a quedarse, incluso de noche, en la huerta a “cuidar el agua”. Además de regar, era preciso cavar y excavar y arrimar la tierra a las plantas. La azada, la azadilla y el azadón obligaban al cuerpo a permanecer encorvado durante horas sobre la tierra. Era normal que de la jupa de la huerta volviera uno derrengado. Pero valía la pena. “El trabajo de la huerta -comentaban los vecinos- es agradecido y siempre da fruto”.

Llegado a este punto del relato, a uno le resuenan por dentro los conocidos versos de Fray Luis de León, que yo guardo siempre a mano en la mesilla de noche: “Del monte en la ladera/ por mi mano plantado tengo un huerto/ que, con la primavera,/ de bella flor cubierto,/ ya muestra en esperanza el fruto cierto”. Este es el tiempo de que cada cual plante su huerto, aunque sea un tiesto de tomates en el alféizar de la ventana. En mi caso es, además, un regreso a los días azules de la infancia.