LOS JUEGOS DE ENTONCES

por elcantodelcuco

Me parece, como dice Walter Benjamin, que el juego es la verdadera escuela del hombre. Más aún, personalmente no tengo inconveniente en aceptar a ojos cerrados la afirmación del filósofo francés de origen ruso Alexandre Koyré de que “no es del trabajo de lo que nace la civilización, sino de los ocios y el juego”. Para comprobarlo basta con remontarnos a los juegos de la infancia, que formaron parte de nuestra vida y constituyeron la mejor escuela de formación humana. Con aquellos juegos aprendimos a interiorizar y exteriorizar el conjunto de vicios y virtudes que conformó aquella civilización rural, que era entonces la civilización dominante y ahora se acaba. En medio siglo la cultura del ocio ha cambiado sustancialmente entre nosotros. Regía entonces la cercanía, la libertad de movimientos en campo abierto y la camaradería. Jugando ejercimos la astucia, tan presente en la vida campesina, la competencia, el sano orgullo, la solidaridad, el compañerismo, la resistencia, la generosidad o el ensañamiento con el vencido -que de todo había-, la pura diversión y la amistad imperecedera. Aquel con el que has jugado de niño siempre tendrá, hasta la muerte, más que cualquier otra circunstancia, un hueco en tu memoria y en tu corazón.

Distintos comentarios vuestros me han empujado a ocuparme hoy de los juegos de entonces en el pueblo, que formaron parte importante de mi vida, cuando no existían los videojuegos ni consolas ni ordenadores ni teléfonos inteligentes. Por no haber, no había siquiera televisión. Así que no vivíamos encerrados en casa, ensimismados, divirtiéndonos o aburriéndonos solos. Nuestra vida discurría hacia fuera: la calle, la plaza, el juego-pelota, las eras, el ejido, las herrañes, el monte, la dehesa… ¡Siempre, en compañía de los demás! Este es uno de los primeros contrastes que saltan a la vista: aquellas generaciones rurales vivimos hacia fuera, y las de hoy viven hacia dentro, incluso cuando los pre-adolescentes manejan el móvil sin parar, para huir de la soledad. Me parece que éramos más sociales. La civilización tecnológica, en desarrollo acelerado y permanente, ha barrido casi por completo, incluso en los pueblos supervivientes, la tradicional forma de jugar. Es una prueba más de que asistimos al final de una época y al comienzo de otra. En aquellos tiempos, los niños casi no teníamos juguetes. Éramos felices con una pelota, una muñeca, una flauta barata de caña pintada o un caballo de cartón. Ahora, desde la más tierna infancia, tienen sus cuartos atiborrados de juguetes hasta el aburrimiento y la indiferencia. Este despilfarro refleja fielmente el espíritu de la actual civilización consumista y falsa. La infancia se parece a un rimero de juguetes rotos.

Sin ánimo exhaustivo y con el propósito de dejar constancia de algunos de aquellos juegos que llenaron las horas de mi niñez en la posguerra, antes de que se pierda por completo su memoria, enumeraré los que me vienen a la cabeza: El juego de la pelota en el agrietado frontón de la iglesia junto a la fuente, con suelo de tierra y de pizarra, donde pasábamos las horas muertas. El marro en la plaza en todos los recreos de la escuela, un juego clásico de agilidad, estrategia y solidaridad. “El pañuelo” o “la bandera”, de características parecidas. El “bote” y el “escondite”, de agilidad y picardía. Las “pitas”, con canicas vegetales de los robles, de cemento o de cristal, que iniciaba desde el “ruche” el “amo-ruche”; el “agazapadito”, en el que la “madre” del bando escondido conducía a los del otro bando hasta la emboscada pregonando monótonamente por las calles “Agazapadito, pero muy quietito”, y que, al descubrir a uno de los emboscados, la “madre” de los primeros gritaba: “¡Huid, huid, patitos, erreros (o sea, errantes)!”. Los “chapones”, con las tapas de las cajas de cerilla, y la tanguilla; el que conseguía el mayor atadijo de “chapones” lanzando la losa o tanga con más precisión al círculo marcado en el suelo se consideraba rico y poderoso. “Zapatito, el abadejo, donde te cojo, te dejo”, que se jugaba en corro mixto en las eras. La “gallina ciega” o “zarramoco”, también mixto, reservado para las tardes de invierno en el pajar. “Tres navíos hay en la mar”, en herrañes y barrancos al salir de la escuela como un grito de libertad. Y ya entrada la primavera, entre los chicos se imponía ir de nidos y resurgía el instinto primitivo de la caza. Las niñas, más modositas, jugaban sobre todo a la comba, cantando “el cochecito leré” o “al pasar la barca,me dijo el barquero”, o al “calderón”, la universal “rayuela”, saltando a la corcojeta sobre los días de la semana marcados en el suelo y que había que señalar con “rúbricas”. Estoy viendo al maestro con un librito en la mano enseñándonos nuevos juegos y que invariablemente, no lo olvidaré, comenzaba la lección así: “Este juego consiste en lo siguiente”.

Recuerdo dos formas de empezar a jugar. La primera exigía echar a suertes, con todos los contendientes en corro, para formar los dos equipos. A un lado, los civiles, y al otro, los ladrones, con la siguiente cantinela:

Madre e hija

fueron a misa.

Se encontraron

a un francés.

Le dijeron:

“¿Qué hora es?”

-La una, las dos,

las tres y las cuatro.

Las cinco, las seis,

las siete y las ocho.

Con pan y bizcocho,

liebre y cazador,

civil y ladrón.

La otra coplilla era el pistoletazo de salida para esconderse. Y decía así:

Pin, pin, zarramocatín.

Viene la cotilla

con su sabanilla.

Pajaritos del monte

venid a casa,

que va a llover

y nevar.

Un piquito en el culo

y apretar a volar.

En fin, eran otros tiempos. Puede que más divertidos, más elementales y seguramente más humanos, pero no me hagáis mucho caso.

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