EL PRIMER QUIJOTE

por elcantodelcuco

En vísperas del 400 aniversario de la muerte de Cervantes me viene a la cabeza mi primer Quijote. No encuentro mejor soporte para honrar la memoria de su inmortal autor. Hace tiempo que aquel libro que marcó mi vida, de hojas amarillentas, con letra bien cuidada, compuesto por dos tomos en rústica, desapareció, lo mismo que desapareció la presencia humana en la casa de Sarnago. Deshojado, perdido en el somero, entre cien cachivaches, acaso roído por los ratones, no pierdo la esperanza de encontrar un día algunas de sus páginas, como reliquias sagradas, en el fondo de uno de los grandes arcones de nogal que aún guardan los despojos de libros antiguos. Este Quijote fue el que, como tengo dicho, nos fue leyendo mi madre en voz alta con un dulce sonsonete, a la luz del candil, a los abuelos y a los niños en las largas noches de invierno junto a la lumbre de la cocina. Después el libro, convertido en objeto familiar, como la baraja de Heraclio Fournier, anduvo rodando por la mesa de la cocina y por el banco del pasillo junto al balcón, donde lo releía yo por mi cuenta con verdadera curiosidad y fruición. Ese es el origen de mi afición a las letras, más que el paso por varias Universidades. Conservo el recuerdo de aquel Quijote lo mismo que se recuerda el primer amor.

La verdad es que desde entonces no he dejado de la mano la gran obra de Miguel de Cervantes, de la que soy devoto lector. No sé cuántas veces he leído el Quijote, unas veces de seguido y otras, para descargar las fatigas del día, a salto de mata. Puedo decir que lo he leído siempre, que nunca he dejado de leerlo. Estos días he dejado a don Quijote en la casa de los duques y a Sancho Panza, agobiado y sin comer, gobernando la ínsula Barataria. Estoy de acuerdo con la recomendación que le hizo Gabriel García Márquez al presidente Clinton: “Lea usted el Quijote; en el Quijote está todo”. Así es. Nunca te deja indiferente. Siempre vuelve a sorprenderte. Ahora mismo estoy concluyendo la “traducción” que ha hecho Trapiello al castellano de hoy, con elogioso prólogo de Vargas Llosa. En ella el Quijote pierde sabor, pero gana en claridad. Esto lo hace más asequible para los lectores desacostumbrados, que, por lo que se me alcanza, son la mayoría. Quiero decir que la mayor parte de los españoles, digan lo que digan, no han visto el Quijote ni por el forro.

A este propósito recordaré lo que pasó en Soria cuando, con motivo de otra efemérides señalada como la actual, el Ayuntamiento de la capital quiso honrar la memoria del autor del Quijote llamando al hermoso parque que alberga la ciudad “Alameda de Cervantes”. No fue fácil. Había un influyente concejal que se oponía sin dar claras razones de su negativa a cambiar el nombre. Hasta que un compañero de corporación, a lo que se ve más culto y cervantista, le preguntó directamente: “Pero, vamos a ver, ¿por qué de opones a que le demos a la “Dehesa” el nombre de Cervantes?”. Y el interpelado explotó: “Yo pregunto: ¿qué ha hecho ese señor Cervantes por Soria?”. Al final cedió el concejal rebelde y provinciano, y el precioso parque se llama oficialmente “Alameda de Cervantes”, aunque la gente lo conoce por “La Dehesa” o, más vulgarmente, por “El Parque”. Allí la gente de toda condición pasea, algunos leen la prensa o un libro y los viejos toman el sol en los bancos o juegan a la petanca junto a la ermita de la Soledad. La enfermedad de los olmos secó el grandioso “árbol de la música”, en cuya copa tocaba la banda municipal, que era el árbol más visitado del parque y uno de los árboles más famosos de Castilla. Su sustituto está creciendo y puede que albergue en su copa la música en el próximo centenario del Quijote. Para entonces, al paso que vamos, ya no habrá gorriones cantando en sus ramas ni quedarán seguramente libros de papel.

Revolviendo en la arqueta de mis recuerdos, que tengo aquí a la mano junto a las fotos de mis padres y mis abuelos y el caballito de cartón, he dado con el cuaderno de la escuela, que don Juan, el maestro, tituló en la portada con letra roja: “Dictado y Problemas”. Arranca con un dictado el 25 de septiembre de 1948. Aún no había cumplido yo once años. Reconozco, aunque hayan pasado tantos años, mi letra. El dictado empieza así: “En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura que se le pasaban las noches leyendo, de claro en claro, y los días, de turbio en turbio; y, así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio”… Y así, en los días siguientes, aquel maestro de escuela que vino de Cieza fue dictándonos a los niños relatos del Quijote. Transcribo del cuaderno otro párrafo inolvidable: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los Cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra y el mar encubre; por la libertad e, incluso, por la honra se puede y se debe aventurar la vida; y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”. No sé si, en este cuarto centenario de Cervantes, en medio de la pompa de las celebraciones, habrá algún maestro en España que haga lo mismo.

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