LA CASA

por elcantodelcuco

Los que hemos tenido la suerte de nacer en una casa y de pasar en ella nuestra infancia no lo olvidaremos nunca. Estamos marcados. Más que la niñez, como se ha dicho, la casa es nuestra verdadera patria. Es el lugar donde alguien nos esperaba siempre. No hace falta que sea una mansión lujosa, sino acaso todo lo contrario. Me parece que en esto los lujos sobran. Aunque si es amplia y grande, mejor. Las casas no están hechas para contemplarlas sino para vivir en ellas, escribió Francis Bacon. De ahí el sinsentido de una casa vacía, como ocurre con mi casa de Sarnago, donde nadie espera ya a nadie desde hace mucho tiempo. Lo mismo que a mí les pasa a todos los que, obligados por la necesidad, tuvieron que cerrar un día la casa del pueblo para irse lejos.

Es fácil comprender, a este propósito, el sobresalto que me produjo el sábado abrir las páginas de “Babelia” en “El País” y encontrarme con una gran foto de mi casa de Sarnago -mi verdadera casa- ilustrando un artículo titulado “En la España sin nadie”, firmado por Muñoz Molina. En él comenta un libro de Sergio del Molino -de Molina a Molino-, titulado “La España vacía. Viaje por un país que nunca fue”. Aún no he tenido ocasión de leer este libro, pero lo haré y puede que lo cuente. De momento aprovecho la ocasión para reproducir la siguiente observación del comentarista, que viene a remachar lo que uno viene diciendo desde hace tiempo como quien predica en el desierto y sin que dicho escritor, mimado por el poder, se haya enterado, por lo visto, hasta ahora: “Lo que distingue a España, ahora, igual que en el siglo XVI, la diferencia con respecto a Europa que atormentaba a los fantasmones del 98, es una cosa muy simple, que se explica con cifras y no con palabras: España es un país en gran parte deshabitado”. ¡Gran descubrimiento! En realidad, lo peor es que hay dos Españas: la superpoblada de la periferia y Madrid y la despoblada del interior. Ese es el gran despropósito, la hemiplejia nacional, que no aparece en ninguna de las cientos de propuestas de los programas electorales ni en los manifiestos políticos de los supuestos artistas e intelectuales. Y así vamos.

No deja de ser conmovedor que mi antigua casa de Sarnago, una casa anónima, se convierta en ilustración o metáfora de la España vacía. Me enorgullece y me produce tristeza a partes iguales. La foto está envuelta en una luz tenue, mortecina. El cielo es azul sin nubes, un azul pálido de quirófano o velatorio. No hay sombras, lo que indica que está tomada al amanecer o en el ocaso. Destaca la fachada de cal y canto que da a la plaza, atravesada con cables de la luz y con cenefas de ladrillo en la ventana del cuarto nuevo y en el balcón, que un día estuvo poblado de geranios, clavelinas y campanillas azules y hoy aparece medio tapado con claro aspecto de abandono. Debajo, la ventana de la cuadra, donde uno puede escuchar aún, con algo de imaginación, el relincho de los caballos y el cacareo de las gallinas en los nidales. Encima, la tronera del somero, donde estuvo el granero y cantaban los pájaros. Siguiendo calle abajo, se ve, a la izquierda, el portalón de la casa medio abierto, con la puerta desvencijada y el tejadillo que corona la entrada, casi desmontado, con las tejas caídas. Detrás estaba el horno. La cámara se abre paso, en profundidad, a través de las ruinas de las casas del tío Patricio, del tío Nicolás y del tío Casimiro, que un día estuvieron llenas de vida. Abajo, por una rendija, se adivinan los rastrojos de la Cereda -la fotografía debió de ser tomada por San Bartolomé-, detrás, el joven pinar oscuro de la Lomba y al fondo, la sierra azul, que casi se confunde con el desvaído azul del cielo.

Mi casa de Sarnago fue construida en el siglo XVII, en tiempo de Cervantes, con distintos añadidos y arreglos posteriores. La edificaron albañiles de las Tierras Altas, con sabiduría antigua transmitida de padres a hijos, y con los materiales que tenían a mano: piedras, cal, barro, tejas de la tejera del pueblo… Los carpinteros del lugar fabricaron las puertas, los bancos y las mesas con tablas de roble, chopo, arce y nogal, manejando con manos hábiles las azuelas, las sierras, las tupis y las machihembras. Los fuertes machones de los techos proceden también del monte cercano o de las alamedas. Puede que en sus paredes haya, incrustradas o formando esquina, piedras bajadas del cantarral del antiguo castillo celtibérico. La casa es así un producto histórico, entrañado en la naturaleza. Entre esas paredes nacieron, vivieron y murieron una larga sucesión de generaciones. Yo soy el último ser humano que ha nacido en la casa de Sarnago, que acaba de servir de metáfora de la España abandonada. Cada invierno que resiste en pie la acometida de los temporales pienso que es un milagro y doy gracias al cielo cuando llega mayo. Hoy cuelgo el corazón en la mampostería de la fachada como si fuera ropa tendida saludando a los antiguos habitantes.

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