LETRILLAS DEL PUEBLO

por elcantodelcuco

En un viejo cuaderno de tapas rojas de sólido cartón me he encontrado con apuntes míos olvidados con letrillas del pueblo, algunas de las cuales recogí en parte en mis libros de la Alcarama. Como si fuera un certificado de antigüedad, aplastados en la última página de la libreta, me he topado con dos pequeños billetes, uno casi nuevo de “Una peseta”, emitido en Madrid el 15 de junio de 1945, con Isabel la Católica en la portada, y otro, más gastado, de “Dos Pesetas”, emitido en Burgos el 30 de abril de 1938, “II Año Triunfal”, o sea, en plena guerra civil, cuando yo tenía unos meses de vida. ¡Por cuántas manos habrá pasado en aquellos años del hambre, del odio y de la sangre! Acaso, incluso, estuvo en la cartera de mi padre. Y me he acordado de las “Aventuras de una peseta” de Julio Camba, que leí de jovenzuelo con tanta fruición. De entonces vienen estas letrillas, dichos y retahílas que ahora voy a transcribir para divertimiento general. No está mal, creo, airear un poco el pesado ambiente político que respiramos. Estos dichos y letanías forman parte del repertorio cultural de una época, en la que en España regía aún la cachava del mundo rural. Conviene que no se pierdan.

Empiezo por el “tintirulo-tintitán”, que a mí me recuerda siempre al tío Cayetano, el sacristán, con su chaqueta de pana lisa, que vivía en la casa del rincón, en la plaza, y que tuvo un final que a mí me impresionó. La noche que murió, cantó el fanflorí, o pájaro de los muertos, encima del tejado de la casa.

Tintirulo.

Tintitán.

-¿Quién se ha muerto?

El sacristán.

-¿Quién le canta?

-La paloma.

-¿Quién le llora?

-La perdiz.

-¡Un piquito en la nariz.

En la siguiente página del cuaderno anoté las letras de las canciones cuarteleras, que nos cantaba mi abuelo Natalio, con voz profunda, el día de su santo y en otro días señalados.

-Levántate, Carcunda,

que las doce son.

Que viene el Espartero

con su División.

-Si viene que venga,

que deje de venir,

ciérrame la puerta

y déjame dormir.

(…)

-Tuerta, retuerta,

puñetera tuerta,

ábreme la puerta,

que te vengo a ver.

Martínez Campos

tiene una hermana

que a puta y fea

nadie le gana.

El repertorio concluía siempre entre risas con la siguiente letrilla:

Papamoscas de Burgos,

cortinas verdes,

por debajo del rabo

cagan las liebres.

O con esta otra:

Al chivito

de la cabra curra

ya lo asan,

ya lo turran.

Al chivito

de la cabra cacha

ya lo turran,

ya lo asan.

La abuela Bibiana, que era muy piadosa, echaba su cuarto a espadas en la velada:

Allá arriba no sé dónde

había no sé qué santo,

que rezándole no sé qué

se ganaba no sé cuánto.

O nos repetía la retahíla de las horas del reloj:

A la una,

la rueda de la fortuna.

A las dos,

la campana y el reloj.

A las tres,

Jesús,María y José.

Las cuatro,

los piececitos del gato.

Las cinco,

las llagas de San Francisco.

Las seis,

tres de blanco y tres de tinto.

Las siete,

seis sotanas y un bonete.

Las ocho,

siete cornudos y un mocho.

A las nueve,

pinga la bota y bebe.

A las diez,

repicoletea el almirez,

salsa molinera y olé.

A las once

llama el conde.

A las doce

le responde.

A las trece

baja a abrir.

Y a las catorce

baja la zorra por el monte,

con un peíto, pum, pum,

y echa a correr.

No pocas de estas retahílas encontraban acomodo en los juegos de la baraja. Por ejemplo, la que acompañaba el “sanrocón”, que era el castigo que se daba, golpeándole la palma de la mano al que había perdido en la partida de “San Roque”, hasta que apareciera la carta señalada:

As, chíquili, chíquili, chas,

ha dicho don Tomás

que le demos ocho más.

Uno, dos,etc.

Dos, tiéntalo por Dios.

Tres, la cajita San Andrés.

Cuatro, un sopapo.

Cinco, un pico.

Seis, tente burro que te caes.

Siete, un cachete.

Sota, sotana,

debajo la cama

tienes pan y un cuartillo de vino

pa’ cuando te vayas a la cama.

Caballo, caballero,

con su capa y su sombrero,

¿cuántas estrellas hay en el cielo?

¡Veinticinco y un lucero!

Rey reinando,

echando pedos

por la montaña,

por una caña

seca.

De la letanía del gallo, que tantas veces repetí de pequeño, dejé con toda seguridad breve constancia en uno de mis primeros libros. Es, como se ve, un interrogatorio propio de la Guardia Civil, aquella del tricornio de charol, que siempre iba en pareja, cuando aún cumplía de lleno su papel original de policía rural. Ahora la mayor parte de los cuarteles de los pueblos están cerrados o transformados en otra cosa.

-Kikirikiii

-¿Que le pasa al gallo?

-El papo malo.

-¿Quién se lo ha’cho?

-El ardacho.

-¿Dónde está el ardacho?

-Debajo la peña.

-¿Dónde está la peña?

-En el río.

-¿Dónde está el río?

-Los bueyes se lo han bebido.

-¿Dónde están las bueyes?

-A labrar se han ido.

-¿Dónde están las labraditas?

-Las gallinitas las han escarbado.

-¿Dónde están las las gallinitas?

-A poner huevos se han ido.

-¿Dónde están los huevos?

-Los frailes se los han comido.

-¿Dónde están los frailes?

-A decir misa se han ido.

-¿Dónde están las misas?

-¡Al cielo se han subido!

(Y ya no se podía seguir).

Una de las normas para andar por el campo y poder saciar la sed era:

Agua corriente

no mata a la gente.

Agua sin correr

puede suceder.

Y en relación con el peligro de picaduras venenosas, aparte del miedo ancestral a las víboras, las advertencias, para estar precavidos, estaban claras:

Si te pica el alacrán,

ya no comes más pan.

Si te pica la salamanquesa,

coge las llaves y vete a la iglesia.

(Para tocar a muerto, advertía siempre alguien)

Si te pica el lución,

coge la azada y el azadón.

(¡Para hacer el hoyo!).

Una coplilla que se repetía mucho, en aquellos tiempos de miseria, era la siguiente:

Pa’ almorzar,

pan y cebolla;

pa’ comer

cebolla y pan.

Y a la noche, si no hay olla,

vuelta al pan con la cebolla.

En la plaza, las tardes de baile, se cantaba en el corro:

¡Ay chibiri, chibiri, chibiri!

¡Ay chíbiri, chibiri, chan!

Alpargatas con tocino

es un plato regular.

¡Ay chibiri, chibiri, chibiri!

¡Ay chíbiri, chibiri, chan!

Y aquella otra coplilla, que contrasta ahora con el silencio sepulcral del pueblo:

En este pueblo

todos cantamos,

todos bailamos,

y así entonamos

esta canción:

¡Rin, ron!

Muchas más joyas antiguas, desfiguradas o abrillantadas por el tiempo, guarda este cuaderno de tapas rojas, que yo había olvidado. Recogeré sólo una más, que no ha perdido vigencia entre la gente joven los fines de semana:

Sopa en vino no emborracha,

litro y medio no es beber,

no sé qué coño me pasa,

que no me valgo tener

Anuncios