¿QUÉ NOS HA PASADO?

por elcantodelcuco

Recibí en mi móvil el siguiente “whatsapp” de mi hija Mireya: “Hazme caso, léete el libro de Astur. Se lee rápido y es muy bueno. Vas a estar de acuerdo con él en muchas cosas. Critica lo mismo que tú y yo. Y hay páginas y partes literariamente bellísimas”. Con esta recomendación tan entusiasta ¿cómo podía negarme? Mireya es una exigente crítica literaria, además de estupenda escritora -ahí está su “Meteoro”, sin ir más lejos, una revelación deslumbrante-, traductora, profesora y lectora empedernida. Cuando llegué a casa me encontré con el libro de Manuel Astur encima de la mesa. Veo que se lo ha dedicado a ella el autor y, a juzgar por la cuidada dedicatoria, se conocen bien. El libro se titula “Seré un anciano hermoso en un gran país”, un título extraño y sugerente. Y el vigoroso “Autorretrato con manzana” de la portada me lleva, no sé por qué, a Dostoyevski. En la contraportada, Sergio del Molino, otro escritor de esta generación que viene pisando fuerte, describe así el contenido de este libro tan recomendado: “Es un ensayo emocional que cuenta, con una sinceridad y empatía pocas veces vistas, los grandes cambios materiales, culturales y, sobre todo, espirituales de España y parte de Occidente durante las tres últimas décadas, a través de los ojos de Manuel Astur, un escritor perteneciente a la primera generación nacida en democracia, que ahora comienza a hacerse oír”. Se trata, pues, de una reflexión o un canto a una época a través de la vida del autor.

El autor es asturiano, como su nombre indica. Para él Asturias, su tierra, vista desde una de sus numerosas montañas, es como “una manta hecha de retales de diferentes tonalidades de verde”, con miles de prados separados por paredes de piedra, que llegan incluso a las cumbres más altas, construidas hace mucho tiempo no se sabe por quién, con un enorme esfuerzo. Uno de estos muros rodea la casona familiar donde Astur escribe. “Ahora mismo -dice- resuenan, ruedan por todo el valle, las campanas de la pequeña iglesia anunciando que son las nueve de la mañana. Los pájaros tienen montado un escándalo fuera. Un gallo se hace valer en el gallinero con un kikirikí muy desafinado y su harén cacarea nervioso. Los perros ladran como todas las mañanas y todos los atardeceres. Incluso un búho ulula en un árbol cercano, supongo que dando los buenos días, como un barrendero a su mujer antes de irse a dormir. Es todo muy idílico y hermoso. Seguramente envidiaréis la postal que os estoy describiendo. Pero lo cierto es que quizás no podríais vivir aquí”. Así es. Por eso se despueblan los pueblos y se quedan sin nadie los pequeños paraísos. Cuanto más silencio, más molestan los pequeños ruidos: el sonido de las campanas, el ladrido de los perros, la algarabía de los pájaros o el murmullo del viento en las hojas de los árboles.

Apenas empezada la lectura del libro, noto que me engancha de lleno sobre todo por la sinceridad que rezuma y porque deja de lado las banalidades al uso. El caso es que, desde las primeras líneas, antes de acometer la reflexión sobre su propia infancia -en la infancia del hombre está todo- se adivina la gran pregunta que bulle en el cerebro y en el corazón de este hombre y de las personas más inteligentes y sensibles de nuestra época, empezando por la de no pocos colegas “mileuristas”: ¿Qué nos ha pasado? ¿Qué ha pasado aquí? ¿Qué nos está pasando? En medio siglo ha cambiado todo y no se sabe si para bien o para mal, ni está claro adónde vamos. En el aspecto material, que es el más visible y comprobable, aunque no el más importante, llegaron las máquinas al campo y los campesinos dejaron el pueblo y emigraron a la ciudad en busca de trabajo; ahora, con la revolución tecnológica, los ordenadores empiezan a hacer el trabajo de las personas y aumenta el paro y la añoranza de la aldea. Murió la civilización rural y está en crisis o enferma la civilización urbana. A la soledad rural ha seguido la soledad del hombre tecnológico. Y por el camino, junto con jirones de piel, se han perdido otras cosas más serias. En España, los que están sufriendo más el desconcierto del cambio acelerado y la pérdida de puntos de referencia son justamente los de la generación de Manuel Astur, de Mireya y de Sergio del Molino. Por eso, menos mal, empiezan a hacerse oír. Estas reflexiones y estas confesiones suyas son tan importantes y significativas como las barahúndas de la Puerta del Sol. Conviene escucharles. Es, ni más ni menos, lo que hago hoy aquí. Lo mejor será que me apresure a reproducir, sin poner ni quitar, la primera página de este libro, que aún no he terminado de leer, sobre el que habré de volver y que, de entrada, me merece respeto, el respeto de un viejo acostumbrado a verlas venir y que no ha perdido su infancia por el camino:

Siempre tuve la sensación de que no había marcha atrás (…) Como si ascendiera una escalera mágica de cuento de hadas o de película de Indiana Jones y los escalones se desmoronaran al ser abandonados. Al principio el ascenso era divertido. Todo eran novedades y me lancé a subir loco de contento. Se desmoronaba la historia. Mi país. La España de mis padres y mis antepasados. Los ideales. La política. La vieja moral. La sexualidad. La religión. Incluso Dios era un escalón derruido en mi camino hacia la realización personal y el Progreso. Pero, pasados los años, comencé a sentir que ese ascenso destructivo era en realidad una trampa. Como si se tratara de una de las escaleras imposibles dibujadas por Escher, volvía siempre al mismo punto y el cielo quedaba igual de lejos, si no más. Era una espera en la nada. Me paré y contemplé. En apenas tres décadas, todo a mi alrededor y dentro de mí había cambiado. Y yo no me sentía más libre ni más nuevo: me sentía más solo”.

Como se ve, una sinceridad abrumadora. Me ha gustado, además, que Manuel Astur pusiera en la entrada del relato aquel villancico del renacentista Juan Vázquez:

De los álamos vengo, madre,

de ver cómo los menea el aire”.

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