SALVAR A LAS ABEJAS

por elcantodelcuco

Volvía yo esta mañana a casa de comprar en “La Tortuga” el pan y el periódico, como de costumbre, cuando he visto a un vecino fumigando en la entrada de la suya un llamativo rosal plagado de preciosas rosas blancas. Al pasar he sentido en la nariz una ráfaga del molesto insecticida en vez del agradable olor a rosas. Siempre me había parecido el rosal más hermoso de la urbanización. Ahora ya sé por qué, y desde hoy no me parecerá tanto. Le he dicho buenos días al hombre y he seguido mi camino por la acera. ¡Pobre de la abeja que se acerque hoy a este rosal tan florecido!, he pensado. Y me ha venido a la cabeza el largo informe que leí ayer en un periódico digital. Se trata de un estudio científico realizado en Estados Unidos. La primera conclusión es que los investigadores han encontrado hasta treinta pesticidas en el polen de las abejas. Supongo que más de uno de los seguidores de “El canto del cuco”, dado su nivel de curiosidad demostrada y su sensibilidad en defensa de la naturaleza, lo habrán leído también y estarán al cabo de la calle. Pero no está de más, me parece, ponerlo de manifiesto para los que no se hayan enterado. ¡Hay que salvar a las abejas!

De entrada impresiona que las abejas, esos pequeños y dorados insectos “antófilos” (del griego, “que aman las flores”) cuando regresan a sus colmenas después de sus dulces correrías, en este caso por inmensos campos de maíz del medio oeste norteamericano, lleven en su cuerpo un cóctel explosivo compuesto por una treintena de insecticidas diferentes. Estudios realizados en España han encontrado en el polen hasta cincuenta y tres plaguicidas (fungicidas, insecticidas y herbicidas), cuya mezcla eleva considerablemente la toxicidad. Pero el descubrimiento va más allá. Las químicas agrícolas son sólo una parte del problema. Según Krupke, uno de los mayores entomólogos del mundo, contribuyen tanto o más a ello los hogares y los parajes urbanos. Y apunta a los “piretroides”, insecticidas de uso doméstico contra moscas y mosquitos o para proteger las plantas del jardín contra pulgones y otros insectos, como hacía hoy mi vecino el del rosal. A este mismo flu-flu recurren los Ayuntamientos para fumigarlo todo -árboles, setos y praderas- cuando se acerca el verano. También se usan en las casas para combatir los parásitos de los animales domésticos. Una curiosidad añadida es que, por lo visto, a las abejas les gusta el néctar de las flores contaminadas con “neonicotinoides”, principal compuesto de los insecticidas, como a los fumadores el tabaco. Así buscan las pobres su propia perdición.

El caso es que las abejas se mueren. En Estados Unidos han desaparecido ya el 44 por ciento. En Europa, el 20 por ciento. En España hemos perdido entre el 20 y el 40 por ciento. En regiones como Galicia, el 56 por ciento. También nos quedamos sin abejorros y sin mariposas. Ya hemos perdido la mitad de ellos. Sobre la gradual y galopante desaparición de las abejas, la causa última no está clara. Aparte de los plaguicidas, se habla de un virus, un parásito, hongos o el cajón de sastre del cambio climático. Puede que una combinación de todos ellos. Veo que en España, según los ecologistas, están autorizados 319 productos peligrosos para las abejas, y sólo se han prohibido últimamente cuatro insecticidas tóxicos. Hay coincidencia en que la desaparición de las abejas sería una catástrofe. Algunos ven en ello una señal del fin del mundo. Estos “antófilos” tienen un papel esencial en la conservación del ecosistema. De la polinización depende cerca del 90 por ciento de las plantas silvestres y un tercio de los alimentos que consumimos. Y de las abejas y el resto de polinizadores depende, según los datos que he recogido, el 70 por ciento de los principales cultivos para el consumo humano de la agricultura en España, empezando por los árboles frutales: los manzanos, los cerezos, los ciruelos, los perales, los melocotoneros…¿Alguien se imagina un mundo sin mariposas, sin manzanas y sin abejas?

En mi pequeño jardín está prohibido fumigar. Y así me va. El albaricoquero, que planté con mis propias manos y que daba los mejores albérchigos -gordos y dulces- que he comido nunca, está enfermo, triste y sin fruto este año, llamando al hacha del verdugo; y el cerezo aparece invadido de pulgón. Y, por si faltaba algo, esta primavera, cuando florecieron, no he visto una abeja. Sólo alguna avispilla suelta. Me parece que la humanidad ha entrado en un círculo maldito. Sin fumigar no hay frutos y fumigando, acabamos poco a poco con las abejas y demás insectos, imprescindibles para la vida humana y para que las plantas fructifiquen. Hemos roto el ecosistema y estamos perdidos, agarrados como posesos a las nuevas tecnologías, como si fueran la tabla de salvación. ¡Pobres! Y llegado aquí, me vuelvo a la niñez en Sarnago, escucho en las herrañes el dulce rumor de mil insectos y veo al tío Quirino, cazador de enjambres, llamando con losas en la mano a las abejas que cruzan el aire de la plazuela como una nube dorada.

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