SUBIR AL CASTILLO

por elcantodelcuco

El castillo de Sarnago es un cerro pelado enfrente del pueblo. En la ladera de la derecha, según se mira desde las eras, en la umbría, se ve una mata de robles y monte bajo, donde podía saltar en cualquier momento la liebre o levantar el vuelo un bando de perdices. En la entrada, bajo unos árboles solitarios, solían sestear las ovejas cuando apretaba el calor. Allí quise yo atrapar el sol un día. Los cazadores furtivos acostumbraban a echar los lazos al anochecer en las veredas del monte y volvían antes de la salida del sol a ver si había habido suerte y se topaban con una rabona ahorcada entre las estacas para echar al morral. No faltaba tampoco en estos días del final de la primavera el furtivo que subía silenciosamente entre dos luces con el reclamo de la perdiz bajo la manta de Enciso hasta el chozo situado arriba estratégicamente en un cabezo entre el monte y la solana. Hasta el Hoyo de la Mata, que así se llama el paraje profundo, acudían también los hombres a acarrear al bardal en las artolas de las caballerías cargas de estrepas, que era el combustible habitual en las casas.

Delante del cerro el viajero observará las piezas del Collado: los sembrados parecen un mantón remendado de distintos tonos de verde, con las cebadas blanqueando ya por San Juan. Las piezas, hasta que llegó la concentración parcelaria y arrasó el paisaje, estaban sabiamente organizadas en bancales irregulares sostenidos por anchos ribazos, que en este tiempo aparecían floridos y servían de refugio a pájaros e insectos. En los trigales cantarán ya las codornices, si es que queda alguna. Abajo, a la derecha, entre los sembrados y el ejido, destacan, si alguien tiene curiosidad, los muros del pequeño cementerio, último refugio sagrado de las cenizas de los vecinos dispersos, junto a los huesos de los antepasados.

Desde siempre ese cerro, que tiene algo de mágico, se conoce como “El Castillo”. Pero ni los más viejos del lugar han visto traza alguna de que allí hubiera nunca un castillo. Hace siglos que ocurre esto, como si permanecieran en la cumbre, a mil trescientos y pico metros, los muros invisibles y fantasmales de una fortaleza que estuvo asentada en ese alto un día y que desapareció como por ensalmo. Lo mismo que en el caso del río -¿Dónde está el río? ¡Los bueyes se lo han bebido!- se podría decir: ¿Dónde está el castillo? ¡Los duendes se lo han llevado! Los duendes de la historia, claro. Sólo queda un cantarral en el abrigo de la cara sur, entre ulagas, tomazas y tomillos. Y algunas matas de grosella y de frambuesa que han sobrevivido, aquí y allá, entre las piedras. Todo ello da pie a pensar que representan indicios de que allí hubo algún día huertos y vida; es decir, que fue un lugar habitado.

Es curioso. El significante ha sustituido por completo al significado. Han pasado cientos de años y ahí sigue el nombre y el mito. Hasta nuestros días. Eso demuestra, por lo pronto, lo difícil que es borrar las huellas del pasado, lo mismo que resultan imborrables las huellas de nuestra propia biografía (y más ahora, con internet). Y lo persistente que es la tradición en los pueblos, aunque se hayan perdido las referencias e ignoremos el origen de los ritos, costumbres y creencias actuales. Seguramente las piedras del castillo desaparecido de Sarnago forman parte de los muros de la iglesia derruida o las esquinas de las paredes de algunas casas del pueblo. Como la energía, nada se pierde, todo se transforma, y así discurren, nacen y mueren, las civilizaciones.

Hasta hace unos años, todo el mundo, aunque nunca lo hubiera visto nadie, estaba convencido en el pueblo de que en ese cerro hubo un castillo “del tiempo de los moros”. Lo mismo pasa con la característica historia de las móndidas y el mozo del ramo. Siempre se ha creído, “desde tiempo inmemorial”, que su origen estaba en la Reconquista, que databa de la batalla de Clavijo y el tributo de las cien doncellas. En realidad, seguramente su antigüedad se remonta al mundo clásico greco-latino, muchos años antes de la era cristiana. Algo parecido ocurre con la hoguera de San Juan, en San Pedro Manrique, que pasarán la noche del jueves 23 con los pies descalzos, otro episodio de la España mágica. En los siglos que duró la lucha contra el Islam se fraguó, en gran manera, la identidad nacional española. Es normal que esto haya dejado huellas profundas que borraron muchas de las anteriores referencias. Es lo que ha ocurrido con el castillo de Sarnago.

Ahora los especialistas han demostrado científicamente que fue una fortaleza celtibérica de los siglos II-III antes de Cristo. Desde ese castillo, situado en el cerro, ahora pelado, se dominaba todo el valle del Linares. Los investigadores han encontrado entre el cantarral abundantes trozos de cerámica de esa época, e historiadores como Miguel Angel San Miguel o Eduardo Alfaro, estudiosos de la tierra, han dejado constancia científica de la antigüedad, estructura e importancia del castillo como fortaleza celtibérica y hasta de las condiciones de vida de los habitantes de aquel poblado en torno al castro, que no se diferenciaban, por lo visto, mucho de la vida que yo experimenté en mi infancia. De niño oí historias maravillosas sobre tesoros escondidos en el cerro del castillo y me contaron que el tío Nicolás, un aventurero hermano de mi abuelo, empezó un día sin éxito una excavación convencido de que daría con alguno de esos tesoros; pero sólo encontró cados de conejos en galerías interminables.

Todo esta prolija presentación viene a cuento de que quiero adelantar que este fin de semana, en nuestro previsto viaje iniciático a Sarnago y a Valtajeros, en vez de a la Alcarama, tal como están los caminos y las previsiones del tiempo, he propuesto a toda la familia, chicos y grandes, subir al castillo, uno de los mejores balcones de las Tierras Altas. Será también una especie de ascensión espiritual. Un buen sitio para encontrar pistas del pasado y para obtener una visión panorámica de la realidad actual. Para mí subir al castillo es como recuperar la infancia. Y, acaso, podamos descubrir también huellas perdidas de esa España mágica.

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