LOS OBJETOS

por elcantodelcuco

Una de las cosas que da idea cabal de lo que ha cambiado el mundo que uno ha vivido en los últimos setenta años, por poner una fecha redonda, es la duración de los objetos. Ahora tienen fecha de caducidad, son de usar y tirar. Antes duraban toda la vida. Muchos pasaban en herencia de una generación a otra desde tiempo inmemorial y formaban parte natural y afectiva de la vida familiar. Significaban lo permanente de la casa, lo mismo que el recuerdo de los antepasados. Aún puedo pasar revista a algunos de memoria: Los cazos de la espetera, la caldera de cobre de cocer las morcillas, el almirez de bronce, la gran tinaja rojiza de la cocina, la cantarera con los cántaros, la escopeta de gatillos a la vista, el yugo, el trillo, el arado y los otros aperos de la labranza, la vieja cama de hierro, las tazas de café, la artesa, el puñal de la matanza guardado en una funda verde, la foto de la mili cuando la guerra de África, el almanaque con la Virgen del Carmen, el libro del romancero, el Quijote en rústica, la sobadera, el tentemozo, el estante, el reloj de pared de la sala, la capa del abuelo…Nada se tiraba. Ni las abarcas. Se heredaba hasta la chaqueta de pana del padre y el chal de la madre.

Las ropas se arreglaban, se remendaban, se zurcían, se les daba la vuelta y seguían prestando utilidad como si tuvieran que ser eternas. En el pueblo no había “punto limpio”, ese cementerio de objetos que debería llamarse más bien “punto sucio”. Nunca venía un trapero o un chatarrero, a los que nadie arrendaría la ganancia. Si se rompía una mesa, la arreglaba el carpintero. Si se desvencijaba la albarda o los tarrollos de la trilla, se esperaría la llegada del guarnicionero, que montaba el taller a domicilio. De afilar las hoces, las tijeras y las navajas se encargaba, por supuesto, el pobre afilador y si había que arreglar la reja del arado, se llevaba a la fragua del herrero. Cada temporada harían acto de presencia los cesteros de tez aceitunada con sus haces de mimbre y los silleros, dispuestos a echar culo nuevo de anea a las sillas desfondadas. Y así sucesivamente. Eran los oficios, heredados también casi siempre de padres a hijos, como ocurría con el tendero, el albañil, el bizmero o el recaudador de la contribución. Ese era el orden natural. De esta manera las cosas más insignificantes adquirían un valor superior a su valor material.

Todo esto me ha venido a la cabeza leyendo la siguiente información: “En los países ricos se tiran cincuenta millones de toneladas de aparatos electrónicos al año; el 80 por ciento va a parar a basureros en los países pobres”. Los ingenieros y diseñadores se esforzaron al principio, hasta bien entrado el siglo XX, en fabricar objetos de la mayor calidad y duración posibles: bombillas casi eternas, electrodomésticos que funcionaban más de veinticinco años, medias de nailon casi indestructibles, máquinas de coser o coches que duraban toda la vida. Pero de un tiempo a esta parte tuvieron que claudicar a las leyes del mercado, que exigían la fabricación de objetos fáciles y caducos. Me he enterado, por ejemplo, que el ciclo de vida del “smartphone”, mi teléfono inteligente que tengo sobre la mesa, es de veinte meses. Así que en cualquier momento le sobrevendrá la muerte súbita. Y así todo lo demás. A esto se llama “obsolescencia programada”. Afecta a todos los productos del mercado, pero sobre todo a los electrodomésticos, automóviles, televisores, ordenadores, radios, móviles, videojuegos, “software”, baterías y dispositivos electrónicos. Las ropas, por supuesto, son de usar y tirar. Las gentes del pueblo no acuden ya al sastre, y las nuevas generaciones no saben ni coser un botón. Otra diferencia nada desdeñable con aquellos objetos de mi infancia es que ahora llevan ininteligibles nombrajos en inglés. La característica de la época actual es la evanescencia, el fluir acelerado, el pensamiento líquido, que algunos llaman posmodernidad.

No se trata de glorificar los tiempos de la posguerra en el pueblo, claro; aquella economía de subsistencia, aquella vida primitiva rodeada de miseria y necesidades…Pero por lo menos no había plásticos invadiéndolo todo. Puede sorprender a muchos que allí no había llegado aún el plástico, que ahora contamina las aguas y las tierras, ni la rueda, por lo escabroso del terreno, ni el teléfono, ni la televisión, ni los electrodomésticos. Tardó en llegar la luz eléctrica. Internet era inimaginable y se habría considerado cosa de brujería. El contraste, como se ve, es tremendo. Pero lo único que pretendo es poner de relieve el distinto valor de los objetos entonces y ahora. No me parece un asunto menor. Al fin y al cabo, los objetos constituyen la huella que deja el ser humano a su paso por la Tierra. Y a mí, qué quieren que les diga, me gusta acariciar los objetos antiguos, que acariciaron antes otras manos.

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