HABÍA UNA VEZ UN PUEBLO

por elcantodelcuco

Parece que mi pueblo se ha puesto de moda. Tratándose de un pueblo deshabitado, la cosa suscita extrañeza y envidia en los de alrededor y hasta en la capital. ¿Pero qué se han creído estos muertos de hambre?, farfullan los más desconcertados y rascatripas. Y el evidente interés suscitado no es por el repentino descubrimiento de la belleza pintoresca de las ruinas, entre las que destacan las de la iglesia, ni siquiera por su enclave privilegiado al pie de la Alcarama desde donde se abre una amplia panorámica, ni por el castillo celtibérico, del que no queda más que el nombre y un cerro pelado, ni por el baño de luz purísima que envuelve el caserío. Además no favorece el acceso al lugar el camino aún sin asfaltar que asciende entre ribaceras de aulagas y tomazas desde el puente de San Pedro Manrique. Ni siquiera se conservan desde sabe Dios cuándo las cuatro cruces en las cuatro entradas del pueblo coincidiendo con los cuatro puntos cardinales, que le podían dar cierta gracia: al norte, la cruz de Cerro; al sur, la cruz del Vallejo; al este, la cruz de Cantos, y al oeste, la cruz de la Villa. Las tainas, que arrancaban justo en la cruz de la Villa y descendían escoltando el camino del Horcajuelo y que representaban el característico pasado ganadero, aparecen convertidas en cantarrales para refugio de las alimañas del campo. Ni siquiera existe el pueblo en los registros oficiales desde que se murió el pobre Aurelio, el hijo del tío Luis, el 23 de abril de 1979. En realidad, esto sucedió el día que el Estado compró las tierras y los montes para plantar pinos. Dentro de unos días cuando acuda yo a renovarme el carné de identidad, el comisario de policía volverá a decirme, como la última vez: “Usted no es de Sarnago, Sarnago no existe”, que será como negar mi propia existencia. ¿Cuál es entonces el interés?

Pues el caso es que este martes que viene Televisión Española se ocupará de Sarnago en “España Directo”. Va a rebufo del amplio reportaje de Borja Hermoso en “El País” el mes pasado. Y la carpeta con las informaciones y comentarios de la prensa local sobre el pueblo es abultada y la exhibe con orgullo José Mari Carrascosa, el activo presidente de la Asociación. Lo de menos es mi cargante empeño desde hace años en poner a Sarnago y a las Tierras Altas de Soria en el mapa. Ni TVE ni el periódico de Prisa han hablado conmigo, ni falta que hace, aunque quiero creer que algo habré contribuido yo también a esto con mis cuatro libros de relatos en torno a la Alcarama y mis cuatro años de “Canto del cuco” con 227 entradas, contando ésta, y más de 112.000 visitas de dentro y de fuera de España. Entiéndaseme bien, no me quejo, sino todo lo contrario: me uno a la fiesta. Me parece que el sorprendente interés repentino se debe al coraje de los de Sarnago -los que tuvieron que cerrar un día la puerta de su casa, sus hijos y sus nietos-, todos unidos, por no resignarse a la muerte del pueblo, que parecía muerto y está resucitando. Esa es la clave. Lo mismo relanzan la tradicional fiesta de las móndidas y del mozo del ramo que organizan hacenderas, sin ayuda de nadie, levantan las casas, montan caleras, plantan arces, organizan semanas culturales, forcejean con el Obispado para reconstruir la iglesia y con la Diputación para arreglar el camino o sacan a la luz cada año una luminosa revista. Lo que es noticia, lo que atrae a los grandes medios de comunicación, es esta unión y esta ejemplar capacidad de resistencia.

Aunque no es un caso singular, lo que ocurre en Sarnago tiene un fuerte valor simbólico. El final de la civilización rural no debe llevar necesariamente aparejada la desaparición de los pueblos, sino su transformación evitando enterrar sus valores antiguos. Algo se está moviendo en este sentido. El otro día participé en Fuentes de Magaña, un pueblo que fue grande, reducido ahora a apenas cuarenta almas, a un foro -el “Foro de la Alcarama”- en el que un científico, dos filósofos y un teólogo dialogamos nada menos que sobre el origen del universo. ¿No es sorprendente? Aunque los políticos no se hayan enterado todavía, el grito de la España vacía empieza a resonar con fuerza y ya lo oyen en Europa. El creciente desequilibrio demográfico, con la carretada de sufrimiento silencioso, que lleva consigo, de tristeza, de abandono, de injusticia y de torpeza histórica, no ha merecido ni una mención en los largos y tediosos debates parlamentarios de estos días, aun siendo uno de los grandes problemas nacionales, si no, el mayor. Pero empieza a abrirse paso en la más joven y brillante generación de escritores: Jesús Carrasco, Manuel Astur, Mireya Hernández, Fermín Herrero, Iván Repila, Manuel Darriba, Lara Moreno, Ginés Sánchez, Sergio del Molino… Ellos son los encargados de columbrar el futuro. La “literatura rural”-la alianza del hombre con la tierra- está de moda y ésta sí que es un arma cargada de futuro. ¿Se dan cuenta de por qué un pueblo como Sarnago -había una vez un pueblo…-, oficialmente convertido en no-pueblo, está también de moda y es la envidia y la esperanza de muchos?

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