El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: octubre, 2016

VIAJE DE OTOÑO

En el “Coloquio de los perros” dice Cervantes: “Andar tierras y comunicar con diversas gentes hace a los hombres discretos”. Bien puede ser. Muchos de los problemas que padecemos en España, sobre todo en la España periférica, se arreglarían viajando más, hablando con gentes de otros lugares y leyendo de vez en cuando algún libro de provecho. Tampoco le falta razón a Bioy Casares, para el que los viajes agrandan la vida porque nos enriquecen de recuerdos. Es lo que me ha pasado a mí en el viaje otoñal que acabo de hacer y que voy a compartir por encima con los que siguen este blog. Lo primero que tengo que decir es que nunca había visto, que yo recuerde, ponerse el sol por la Alcarama. En Sarnago siempre amanece por allí y se pone por la sierra del Alba. Ha bastado con darle la vuelta a la mítica sierra y colocarse a su espalda para que llegue la sorpresa. Este fenómeno natural me produce una sensación extraña, un cierto desconcierto y confirma que con frecuencia las diferencias de juicio, que parecen irreconciliables, se deben sólo a que se ven las cosas con distinta perspectiva. Por eso, según dicen, el amor no consiste tanto en mirarse a los ojos uno a otro como en mirar los dos en la misma dirección.

Este viaje arranca muy de mañana en El Valle. Un sol tibio hace brillar el oro de los chopos y resalta el primer cobre otoñal de los montes. Pero nadie contempla tanta belleza. Cruzas los pueblos -Valdeavellano de Tera, Rollamienta, Tera…- sin ver un alma, ni tropezarte con un animal. Ni siquiera un perro callejero. Sólo el silencio, roto por el graznido alto de un cuervo lejano. Antes, no hace tantos años, había que detener el coche a cada paso para que pasaran las vacas. Nunca entenderé esta huida del paraíso. Sigue la carretera recta entre pinares, en los que a estas horas otros años había rumanos con cestas cogiendo níscalos. ¡Maldita sequía! Por fin, menos mal, parece que se acaba. Ahora mismo, mientras escribo, repica la lluvia en los cristales de mi buhardilla. En el Campillo de Buitrago queda empantanada la “Ciudad del Medio Ambiente” -un resonante fracaso oficial, sometido a público ludibrio- y los holandeses se disponen a plantar la mayor rosaleda de Europa. Arriba, entre la leve bruma mañanera, el solitario cerro de Numancia. Cuando entramos en Soria para recoger a un viajero, la ciudad se despereza. No hay atascos. Pasamos junto a la mole dorada de la concatedral de San Pedro y cruzamos el puente del Duero, entre San Polo y San Saturio, dejando a la izquierda los arcos de San Juan de Duero, con el monte de Santa Ana enfrente. No es extraño que Machado y una multitud de poetas se hayan enamorado de este singular rincón soriano, el de los chopos dorados, donde el río traza su curva de ballesta, y los nombres de enamorados quedan grabados en sus cortezas.

Seguimos la carretera que conduce a Zaragoza y a Pamplona. Pronto aparecen, a la altura de Alconaba, los campos de pan llevar. A pesar de la larga sequía, algún tractor remueve la tierra para la siembra. Subiendo al Madero, cruzamos pueblos vacíos sin ver salir humo de ninguna chimenea, aunque en más de uno puede que quede aún algún superviviente invisible. La mayoría queda a trasmano de la carretera: Fuensaúco, Aldealpozo, Omeñaca, con el recuerdo de los siete Infantes de Lara, cerca de los Campos de Araviana, donde los mataron a traición, Tozalmoro, Fuentetecha… Casi todos albergan preciosas reliquias románicas. Al ver el letrero de Valdegeña, me llega el recuerdo vivo de Avelino Hernández con su boina grande y su conversación entretenida. La sierra del Almuerzo está poblada de leyendas medievales, sin que falten historias de templarios y de ermitas misteriosas. A la izquierda en la lejanía se perfila la Alcarama y, al frente, dominándolo todo, la mole del Moncayo, que esta mañana aparece con la cabeza envuelta en un cendal de nubes cárdenas. Esta es una ruta poco visitada. El viajero acostumbra a ir de paso. Pero vale la pena hacer alto en el camino por estas soledades antes de que llegue el duro invierno.

La ruta desciende hasta Matalebreras, cruce de caminos, donde hacen parada los camiones y se abre el abanico de la Tierra Ancha. Dejamos a la derecha Ólvega, una de las pocas localidades sorianas que prospera, y bordeamos la villa de Ágreda, cargada de historia, de religiosidad y de arte, casi en la frontera de Aragón. Su actual decadencia sorprende. Recuerdo que la primera vez que viajé en un vehículo motorizado fue, siendo muy niño, en la caja de un viejo camión destartalado, el camión del Chupena, envueltos en polvo por una infame carretera llena de curvas, a la romería de la Virgen de los Milagros. La moderna circunvalación, lo único realizado de la programada autovía, deja de lado la ciudad de la venerable Sor María de Ágreda, y enfila hacia Zaragoza y Pamplona. Es imposible no recordar, llegados a este punto, la casa de Bécquer en Noviercas y, en el costado del Moncayo, el monasterio de Veruela, donde escribió las Leyendas, mientras le minaba la tuberculosis.

Torcemos a la izquierda hacia Navarra. Uno de los viajeros comenta: “Mira, ahí está el Mojón de los Tres Reyes”. Ese punto mágico donde, según la tradición, se reunieron a parlamentar en torno a una mesa de piedra los reyes de Castilla, de Aragón y de Navarra, y cada uno de ellos asentaba sus pies en suelo de su respectivo reino, se lo disputan varios lugares. En todo caso, con estos tres pilares se construyó España. Pocos lo tienen ahora en cuenta. Pronto entramos de lleno en la Ribera. El paisaje se transforma y se hace huertano. Aparecen los olivos y las primeras viñas, con los cogotes poblados de molinos. Los nombres del camino, para alguien de Sarnago, son familiares: las gentes de las Tierras Altas, como las aguas, se inclinaban de forma natural, más que hacia el Duero, hacia el Ebro. Y a las ricas tierras del Ebro se dirigió, cuando llegó la hora, la gran emigración. Tudela, Cintruénigo, Corella, Cascante, Murchante, Fitero con sus famoso baños… eran nombres cercanos en mi infancia, y esa era la ruta de los trujaleros. Al bordear Cintruénigo, se me aviva el recuerdo del tío Co en el trujal del Chivite. Aún me viene al estómago aquel intenso olor de la oliva machacada.

Y al caer esta tarde de otoño, volviendo de Pamplona, fue cuando vi, desde Cintruénigo, ponerse el sol por la Alcarama.

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EL HOSPITAL DE SANTA BÁRBARA

Es un edificio color pizarra, con una alta chimenea y una larga y poco acogedora rampa de entrada. El hospital de Soria se llama de Santa Bárbara, porque está ubicado en el corazón del barrio de ese nombre, mirando al norte, a un tiro de piedra de la antigua ermita y de la cárcel. No lejos estaban las eras y el campo abierto cuando se construyó en tiempos de Adolfo Suárez. Ahora domina el ladrillo. Es un barrio de pisos humildes con inhóspitos patios de cemento y edificios modernos de mejor traza. Dispone de algún amplio espacio verde con bancos de madera en los paseos, donde viejos renqueantes se sientan a descansar y ver pasar el tiempo cerca de alguna joven pareja de enamorados y por donde los vecinos sacan a pasear a los niños y a los perros. Alrededor del hospital se suceden los restaurantes populares, que aprovechan para su negocio la vasta clientela de visitantes de los enfermos. Yo acostumbro a comer en la “Nueva Era”, donde además son del Atlético. En el hospital de Santa Bárbara confluye, sin horario ni cortapisa, toda la Soria doliente, la gente de la capital y la de los pueblos, lo mismo que la Soria alegre y confiada pasea abajo, en el Collado, y, cuando se tercia, hace parada en las bien abastecidas barras de las tabernas de las orillas, donde brillan con luz propia los torreznos con denominación de origen. Pero, puesto a elegir, creo que el hospital es hoy el lugar más emblemático y popular de Soria, la última esperanza de muchos. En esa tierra la salud, en una población tan menguante y envejecida, es, con mucho, la principal preocupación de la gente.

Por circunstancias familiares que no vienen al caso estoy pasando, desde hace más de un mes, largas horas en este centro sanitario, que se ha convertido ya para mí en un lugar acostumbrado y que me ha impedido mantener la regularidad de “El canto del cuco”. Todo me es ya familiar allí dentro. A pesar del letrero de “Prohibido fumar en la rampa de entrada”, siempre me tropiezo cuando llego a alguien fumando en ese lugar. Observo a la izquierda la acogedora seriedad silenciosa de los de la garita de información y de “admisión de urgencias”, compro el periódico en el despacho de enfrente, le doy como un autómata al botón de la sexta planta del enorme ascensor; al desembocar en el amplio y luminoso vestíbulo con sillas alineadas en la pared para los visitantes me acerco a la máquina y compro un botellín de agua -90 céntimos- y, a partir de ahí, empiezo a contemplar el trasiego de batas blancas y a enfermos, de los que ignoro el nombre y la dolencia, de dónde son, si tienen familia, paseando débilmente por el pasillo en pijama y en bata, todos iguales. No tardará en abrirse paso un camillero arrastrando la cama de un paciente. A pesar de este escenario que describo y que pudiera ser deprimente, he de confesar que la dedicación de los médicos -doctoras, la mayor parte-, y la amable y silenciosa profesionalidad de enfermeras y del abundante personal auxiliar convierten aquello en un lugar razonablemente acogedor y cercano. Hasta huele bien y es variada y bien condimentada, aunque sea casi sin sal, la comida de los enfermos. La habitación, de dos camas, es amplia y luminosa, con televisión individual, y por la ventana se ve la sierra de Oncala.

He contemplado con mis propios ojos la dedicación de los médicos y del resto del personal sanitario, con sus aciertos, sus intuiciones y sus errores. Seguramente no reciben la remuneración que merecen. También es preciso reconocer, visto de cerca, el buen funcionamiento, en general, de la sanidad pública en España. Pero eso no impide recoger también aquí el sentimiento generalizado de discriminación y de frustración que existe en Soria en este campo, literalmente de vida o muerte. Esta provincia, la más despoblada de España, es también, según el sentir general, la cenicienta de Castilla y León en materia sanitaria. Las grandes inversiones se van a otras capitales de la comunidad, a las que los pobres sorianos enfermos de algún cuidado han de ser trasladados porque el Hospital de Santa Bárbara carece de especialistas y medios materiales para tratarles. Recojo una queja general. La geriatría, la cardiología o la oncología deberían contar en Soria, dado el tipo de población, con las mejores dotaciones de personal y medios. Parece que eso no ocurre. Los que están hacen lo que pueden y a los que podrían venir de fuera no se les incentiva. Me dicen que en Soria, una ciudad tan hermosa y acogedora, no encuentran alicientes. Hasta las obras para la renovación del hospital están paradas y nadie sabe cuándo se activarán. Se acabó el presupuesto. Lo mismo pasa, sin ir más lejos, con la autovía del Duero y el resto de obras públicas. Como si se hubiera parado el reloj. No es extraño que Soria se esté muriendo. Y para eso no hay Hospital de Santa Bárbara que valga. El consuelo del hombre pobre, como escribió el sefardita Bonsenyor en la Edad Media, es que vale más la salud que el dinero.