EL HOSPITAL DE SANTA BÁRBARA

por elcantodelcuco

Es un edificio color pizarra, con una alta chimenea y una larga y poco acogedora rampa de entrada. El hospital de Soria se llama de Santa Bárbara, porque está ubicado en el corazón del barrio de ese nombre, mirando al norte, a un tiro de piedra de la antigua ermita y de la cárcel. No lejos estaban las eras y el campo abierto cuando se construyó en tiempos de Adolfo Suárez. Ahora domina el ladrillo. Es un barrio de pisos humildes con inhóspitos patios de cemento y edificios modernos de mejor traza. Dispone de algún amplio espacio verde con bancos de madera en los paseos, donde viejos renqueantes se sientan a descansar y ver pasar el tiempo cerca de alguna joven pareja de enamorados y por donde los vecinos sacan a pasear a los niños y a los perros. Alrededor del hospital se suceden los restaurantes populares, que aprovechan para su negocio la vasta clientela de visitantes de los enfermos. Yo acostumbro a comer en la “Nueva Era”, donde además son del Atlético. En el hospital de Santa Bárbara confluye, sin horario ni cortapisa, toda la Soria doliente, la gente de la capital y la de los pueblos, lo mismo que la Soria alegre y confiada pasea abajo, en el Collado, y, cuando se tercia, hace parada en las bien abastecidas barras de las tabernas de las orillas, donde brillan con luz propia los torreznos con denominación de origen. Pero, puesto a elegir, creo que el hospital es hoy el lugar más emblemático y popular de Soria, la última esperanza de muchos. En esa tierra la salud, en una población tan menguante y envejecida, es, con mucho, la principal preocupación de la gente.

Por circunstancias familiares que no vienen al caso estoy pasando, desde hace más de un mes, largas horas en este centro sanitario, que se ha convertido ya para mí en un lugar acostumbrado y que me ha impedido mantener la regularidad de “El canto del cuco”. Todo me es ya familiar allí dentro. A pesar del letrero de “Prohibido fumar en la rampa de entrada”, siempre me tropiezo cuando llego a alguien fumando en ese lugar. Observo a la izquierda la acogedora seriedad silenciosa de los de la garita de información y de “admisión de urgencias”, compro el periódico en el despacho de enfrente, le doy como un autómata al botón de la sexta planta del enorme ascensor; al desembocar en el amplio y luminoso vestíbulo con sillas alineadas en la pared para los visitantes me acerco a la máquina y compro un botellín de agua -90 céntimos- y, a partir de ahí, empiezo a contemplar el trasiego de batas blancas y a enfermos, de los que ignoro el nombre y la dolencia, de dónde son, si tienen familia, paseando débilmente por el pasillo en pijama y en bata, todos iguales. No tardará en abrirse paso un camillero arrastrando la cama de un paciente. A pesar de este escenario que describo y que pudiera ser deprimente, he de confesar que la dedicación de los médicos -doctoras, la mayor parte-, y la amable y silenciosa profesionalidad de enfermeras y del abundante personal auxiliar convierten aquello en un lugar razonablemente acogedor y cercano. Hasta huele bien y es variada y bien condimentada, aunque sea casi sin sal, la comida de los enfermos. La habitación, de dos camas, es amplia y luminosa, con televisión individual, y por la ventana se ve la sierra de Oncala.

He contemplado con mis propios ojos la dedicación de los médicos y del resto del personal sanitario, con sus aciertos, sus intuiciones y sus errores. Seguramente no reciben la remuneración que merecen. También es preciso reconocer, visto de cerca, el buen funcionamiento, en general, de la sanidad pública en España. Pero eso no impide recoger también aquí el sentimiento generalizado de discriminación y de frustración que existe en Soria en este campo, literalmente de vida o muerte. Esta provincia, la más despoblada de España, es también, según el sentir general, la cenicienta de Castilla y León en materia sanitaria. Las grandes inversiones se van a otras capitales de la comunidad, a las que los pobres sorianos enfermos de algún cuidado han de ser trasladados porque el Hospital de Santa Bárbara carece de especialistas y medios materiales para tratarles. Recojo una queja general. La geriatría, la cardiología o la oncología deberían contar en Soria, dado el tipo de población, con las mejores dotaciones de personal y medios. Parece que eso no ocurre. Los que están hacen lo que pueden y a los que podrían venir de fuera no se les incentiva. Me dicen que en Soria, una ciudad tan hermosa y acogedora, no encuentran alicientes. Hasta las obras para la renovación del hospital están paradas y nadie sabe cuándo se activarán. Se acabó el presupuesto. Lo mismo pasa, sin ir más lejos, con la autovía del Duero y el resto de obras públicas. Como si se hubiera parado el reloj. No es extraño que Soria se esté muriendo. Y para eso no hay Hospital de Santa Bárbara que valga. El consuelo del hombre pobre, como escribió el sefardita Bonsenyor en la Edad Media, es que vale más la salud que el dinero.

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