VIAJE DE OTOÑO

por elcantodelcuco

En el “Coloquio de los perros” dice Cervantes: “Andar tierras y comunicar con diversas gentes hace a los hombres discretos”. Bien puede ser. Muchos de los problemas que padecemos en España, sobre todo en la España periférica, se arreglarían viajando más, hablando con gentes de otros lugares y leyendo de vez en cuando algún libro de provecho. Tampoco le falta razón a Bioy Casares, para el que los viajes agrandan la vida porque nos enriquecen de recuerdos. Es lo que me ha pasado a mí en el viaje otoñal que acabo de hacer y que voy a compartir por encima con los que siguen este blog. Lo primero que tengo que decir es que nunca había visto, que yo recuerde, ponerse el sol por la Alcarama. En Sarnago siempre amanece por allí y se pone por la sierra del Alba. Ha bastado con darle la vuelta a la mítica sierra y colocarse a su espalda para que llegue la sorpresa. Este fenómeno natural me produce una sensación extraña, un cierto desconcierto y confirma que con frecuencia las diferencias de juicio, que parecen irreconciliables, se deben sólo a que se ven las cosas con distinta perspectiva. Por eso, según dicen, el amor no consiste tanto en mirarse a los ojos uno a otro como en mirar los dos en la misma dirección.

Este viaje arranca muy de mañana en El Valle. Un sol tibio hace brillar el oro de los chopos y resalta el primer cobre otoñal de los montes. Pero nadie contempla tanta belleza. Cruzas los pueblos -Valdeavellano de Tera, Rollamienta, Tera…- sin ver un alma, ni tropezarte con un animal. Ni siquiera un perro callejero. Sólo el silencio, roto por el graznido alto de un cuervo lejano. Antes, no hace tantos años, había que detener el coche a cada paso para que pasaran las vacas. Nunca entenderé esta huida del paraíso. Sigue la carretera recta entre pinares, en los que a estas horas otros años había rumanos con cestas cogiendo níscalos. ¡Maldita sequía! Por fin, menos mal, parece que se acaba. Ahora mismo, mientras escribo, repica la lluvia en los cristales de mi buhardilla. En el Campillo de Buitrago queda empantanada la “Ciudad del Medio Ambiente” -un resonante fracaso oficial, sometido a público ludibrio- y los holandeses se disponen a plantar la mayor rosaleda de Europa. Arriba, entre la leve bruma mañanera, el solitario cerro de Numancia. Cuando entramos en Soria para recoger a un viajero, la ciudad se despereza. No hay atascos. Pasamos junto a la mole dorada de la concatedral de San Pedro y cruzamos el puente del Duero, entre San Polo y San Saturio, dejando a la izquierda los arcos de San Juan de Duero, con el monte de Santa Ana enfrente. No es extraño que Machado y una multitud de poetas se hayan enamorado de este singular rincón soriano, el de los chopos dorados, donde el río traza su curva de ballesta, y los nombres de enamorados quedan grabados en sus cortezas.

Seguimos la carretera que conduce a Zaragoza y a Pamplona. Pronto aparecen, a la altura de Alconaba, los campos de pan llevar. A pesar de la larga sequía, algún tractor remueve la tierra para la siembra. Subiendo al Madero, cruzamos pueblos vacíos sin ver salir humo de ninguna chimenea, aunque en más de uno puede que quede aún algún superviviente invisible. La mayoría queda a trasmano de la carretera: Fuensaúco, Aldealpozo, Omeñaca, con el recuerdo de los siete Infantes de Lara, cerca de los Campos de Araviana, donde los mataron a traición, Tozalmoro, Fuentetecha… Casi todos albergan preciosas reliquias románicas. Al ver el letrero de Valdegeña, me llega el recuerdo vivo de Avelino Hernández con su boina grande y su conversación entretenida. La sierra del Almuerzo está poblada de leyendas medievales, sin que falten historias de templarios y de ermitas misteriosas. A la izquierda en la lejanía se perfila la Alcarama y, al frente, dominándolo todo, la mole del Moncayo, que esta mañana aparece con la cabeza envuelta en un cendal de nubes cárdenas. Esta es una ruta poco visitada. El viajero acostumbra a ir de paso. Pero vale la pena hacer alto en el camino por estas soledades antes de que llegue el duro invierno.

La ruta desciende hasta Matalebreras, cruce de caminos, donde hacen parada los camiones y se abre el abanico de la Tierra Ancha. Dejamos a la derecha Ólvega, una de las pocas localidades sorianas que prospera, y bordeamos la villa de Ágreda, cargada de historia, de religiosidad y de arte, casi en la frontera de Aragón. Su actual decadencia sorprende. Recuerdo que la primera vez que viajé en un vehículo motorizado fue, siendo muy niño, en la caja de un viejo camión destartalado, el camión del Chupena, envueltos en polvo por una infame carretera llena de curvas, a la romería de la Virgen de los Milagros. La moderna circunvalación, lo único realizado de la programada autovía, deja de lado la ciudad de la venerable Sor María de Ágreda, y enfila hacia Zaragoza y Pamplona. Es imposible no recordar, llegados a este punto, la casa de Bécquer en Noviercas y, en el costado del Moncayo, el monasterio de Veruela, donde escribió las Leyendas, mientras le minaba la tuberculosis.

Torcemos a la izquierda hacia Navarra. Uno de los viajeros comenta: “Mira, ahí está el Mojón de los Tres Reyes”. Ese punto mágico donde, según la tradición, se reunieron a parlamentar en torno a una mesa de piedra los reyes de Castilla, de Aragón y de Navarra, y cada uno de ellos asentaba sus pies en suelo de su respectivo reino, se lo disputan varios lugares. En todo caso, con estos tres pilares se construyó España. Pocos lo tienen ahora en cuenta. Pronto entramos de lleno en la Ribera. El paisaje se transforma y se hace huertano. Aparecen los olivos y las primeras viñas, con los cogotes poblados de molinos. Los nombres del camino, para alguien de Sarnago, son familiares: las gentes de las Tierras Altas, como las aguas, se inclinaban de forma natural, más que hacia el Duero, hacia el Ebro. Y a las ricas tierras del Ebro se dirigió, cuando llegó la hora, la gran emigración. Tudela, Cintruénigo, Corella, Cascante, Murchante, Fitero con sus famoso baños… eran nombres cercanos en mi infancia, y esa era la ruta de los trujaleros. Al bordear Cintruénigo, se me aviva el recuerdo del tío Co en el trujal del Chivite. Aún me viene al estómago aquel intenso olor de la oliva machacada.

Y al caer esta tarde de otoño, volviendo de Pamplona, fue cuando vi, desde Cintruénigo, ponerse el sol por la Alcarama.

Anuncios