El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: noviembre, 2016

PRELUDIO DE NAVIDAD

La nieve me salió al encuentro en Soria. La ciudad amaneció blanca. Hacía años que el gozo infantil de la primera nevada no me sorprendía el día adecuado en el lugar adecuado. Este año, sí. No importa que durara poco. Contemplando la transformación de los montes de alrededor, la Dehesa, los parquecillos urbanos y, sobre todo, los chopos de las orillas del río y observando a los sorianos paseando con naturalidad por el Collado bajo los paraguas, haciendo parada en los acogedores bares y tabernas, me convencí de que el paisaje invernal es el que mejor se adecua a esta tierra dura y fría y a estos sufridos herederos de los arévacos numantinos. Parecían en su elemento. Quiero decir que Soria es el lugar adecuado para ver nevar. Los algarazos dieron pronto paso a una lluvia fina y heladora. Un viento cortante procedente de la Cebollera se metía en los huesos. “Piqueras está cerrado -le oí a un desconocido con pinta de camionero- y Oncala, con cadenas”. Bastaba con levantar la vista hacia el norte y comprobar que una cortina negra y baja cubría las sierras. Hay quien atribuye la decadencia de esta provincia castellana a la dureza del clima. Pudiera ser, aunque a mí nunca me ha parecido esa la razón principal del abandono. Hay lugares en Europa mucho más fríos y desapacibles en los que crece la prosperidad y que están bien poblados.

En esas reflexiones andaba yo cuando recibí un oportuno “whatsApp” de José Mari Carrascosa con fotos de Sarnago nevado. Esa sí que era una gran nevada, la primera nevada del año digna de tal nombre. Una nieve inmaculada, sin una sola pisada ni una huella animal, cubría la plaza y las calles de entrada, los tejados, el entorno de la calera, los campos y las ruinas de las casas abandonadas. Las firman dos valientes, Ana Gordo y Robert, que se aventuraron hasta allí, no sé cómo, y dejaron constancia gráfica de tal maravilla, que a tipos como yo le trae de golpe, concentrados, todos los inviernos felices de la infancia. La nevada es para mí el verdadero preludio de la Navidad. Observando las fotografías, lo primero que me imagino es el silencio. Ya he dicho otras veces que el silencio de la nieve es muy especial, es un silencio blando y total, telúrico, como de otra galaxia. Y me imagino sin esfuerzo al pueblo entero transformado de pronto en un belén natural, como en la niñez, cuando íbamos a traer el musgo de las herrañes para el belén de don Matías. Lo que no puedo imaginarme, por más esfuerzos que hago, es que, en estas circunstancias, no salga humo de ninguna chimenea, y, menos aún, que las majadas y las cuadras, en lo bajero de las casas, estén vacías, sin ovejas pariendo, las despensas sin pan, los portales sin perros y los bardales sin leña.

A mi vuelta a Madrid, con un cielo triste y nuboso, he visto que encendían, sin esperar a la llegada del Adviento, las luces de Navidad. En el telediario de la noche han ofrecido también imágenes del encendido de las luces en Barcelona. ¿Luces de Navidad? Ni en un sitio ni en otro se ve, entre luminosas figuras geométricas, más o menos vistosas, más o menos cargantes, una sola referencia religiosa, que explique el significado original de estas fiestas. Me parece que hay, por parte de las autoridades y de la cultura dominante, un empeño manifiesto en descristianizar la Navidad, transformándola en un regreso al paganismo y, desde luego, una incitación a la diversión y al consumo desaforado. Nada que ver con lo que pasó aquella noche en el establo, poblado de ángeles y pastores, que partió en dos la historia de la humanidad. Yo denuncio aquí que nos están robando, entre unos y otros, el espíritu de la Navidad. Sobre todo, se lo están robando a los niños. ¡Pobres niños! Acabo de leer en el periódico que en un colegio público de Elche han enviado una circular a los padres de los alumnos más pequeños -de tres años- alentándoles a que los niños lleven adornos con los que decorar el aula durante la Navidad, pero con la siguiente advertencia: “Que no sea grande (el árbol de Navidad) ni con motivos religiosos (belén)”. Que lleven bolas de colores, muñecos de nieve, guirnaldas…, lo que quieran, pero nada que tenga que ver con el origen religioso de las fiestas. ¿Qué les parece?

No es un caso aislado, qué va. Es el nuevo espíritu de la Navidad. ¿Espíritu? ¡Que vuelva Dickens! Puesto a desahogarme, no tengo más remedio que expresar también aquí la vergüenza ajena que me produce, en este preámbulo navideño, la estúpida implantación comercial, con un inusitado despliegue de publicidad por parte de los grandes almacenes, del “Black Friday”, una burda copia del viernes de las grandes rebajas en Estados Unidos con motivo de su Día de Acción de Gracias. Es lo que nos faltaba. Después de los Premios Goya, imitación ridícula de los Óscar, de los Papá Noel y del esperpéntico “halloween”, ahora esto. Pero esa es otra historia. Estamos cada vez más sometidos al lenguaje y las costumbres de fuera y estamos perdiendo nuestro lengua y nuestras buenas costumbres. Hasta al otoño le llaman “fall” en las tiendas de moda. ¡Si mi abuela levantara la cabeza! Menos mal que la nieve, fiel al espíritu de Navidad, sigue bajando, aunque no haya nadie, a los pueblos vacíos de las Tierras Altas.

CARNE DE MEMBRILLO

Cuando he vuelto de Soria, después de una larga ausencia, he sentido al abrir la puerta del salón un dulce olor a membrillo. No era mal recibimiento. Mireya, mi hija, se había ocupado de recoger la cosecha, y la fruta dorada llenaba fruteros y se desbordaba sobre la mesa de cristal, como en un gran bodegón vivo. De todos los árboles del pequeño jardín, el membrillo, que planté con mis propias manos en el rincón umbrío junto a la puerta de salida, es el que no falla nunca, todos los años da sus frutos, y eso que cada vez está más apretado, el pobre, entre el crecido laurel, de generación espontánea, y el poderoso castaño, que tiene su origen en una reluciente castaña que recogí del suelo en otoño hace una docena de años en Valdeavellano de Tera, junto a la carretera. El humilde y generoso arbusto, de la familia de las rosáceas, que procede, según veo, de Asia Menor, como los actuales refugiados -en la antigüedad florecía ya en Babilonia-, se defiende inclinando sus duras y enmarañadas ramas hacia fuera en busca del sol. Salvo mejor criterio, a cargo del sabio Tejerina, el nombre viene del latín, que lo toma del griego, “melimélum”, que significa manzana dulce. Así que el membrillo se relaciona con rosales y manzanos, que no es mala compañía, y está cargado de potasio. He de confesar que cada año que pasa siento más asombro contemplando el prodigio de las plantas, sobre todo de los árboles frutales, tan escasos en mi infancia de Sarnago.

De aquellos tiempos guardo el recuerdo del olor a membrillo en los armarios roperos, que a mí me parecía un olor a limpio, y, sobre todo, el placer de la carne de membrillo. Si la memoria no me falla, la primera vez que lo probé, siendo muy pequeño, fue un obsequio casero de nuestros vecinos los maestros, don Joaquín y doña Felicitas, que procedían de Maluenda, tierra de frutales, en Aragón, y con los que alcanzamos una notable familiaridad. Y tanto debió de gustarme aquello que el siguiente regalo de los Reyes Magos, el que más ilusión me hizo nunca, como tengo dicho, fue un caballo de cartón con un aparejo de carne de membrillo. Recuerdo que, en un primer momento, el aparejo me entusiasmó más que el caballo. Esta experiencia infantil me ha acompañado toda mi vida. Por eso en cuanto tuve ocasión planté un membrillero en mi jardín. Y cada año recojo amorosamente los frutos que me ofrece y con ellos me ocupo personalmente de fabricar una carne de membrillo que no tiene nada que envidiar a ninguna de las que he probado. Desde luego, le da vuelta y raya al afamado dulce de membrillo de Puente Genil, que venden en las tiendas, y que hasta da nombre a un festival de flamenco que se llama “Membrillo de Oro”.

Es casi mi única experiencia en la cocina, para la que Dios no me ha dado habilidad o acaso he desaprovechado la poca que me dio. Esto es una excepción, que, a la vista de los buenos resultados obtenidos, me hace pensar que a lo mejor he desaprovechado mi inexplorada arte culinaria. El caso es que un día de estos podrán verme, si se asoman, con un delantal ceñido a la cintura y una cuchara de palo en la mano enguantada, removiendo el membrillo en la olla, mientras me cruje la espalda y sudo la gota gorda, una estampa que puede considerarse a todas luces pintoresca. Sólo con este retrato pueden hacerse una idea de lo laborioso que resulta, y lo fácil tratándose del inexperto autor que soy yo, preparar una buena carne de membrillo. No es la paciencia virtud que me sobre y, sin embargo, en este menester la ejerzo a fondo sin alterarme. Eso se debe, no alcanzo a ver otra explicación, a mi devoción por el membrillo, como habrán podido adivinar.

Llegados a este punto, parece obligado compartir mi receta con los seguidores de “El canto del cuco”. ¡Ahí va, y que sea lo que Dios quiera! Elijan unos membrillos sanos y maduros. Yo no los lavo bajo el grifo, como hace la mayoría, porque pierden gracia y aroma. Limpio cada uno cuidadosamente con un paño. Después los troceó con su piel, rica en pectina, eliminando el corazón y cualquier defecto. Una vez troceados y limpios, los peso y los deposito en la olla. Por cada kilo de fruta pongo litro y medio de agua. Y a cocer hasta que, lentamente, va haciéndose pulpa y el agua se evapora. La gracia y el martirio es dar constantemente vueltas, para que no se pegue, con la cuchara de palo, nunca de acero. Esta primera parte puede durar, depende de la intensidad del fuego y de la madurez de los membrillos, casi una hora. Es el momento de echar sobre la masa tres cuartos de kilo de azúcar blanca, y seguir dando vueltas sin parar -el riesgo de que se chamusque es ahora mayor- durante otra hora aproximadamente a fuego más lento, con paciencia infinita y aunque te duela la espalda y te salpique la olla hirviendo, hasta que comprendes que la masa se amansa y es ya ligera y perfecta. Entonces se aparta del fuego y se deposita otra hora sobre un paño de hilo, que envuelve la pasta, encima de un cuenco para que escurra las dulces perlas sobrantes, que son, por cierto, una delicia. Pasado un tiempo prudencial, se coloca en un recipiente de loza o de cristal, y se deja reposar hasta que la carne de membrillo esté compacta y apta para chuparse los dedos. No sale refinada, sino natural y distinguible, como debe ser tratándose de la boca de un campesino como yo. ¡El sabor de la infancia!

OTOÑO EN SORIA

Circunstancias familiares, no gratas, de las que ya di somera noticia me han dado la oportunidad de disfrutar de cerca del otoño soriano. Hacía muchos años que no tenía la oportunidad de pasar largos días seguidos en la capital del Duero. En cierta medida ha sido como un reencuentro conmigo mismo. De aquellos días rosados de la juventud, llenos de ilusión y de proyectos de libertad, compartidos con amigos entusiastas -era imposible dar un paso por el Collado o por el Tubo sin encontrarte con algún conocido-, a este recorrer las calles de riguroso incógnito, observando de cerca a gente desconocida y el envejecimiento de la población. El paisaje urbano ha cambiado y los años no pasan en balde ni perdonan. Lo que más me ha llamado la atención es precisamente la cantidad de personas impedidas que te tropiezas. La que no cojea, renquea. Hacía tiempo que no veía por la calle a tanta gente con cachava, con muletas , con “tacatá” o en silla de ruedas, sin contar a los que, sin apoyos externos, observas caminando con dificultad. Quiero decir que en el paisaje urbano de Soria destacan los mayores, lo que da a la ciudad una cierta placidez y una dulce pátina de decadencia. A la vez te obliga a ti mismo a mirarte en el espejo y descubrir que estás perfectamente integrado en ese paisaje de otoño aunque aún camines, válgame el cielo, con el cuerpo erguido y hasta airoso.

Este no es un gran descubrimiento. Ya sabíamos que el problema principal de esta provincia, donde Castilla pierde su nombre, es la dramática decadencia demográfica con el consiguiente envejecimiento de la población. ¡Apenas noventa mil habitantes entre la capital y todos los pueblos juntos! Pero no es lo mismo verlo en los papeles que comprobarlo con tus propios ojos. Por eso produce una especial alegría oír el griterío de los niños en el recreo cuando pasas por delante de los colegios, contemplar la oleada de juventud saliendo del Instituto Antonio Machado, que este año celebra su 175º aniversario, o ver pasar la tuna jovencísima, chicos y chicas, con uniforme nuevo, haciéndose oír por la arteria principal de la ciudad. Otra visible diferencia en lo que va de ayer a hoy es la llegada a la capital de gentes de otras razas, lo que, aunque sea aún con cuentagotas, empieza a darle a Soria un aire multiétnico. Es un cambio notable del paisaje urbano. Esto se nota más viendo a los niños saliendo de los colegios y genera una cierta esperanza de recuperación. Quién sabe si la solución vendrá de fuera, de las oleadas de refugiados y de emigrantes. Aquí tradicionalmente se recibe a todos sin prejuicios, vengan de donde vengan, y con los brazos abiertos. No he visto en Soria un solo gesto de rechazo al extranjero. Al contrario, acostumbrados a salir fuera a buscarnos la vida -somos más los sorianos de la diáspora que los de dentro, dónde va a parar- ésta siempre ha sido una tierra acogedora.

También estoy comprobando estos días de cerca que no se ha perdido la afición por la cultura, que ha sido tradicionalmente una de las señas de identidad de Soria. Y un piensa que la cultura nos salvará y nos hará libres. Me viene a la cabeza, aparte de los poetas venidos de fuera -Bécquer, Machado, Gerardo Diego- y que se imbricaron aquí de lleno, nombres autóctonos como Gaya Nuño, Pepe Tudela, amigo de Ortega, al que acompañó a Numancia, Pérez Rioja, Dionisio Ridruejo, Heliodoro Carpintero, que conocí en Sarnago en una visita como inspector de Enseñanza, etcétera. Siempre ha habido, incluso en tiempos del antiguo régimen, una gran efervescencia cultural. Pues ahora se mantiene. He visto cómo se suceden los ciclos de conferencias sobre lo divino y lo humano, los conciertos de música, las representaciones de guiñol en plena calle y en la noche de ánimas vi, acompañada de tambores y dulzainas, una tenebrosa y festiva representación junto al Duero de la leyenda del Monte de las Ánimas de Bécquer, en el rincón que lleva su nombre al pie de dicho monte. Nada más apropiado. Él recogió esta leyenda del pueblo y tomó nota. “Yo la oí -confiesa- en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche”. El que no haya sentido un escalofrío leyendo esta leyenda becqueriana es que no sabe dónde está Soria y además tiene el corazón de piedra. Por cierto, hay que ver cuánta belleza ha derramado este otoño cálido y sereno sobre las orillas del Duero, el parque de la Dehesa, los parquecillos urbanos y los campos de alrededor. Ha sido un verdadero disfrute, capaz de mitigar cualquier penalidad. ¡Cómo suenan las campanas en las plácidas mañanas de los domingos! El desastre sin precedentes es que este otoño, por culpa de la sequía, no hay setas en el monte. Y parece que está a punto de cambiar el tiempo. El invierno llama ya a la puerta. Pronto veremos la nieve en la Cebollera, en la sierra de Oncala y de Piqueras, y no faltará a la cita en la cumbre del Moncayo y de la Alcarama. Será el momento en que los pueblos y la ciudad se encerrarán sobre sí mismos, y los viejos dejarán de pasear por la calle con su cachava, su muleta o su “tacatá”, hasta que vuelva a brillar el sol, acaso por el veranillo de San Martín.