OTOÑO EN SORIA

por elcantodelcuco

Circunstancias familiares, no gratas, de las que ya di somera noticia me han dado la oportunidad de disfrutar de cerca del otoño soriano. Hacía muchos años que no tenía la oportunidad de pasar largos días seguidos en la capital del Duero. En cierta medida ha sido como un reencuentro conmigo mismo. De aquellos días rosados de la juventud, llenos de ilusión y de proyectos de libertad, compartidos con amigos entusiastas -era imposible dar un paso por el Collado o por el Tubo sin encontrarte con algún conocido-, a este recorrer las calles de riguroso incógnito, observando de cerca a gente desconocida y el envejecimiento de la población. El paisaje urbano ha cambiado y los años no pasan en balde ni perdonan. Lo que más me ha llamado la atención es precisamente la cantidad de personas impedidas que te tropiezas. La que no cojea, renquea. Hacía tiempo que no veía por la calle a tanta gente con cachava, con muletas , con “tacatá” o en silla de ruedas, sin contar a los que, sin apoyos externos, observas caminando con dificultad. Quiero decir que en el paisaje urbano de Soria destacan los mayores, lo que da a la ciudad una cierta placidez y una dulce pátina de decadencia. A la vez te obliga a ti mismo a mirarte en el espejo y descubrir que estás perfectamente integrado en ese paisaje de otoño aunque aún camines, válgame el cielo, con el cuerpo erguido y hasta airoso.

Este no es un gran descubrimiento. Ya sabíamos que el problema principal de esta provincia, donde Castilla pierde su nombre, es la dramática decadencia demográfica con el consiguiente envejecimiento de la población. ¡Apenas noventa mil habitantes entre la capital y todos los pueblos juntos! Pero no es lo mismo verlo en los papeles que comprobarlo con tus propios ojos. Por eso produce una especial alegría oír el griterío de los niños en el recreo cuando pasas por delante de los colegios, contemplar la oleada de juventud saliendo del Instituto Antonio Machado, que este año celebra su 175º aniversario, o ver pasar la tuna jovencísima, chicos y chicas, con uniforme nuevo, haciéndose oír por la arteria principal de la ciudad. Otra visible diferencia en lo que va de ayer a hoy es la llegada a la capital de gentes de otras razas, lo que, aunque sea aún con cuentagotas, empieza a darle a Soria un aire multiétnico. Es un cambio notable del paisaje urbano. Esto se nota más viendo a los niños saliendo de los colegios y genera una cierta esperanza de recuperación. Quién sabe si la solución vendrá de fuera, de las oleadas de refugiados y de emigrantes. Aquí tradicionalmente se recibe a todos sin prejuicios, vengan de donde vengan, y con los brazos abiertos. No he visto en Soria un solo gesto de rechazo al extranjero. Al contrario, acostumbrados a salir fuera a buscarnos la vida -somos más los sorianos de la diáspora que los de dentro, dónde va a parar- ésta siempre ha sido una tierra acogedora.

También estoy comprobando estos días de cerca que no se ha perdido la afición por la cultura, que ha sido tradicionalmente una de las señas de identidad de Soria. Y un piensa que la cultura nos salvará y nos hará libres. Me viene a la cabeza, aparte de los poetas venidos de fuera -Bécquer, Machado, Gerardo Diego- y que se imbricaron aquí de lleno, nombres autóctonos como Gaya Nuño, Pepe Tudela, amigo de Ortega, al que acompañó a Numancia, Pérez Rioja, Dionisio Ridruejo, Heliodoro Carpintero, que conocí en Sarnago en una visita como inspector de Enseñanza, etcétera. Siempre ha habido, incluso en tiempos del antiguo régimen, una gran efervescencia cultural. Pues ahora se mantiene. He visto cómo se suceden los ciclos de conferencias sobre lo divino y lo humano, los conciertos de música, las representaciones de guiñol en plena calle y en la noche de ánimas vi, acompañada de tambores y dulzainas, una tenebrosa y festiva representación junto al Duero de la leyenda del Monte de las Ánimas de Bécquer, en el rincón que lleva su nombre al pie de dicho monte. Nada más apropiado. Él recogió esta leyenda del pueblo y tomó nota. “Yo la oí -confiesa- en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche”. El que no haya sentido un escalofrío leyendo esta leyenda becqueriana es que no sabe dónde está Soria y además tiene el corazón de piedra. Por cierto, hay que ver cuánta belleza ha derramado este otoño cálido y sereno sobre las orillas del Duero, el parque de la Dehesa, los parquecillos urbanos y los campos de alrededor. Ha sido un verdadero disfrute, capaz de mitigar cualquier penalidad. ¡Cómo suenan las campanas en las plácidas mañanas de los domingos! El desastre sin precedentes es que este otoño, por culpa de la sequía, no hay setas en el monte. Y parece que está a punto de cambiar el tiempo. El invierno llama ya a la puerta. Pronto veremos la nieve en la Cebollera, en la sierra de Oncala y de Piqueras, y no faltará a la cita en la cumbre del Moncayo y de la Alcarama. Será el momento en que los pueblos y la ciudad se encerrarán sobre sí mismos, y los viejos dejarán de pasear por la calle con su cachava, su muleta o su “tacatá”, hasta que vuelva a brillar el sol, acaso por el veranillo de San Martín.

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