El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: diciembre, 2016

NAVIDAD-2016

Navidad es volver a la infancia, aunque la encontremos poblada de ausencias, o precisamente por eso.

Navidad es desear felicidad a todo el mundo, aunque lleve razón Hölderlin y cuando la dicha está al alcance del hombre y se la trae Dios en persona, no la reconoce. Vino a los suyos y los suyos no le recibieron.

Navidad es volver a casa y encontrar refugio en la familia, aunque en la cena familiar haya largos silencios y nada sea ya tan reconocible y tan inocente como entonces.

Navidad es vivir bajo el nivel 4 de alerta antiterrorista, comprobando que, después de 2016 años, no hay aún paz en la Tierra, aunque la pregonaran los ángeles aquella noche para sorpresa de los pastores.

Navidad es sentir vergüenza y rabia contemplando en el telediario las ruinas de Alepo.

Navidad es sentir el frío y el desamparo de los niños desterrados en los campos de refugiados y de los ancianos supervivientes, lejos de su casa, entre alambradas, muertos de frío y ya sin esperanza.

Navidad es bracear en el Mediterráneo en medio de la tormenta con los náufragos que huían del hambre y de la guerra.

Navidad es compartir el pan y la palabra con el parado de larga duración.

Navidad es salir en ayuda de la mujer maltratada, puede que en la misma cena de Nochebuena, por su compañero borracho o comido de los celos. Que el matrimonio sin cariño engendra monstruos.

Navidad es repartir la cena a los pobres en el comedor de Cáritas, sabiendo que sólo los pobres saben que son pobres.

Navidad es no tener vergüenza de cantar villancicos y de poner el belén en la entrada de casa. Y, si fuera posible, recogerse un rato en un monasterio o en una fría iglesia rural con la “Misa de Ángelis”

Navidad es saludar al vecino, a la chica de la panadería, al jardinero de la urbanización, al que es del otro partido, al del otro equipo, al conductor del autobús, al cartero, a la cajera del supermercado… y desearles a todos feliz Navidad.

Navidad es estar cerca del familiar enfermo y sentir el dolor inquietante de la quimioterapia.

Navidad, en fin, es escaparse al pueblo -en el pueblo está la virtud- y volver a encender, después de tantos años apagada, la lumbre en la cocina, como si todos los ausentes volvieran esa noche. Llamadle a esto amor o como queráis.

¡Feliz Navidad a todos!

VOLVER A LA ESCUELA

El Informe PISA me invita hoy a volver a la escuela. Por fin, la olvidada Castilla, la de los pueblos vacíos y solitarios, descuella en algo importante entre la sorpresa general. En el escalafón de las regiones españolas sobresale nada menos que en educación. Y eso sin ayudas especiales y sin hacer ruido, sin levantar la voz en las Cortes ni en los telediarios. Poco acostumbrados últimamente a este tipo de reconocimientos, venidos de fuera, es natural que por una vez saquemos pecho los aborígenes de la meseta, sin despreciar a nadie ni ocultar otros sinsabores, como el gran fracaso de la despoblación, que es nuestra cruz. Cuidar la escuela y la despensa es la principal tarea de los gobernantes. Ya es hora de que deje de tener vigencia el dicho que tantas veces oí de niño: “pasas más hambre que un maestro escuela” (la preposición “de” sobraba en el habla popular casi siempre). Personalmente me he alegrado también sobremanera de que los expertos atribuyan en gran manera el éxito al buen funcionamiento de las escuelas rurales, que en esta comunidad se mantienen abiertas con cuatro niños. Esto da pie a pensar, iluso de mí, que la salvación viene de los pueblos y de la escuela.

Recordaré. La escuela de mi pueblo está en la plaza, debajo de la casa del maestro. Por el mismo portal se entraba también al Ayuntamiento. Todo el mundo sabía que estaba abierta cuando la pequeña bandera roja y gualda ondeaba en la ventana. Era una escuela mixta: convivíamos los niños y las niñas en bancos corridos con agujeros para los tinteros en las mesas. Sobre la mesa del maestro lucía un globo terráqueo, y detrás, en la pared, el crucifijo y los retratos de Franco y de José Antonio. En la pared de la derecha había una pizarra y un mapa de España. En la izquierda, dos ventanales asomados al campo. En medio una estufa negra de leña que, cuando revocaba, llenaba el aula de humo. Desde fuera podía oírse el canturreo de la tabla de multiplicar. En la arqueta de mis recuerdos guardo aún un cuaderno azul con dictados y problemas de entonces. En los recreos jugábamos al marro, a las pitas y a los chapones. Y las niñas, a la rayuela y a la comba. En la plaza olía a pan procedente del cercano horno de la tía Milagros que llamábamos “La Amasadería”. Siempre he pensado que un pueblo deja de serlo cuando no huele a pan ni hay niños en la calle. Pero, sobre todo, un pueblo desaparece cuando cierran la escuela.

Hace mucho tiempo que la escuela de mi pueblo está cerrada y ya no huele a pan. Pero nunca olvidaré el aprecio y el respeto de aquellos campesinos por el maestro y el afán de que sus hijos aprendieran para ser un día “personas de provecho”. Aquellos humildes campesinos envidiaban al rico, pero admiraban al sabio. Creo que ha sido para mí y para muchos de mis compañeros la mejor herencia. Es lo primero que me ha venido a la cabeza cuando he visto en el Informe PISA que Castilla y León destacaba en el campo de la enseñanza por encima de las demás comunidades. No me extraña nada. Lo peor que podías decir allí de alguien es que era un ladrón o un analfabeto. Siempre ha presumido Soria de ser la provincia con menos analfabetismo de España. Así que esto viene de lejos. Lo ilustraré con un caso verídico que ocurrió en el pueblo de al lado y que tengo registrado en alguno de mis libros. Creo que es significativo. En el pueblo necesitaban un cabrero. Lo anunciaron, como de costumbre, en el periódico de la capital. Le ofrecían casa, leña y sueldo a convenir. Llegó de lejos, de un pueblo de la Rioja, un aspirante que tenía buena pinta, pero, a la hora de firmar el contrato, indicó que no sabía firmar. El alcalde, sorprendido, le dijo: “Lo siento, amigo, en este pueblo no podemos contratar a un cabrero analfabeto”. Y, después de darle vueltas, le propuso: “Estamos en septiembre, el maestro te dará clase, a cargo del municipio, todas las noches cuando vuelvas de la cabrada; si para final de año has aprendido a leer y escribir, firmaremos el contrato, y si no, tan amigos”. Y el 31 de diciembre el cabrero firmó.

Y otra historia más, que me toca de cerca. Sucedió que llegó septiembre y el maestro no apareció aquel año por Sarnago. Ni vino ni se le esperaba. Nadie sabía cuándo volvería a abrirse la escuela. Mi madre, viuda, no se lo pensó dos veces. Decidió que yo, con nueve años, no podía “perder escuela”. Así que me tomó de la mano y, con el hato al hombro, emprendimos, madre e hijo, el camino de La Ventosa, a legua y pico de camino, donde vivía el tío Felipe, que era el secretario del Ayuntamiento. Y allí me quedé desterrado varios meses. El maestro se llamaba don Deogracias y era un buen maestro. ¡Gracias a Dios! Por las tardes, cuando salía de la escuela, me pasaba las horas tirando piedras a los pájaros que venían a hospedarse en las ramas de los chopos de enfrente de la casa. Así me desahogaba. Seguramente pensaba que aquellos pájaros eran más libres que yo, sin darme cuenta entonces de que por aprender valía la pena sacrificar un poco de libertad.

PASAN LAS GRULLAS, VUELVEN LAS CIGÚEÑAS

Regresaba yo a casa, como cada mañana, de comprar el pan y el periódico cuando me ha sorprendido el gru-gru de las grullas en el cielo. Eran dos bandos pequeños que volaban en uve, cada uno por su cuenta, como si estuvieran enemistados o, más probablemente, perdidos momentáneamente entre los cendales de la niebla alta. Y me he quedado en la acera parado como un pasmarote mirando al cielo. Los que pasaban con sus coches por la Avenida de Atenas se habrán preguntado: “¿Qué hace ahí ese tío plantado como una estatua, qué estará mirando con tanto interés?” Los que caminaban pegados a su teléfono inteligente ni siquiera se habrán percatado de mi presencia estática y absorta en lo que sucedía arriba. Lo comprendo. Teniendo entre las manos el volante de un coche o un móvil de última generación, el cielo no existe o, en el mejor de los casos, el cielo puede esperar. Lo que quiero decir es que, en la era de la comunicación, pasan las grullas por la capital y por los grandes pueblos de alrededor entre la ignorancia o la indiferencia general. Las grullas no son noticia. El ruido del tráfico sofoca su monótono canto. Para los que no hemos perdido del todo el alma rural, el paso de las grullas es un espectáculo fantástico y, además, gratuito, como las hermosas puestas de sol en otoño. Las grullas vienen de las lejanas y heladas tierras del norte de Europa en un viaje interminable y agotador. Estas que veo pasar esta mañana -pienso- habrán pernoctado en la laguna de Gallocanta y seguramente no cruzarán a África y se quedarán a invernar en las cálidas dehesas de Extremadura, como los pastores trashumantes de la sierra de Oncala entonces, cuando la Mesta.

Bajan las grullas y suben las cigüeñas. El miércoles, 1 de diciembre, estaba yo en Soria. Cuando me desperté, me asomé a la ventana. Era una mañana fría y nubosa. Nada nuevo. Pero hubo algo que me llamó poderosamente la atención. Esta vez no era el habitual revuelo de las palomas que alegran el aire de la ciudad. Sobre los tejados de las casas que rodean la Plaza Mayor, la torre de la iglesia del Carmen y los pivotes y contrafuertes del palacio de los Condes de Gómara había docenas de cigüeñas. Volaban, revolaban, se posaban… Estaban, a lo que me pareció, tomando posesión como todos los inviernos, sin esperar al cambio de estación ni a la llegada de San Blas. Será por el calentamiento global o por lo que sea, el caso es que cada año, sea o no año de nieves, adelantan más el regreso. No se les puede acusar precisamente de falta de puntualidad. Vienen de África o de Extremadura, donde han dejado sitio a las grullas, con las que se habrán saludado por el camino. No parece que sea ésta una avanzadilla de reconocimiento, algo así como un bando de comisionadas que vienen a explorar el terreno, aunque quién sabe. Uno podía pensar, en cualquier caso, que una voz interior las convocaba, acudían presurosamente a la llamada, se juntaban y emprendían inmediatamente el vuelo de retorno a las frías mesetas. Ahora se concentrarán -pensé- en su lugar habitual de la orilla del Duero para repartirse los campanarios. Que se sepa, las cigüeñas hacen el reparto del territorio pacíficamente, me imagino que según derechos adquiridos. No son para nada nacionalistas excluyentes, pero demuestran una lealtad inquebrantable a su territorio, a su torre, a su pareja y a su nido. Merecen un reconocimiento. Cuando los pueblos se quedan solos, ellas vuelven y alegran el corazón de los últimos vecinos.

Por cierto, en contra de lo que dice Rafael Alberti en “Marinero en tierra”, y que aireó Gloria Fuertes, el canto de la cigüeña no es bueno para dormir a los niños. Si acaso, para despertarlos con la primera luz del día. Tampoco es verdad, en contra de lo que se dice, que las cigüeñas sean las encargadas de traer los niños al mundo. Si fuera así, abundarían más los niños en España. Pero, en fin, si Alberti lo dice…

Que no me digan a mí

que el canto de la cigüeña

no es bueno para dormir.

Si la cigüeña canta

arriba en el campanario,

que no me digan a mí

que no es del cielo su canto.

En esto último puede que lleve razón Alberti, y su canto sea del cielo, porque viene de arriba. Pero es un tableteo poco armonioso, capaz de despertar al niño más dormido. Y además las cigüeñas guardan silencio por las noches, no cantan nanas. Lo que es verdad es que, aunque nadie vaya a misa, ellas siguen en la torre de la iglesia, en vigilia permanente, como un garabato o un interrogante. Eso, como un signo de interrogación sobre los pueblos.

Lo que quiero decir es que el paso de las grullas y la llegada de las cigüeñas es lo más reconocible de un tiempo que no volverá.