PASAN LAS GRULLAS, VUELVEN LAS CIGÚEÑAS

por elcantodelcuco

Regresaba yo a casa, como cada mañana, de comprar el pan y el periódico cuando me ha sorprendido el gru-gru de las grullas en el cielo. Eran dos bandos pequeños que volaban en uve, cada uno por su cuenta, como si estuvieran enemistados o, más probablemente, perdidos momentáneamente entre los cendales de la niebla alta. Y me he quedado en la acera parado como un pasmarote mirando al cielo. Los que pasaban con sus coches por la Avenida de Atenas se habrán preguntado: “¿Qué hace ahí ese tío plantado como una estatua, qué estará mirando con tanto interés?” Los que caminaban pegados a su teléfono inteligente ni siquiera se habrán percatado de mi presencia estática y absorta en lo que sucedía arriba. Lo comprendo. Teniendo entre las manos el volante de un coche o un móvil de última generación, el cielo no existe o, en el mejor de los casos, el cielo puede esperar. Lo que quiero decir es que, en la era de la comunicación, pasan las grullas por la capital y por los grandes pueblos de alrededor entre la ignorancia o la indiferencia general. Las grullas no son noticia. El ruido del tráfico sofoca su monótono canto. Para los que no hemos perdido del todo el alma rural, el paso de las grullas es un espectáculo fantástico y, además, gratuito, como las hermosas puestas de sol en otoño. Las grullas vienen de las lejanas y heladas tierras del norte de Europa en un viaje interminable y agotador. Estas que veo pasar esta mañana -pienso- habrán pernoctado en la laguna de Gallocanta y seguramente no cruzarán a África y se quedarán a invernar en las cálidas dehesas de Extremadura, como los pastores trashumantes de la sierra de Oncala entonces, cuando la Mesta.

Bajan las grullas y suben las cigüeñas. El miércoles, 1 de diciembre, estaba yo en Soria. Cuando me desperté, me asomé a la ventana. Era una mañana fría y nubosa. Nada nuevo. Pero hubo algo que me llamó poderosamente la atención. Esta vez no era el habitual revuelo de las palomas que alegran el aire de la ciudad. Sobre los tejados de las casas que rodean la Plaza Mayor, la torre de la iglesia del Carmen y los pivotes y contrafuertes del palacio de los Condes de Gómara había docenas de cigüeñas. Volaban, revolaban, se posaban… Estaban, a lo que me pareció, tomando posesión como todos los inviernos, sin esperar al cambio de estación ni a la llegada de San Blas. Será por el calentamiento global o por lo que sea, el caso es que cada año, sea o no año de nieves, adelantan más el regreso. No se les puede acusar precisamente de falta de puntualidad. Vienen de África o de Extremadura, donde han dejado sitio a las grullas, con las que se habrán saludado por el camino. No parece que sea ésta una avanzadilla de reconocimiento, algo así como un bando de comisionadas que vienen a explorar el terreno, aunque quién sabe. Uno podía pensar, en cualquier caso, que una voz interior las convocaba, acudían presurosamente a la llamada, se juntaban y emprendían inmediatamente el vuelo de retorno a las frías mesetas. Ahora se concentrarán -pensé- en su lugar habitual de la orilla del Duero para repartirse los campanarios. Que se sepa, las cigüeñas hacen el reparto del territorio pacíficamente, me imagino que según derechos adquiridos. No son para nada nacionalistas excluyentes, pero demuestran una lealtad inquebrantable a su territorio, a su torre, a su pareja y a su nido. Merecen un reconocimiento. Cuando los pueblos se quedan solos, ellas vuelven y alegran el corazón de los últimos vecinos.

Por cierto, en contra de lo que dice Rafael Alberti en “Marinero en tierra”, y que aireó Gloria Fuertes, el canto de la cigüeña no es bueno para dormir a los niños. Si acaso, para despertarlos con la primera luz del día. Tampoco es verdad, en contra de lo que se dice, que las cigüeñas sean las encargadas de traer los niños al mundo. Si fuera así, abundarían más los niños en España. Pero, en fin, si Alberti lo dice…

Que no me digan a mí

que el canto de la cigüeña

no es bueno para dormir.

Si la cigüeña canta

arriba en el campanario,

que no me digan a mí

que no es del cielo su canto.

En esto último puede que lleve razón Alberti, y su canto sea del cielo, porque viene de arriba. Pero es un tableteo poco armonioso, capaz de despertar al niño más dormido. Y además las cigüeñas guardan silencio por las noches, no cantan nanas. Lo que es verdad es que, aunque nadie vaya a misa, ellas siguen en la torre de la iglesia, en vigilia permanente, como un garabato o un interrogante. Eso, como un signo de interrogación sobre los pueblos.

Lo que quiero decir es que el paso de las grullas y la llegada de las cigüeñas es lo más reconocible de un tiempo que no volverá.

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