VOLVER A LA ESCUELA

por elcantodelcuco

El Informe PISA me invita hoy a volver a la escuela. Por fin, la olvidada Castilla, la de los pueblos vacíos y solitarios, descuella en algo importante entre la sorpresa general. En el escalafón de las regiones españolas sobresale nada menos que en educación. Y eso sin ayudas especiales y sin hacer ruido, sin levantar la voz en las Cortes ni en los telediarios. Poco acostumbrados últimamente a este tipo de reconocimientos, venidos de fuera, es natural que por una vez saquemos pecho los aborígenes de la meseta, sin despreciar a nadie ni ocultar otros sinsabores, como el gran fracaso de la despoblación, que es nuestra cruz. Cuidar la escuela y la despensa es la principal tarea de los gobernantes. Ya es hora de que deje de tener vigencia el dicho que tantas veces oí de niño: “pasas más hambre que un maestro escuela” (la preposición “de” sobraba en el habla popular casi siempre). Personalmente me he alegrado también sobremanera de que los expertos atribuyan en gran manera el éxito al buen funcionamiento de las escuelas rurales, que en esta comunidad se mantienen abiertas con cuatro niños. Esto da pie a pensar, iluso de mí, que la salvación viene de los pueblos y de la escuela.

Recordaré. La escuela de mi pueblo está en la plaza, debajo de la casa del maestro. Por el mismo portal se entraba también al Ayuntamiento. Todo el mundo sabía que estaba abierta cuando la pequeña bandera roja y gualda ondeaba en la ventana. Era una escuela mixta: convivíamos los niños y las niñas en bancos corridos con agujeros para los tinteros en las mesas. Sobre la mesa del maestro lucía un globo terráqueo, y detrás, en la pared, el crucifijo y los retratos de Franco y de José Antonio. En la pared de la derecha había una pizarra y un mapa de España. En la izquierda, dos ventanales asomados al campo. En medio una estufa negra de leña que, cuando revocaba, llenaba el aula de humo. Desde fuera podía oírse el canturreo de la tabla de multiplicar. En la arqueta de mis recuerdos guardo aún un cuaderno azul con dictados y problemas de entonces. En los recreos jugábamos al marro, a las pitas y a los chapones. Y las niñas, a la rayuela y a la comba. En la plaza olía a pan procedente del cercano horno de la tía Milagros que llamábamos “La Amasadería”. Siempre he pensado que un pueblo deja de serlo cuando no huele a pan ni hay niños en la calle. Pero, sobre todo, un pueblo desaparece cuando cierran la escuela.

Hace mucho tiempo que la escuela de mi pueblo está cerrada y ya no huele a pan. Pero nunca olvidaré el aprecio y el respeto de aquellos campesinos por el maestro y el afán de que sus hijos aprendieran para ser un día “personas de provecho”. Aquellos humildes campesinos envidiaban al rico, pero admiraban al sabio. Creo que ha sido para mí y para muchos de mis compañeros la mejor herencia. Es lo primero que me ha venido a la cabeza cuando he visto en el Informe PISA que Castilla y León destacaba en el campo de la enseñanza por encima de las demás comunidades. No me extraña nada. Lo peor que podías decir allí de alguien es que era un ladrón o un analfabeto. Siempre ha presumido Soria de ser la provincia con menos analfabetismo de España. Así que esto viene de lejos. Lo ilustraré con un caso verídico que ocurrió en el pueblo de al lado y que tengo registrado en alguno de mis libros. Creo que es significativo. En el pueblo necesitaban un cabrero. Lo anunciaron, como de costumbre, en el periódico de la capital. Le ofrecían casa, leña y sueldo a convenir. Llegó de lejos, de un pueblo de la Rioja, un aspirante que tenía buena pinta, pero, a la hora de firmar el contrato, indicó que no sabía firmar. El alcalde, sorprendido, le dijo: “Lo siento, amigo, en este pueblo no podemos contratar a un cabrero analfabeto”. Y, después de darle vueltas, le propuso: “Estamos en septiembre, el maestro te dará clase, a cargo del municipio, todas las noches cuando vuelvas de la cabrada; si para final de año has aprendido a leer y escribir, firmaremos el contrato, y si no, tan amigos”. Y el 31 de diciembre el cabrero firmó.

Y otra historia más, que me toca de cerca. Sucedió que llegó septiembre y el maestro no apareció aquel año por Sarnago. Ni vino ni se le esperaba. Nadie sabía cuándo volvería a abrirse la escuela. Mi madre, viuda, no se lo pensó dos veces. Decidió que yo, con nueve años, no podía “perder escuela”. Así que me tomó de la mano y, con el hato al hombro, emprendimos, madre e hijo, el camino de La Ventosa, a legua y pico de camino, donde vivía el tío Felipe, que era el secretario del Ayuntamiento. Y allí me quedé desterrado varios meses. El maestro se llamaba don Deogracias y era un buen maestro. ¡Gracias a Dios! Por las tardes, cuando salía de la escuela, me pasaba las horas tirando piedras a los pájaros que venían a hospedarse en las ramas de los chopos de enfrente de la casa. Así me desahogaba. Seguramente pensaba que aquellos pájaros eran más libres que yo, sin darme cuenta entonces de que por aprender valía la pena sacrificar un poco de libertad.

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