El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: enero, 2017

EL ANTAÑO RECUPERADO

A algunos nos toca en suerte recuperar de entre las ruinas los pequeños tesoros de una civilización que se acaba, para evitar que se pierda del todo la memoria de los pueblos. Estoy convencido de que la muerte definitiva de las personas y de los pueblos sucede sólo cuando no queda memoria, cuando se pierden todos los rastros. Las amarillentas fotos familiares, que contemplaron a diario varias generaciones en la sala de la casa, son para el curioso observador de hoy unos rostros desconocidos y extraños, acaso pintorescos; pero tienen la fuerza de lo perdurable. Cada vez quedan menos vecinos en la comarca, alarmantemente deshabitada, que recuerden con precisión las viejas costumbres, las coplas populares, los oficios, los juegos y diversiones…; pero quizá en un rincón de la taberna, cerrada hace años, encontraremos un antiguo cartel de fiestas de antes de la guerra que servirá para iluminarnos algo la memoria. Y habrá que recuperar también ese extraño objeto aquerado de madera de roble descubierto en el somero de la casa abandonada, envuelto en telarañas, y del que sólo los más viejos del lugar conocen aún su nombre y saben para qué servía exactamente… Una fuerza interior, acaso un impulso ético y compasivo o, con toda seguridad, la resistencia instintiva a la muerte de una civilización, nos ha empujado a un puñado de sorianos, de distintos orígenes y condición, a escarbar, en estos últimos tiempos, en las ruinas de la memoria de los pueblos.

Uno de estos sorianos, y no el menos destacado, es Paulino García de Andrés. Nacido en Tarancueña, en la Tierra de Caracena, cerca del vórtice de Tiermes, donde confluye la España antigua y la España romana, no le ha resultado difícil explorar los caminos donde se cruza la Historia. No en vano discurre por allí la ruta del Cid y la de la lana , la calzada romana y las huellas del caballo de Almanzor. Un escenario ideal para un humanista como él, lleno de talento y de curiosidades. Dulzainero, actor, autor de teatro y profesor de Literatura Inglesa en la Universidad Autónoma, ensayista e investigador de tradiciones populares -ahí están su delicioso trabajo “Jotas de ronda”-, coronado de premios, se descuelga ahora con esta interesante y meritoria segunda parte de “El antaño perdido”. En realidad lo que hace Paulino G. de Andrés en este libro, en el que ha agavillado una decena de ensayos, es justamente recuperar ese antaño que parecía perdido. Gracias a su trabajo minucioso y riguroso, perfectamente ilustrado y documentado, el ayer revive y reverdece.

En el libro el lector se topará de entrada con los cuadros de nuestros abuelos -retratos, bodegones, estampas religiosas…- que figuraron durante generaciones en las paredes de la cocina o de la sala de estar. Conocerá la historia verídica de las eras “de pan trillar”. Volverá a la vieja escuela, ahora vacía, aquella que estaba en manos de la Junta Local de Enseñanza. No le faltará material para satisfacer la curiosidad: inventarios de libros, cuadernos, enseres, la escuela nocturna, la visita del inspector y hasta la fiesta del árbol… En el Ayuntamiento se encontrará con interesantes documentos inéditos de la guerra civil. Asistirá a la llegada de la luz eléctrica y a la apertura de la botica. Emprenderá, si se anima, el verdadero camino del Cid hacia el destierro, desde Navapalos a Torreplazo. Y ya, puestos a tomar la manta y la cachava, acompañará a los emigrantes de Tarancueña en los primeros años del siglo XX, recorrerá la antigua calzada romana de Segovia a Sigüenza, y, por supuesto, se adentrará en buena compañía en el camino del destierro del Cid, el de la afrenta de Corpes. De vuelta al pueblo, se encontrará con el sacristán, el representante de aquel antiguo oficio olvidado que incluía el de organista y maestro de niños. Ante la vista del lector volverá a discurrir, como en un espejo situado a lo largo del camino, la vida de una comarca que se había difuminado con el tiempo. Y, en fin, aunque no lo diga aquí y lo deje para mejor ocasión, sé que Paulino maneja en rigurosa primicia un legajo del siglo XVI en el que consta que ya entonces, hace 500 años, en los pueblos de la Tierra de Caracena se compraban dos toros para correrlos y matarlos por San Juan, lo que demuestra que la tradición de los toros, ahora en peligro, viene de muy lejos. Como la amenazada vida de nuestros pueblos.

A ningún lector despierto e ilustrado, sobre todo al que tenga raíces en la España rural, en la España vacía, le dejará indiferente este libro de Paulino García de Andrés, titulado “El antaño perdido (II)”, pero que bien podía llamarse “El antaño encontrado” o “El antaño recuperado”. Con estos pequeños tesoros rescatados de entre las ruinas, uno se siente reconfortado. No todo está perdido. Y siente de pronto que tienen todo el sentido los versos de William Wordsworth: “No hemos de entristecernos, antes bien encontrar/ apoyo en lo que permanece, / en la primordial simpatía / que habiendo sido debe ser para siempre”.

(El libro aparecerá en marzo,y este es el prólogo)

DESCUBRIR SORIA

Primero la descubrieron los romanos, después los arrieros y trashumantes, luego los poetas y ahora están a punto de dar con Soria los ingleses, expulsados, por la mala cabeza de sus políticos, del paraíso europeo. Las legiones romanas tuvieron que emplearse a fondo para dominar, a sangre y fuego, el celtibérico cerro de Numancia sobre el Duero, símbolo universal desde entonces de la resistencia de los pueblos y que ya tarda la UNESCO en reconocer como patrimonio de la humanidad. Después nos dejamos romanizar y con el latín de los invasores fabricamos andando el tiempo el castellano, la flor del romancero, una de las lenguas más claras que vieron los siglos, miel que no está hecha, por cierto, -menos mal- para la boca de Trump y compañía. Por toda la extensión del variado y hermoso territorio, en ciudades y villas y hasta en las últimas aldeas floreció el románico, que es la principal característica artística de esta tierra de iglesias y castillos inverosímiles. Durante siglos los caminos de esta provincia fría, “cabeza de Extremadura”, fronteriza de Aragón y de Navarra, donde nace el Duero y donde Castilla se acaba, han estado poblados de arrieros y pastores trashumantes, transmisores y receptores de costumbres, lenguajes y leyendas. No tardaron los poetas en descubrir la belleza escondida y la gracia incontenible de un país que parecía recién nacido. La nómina no se reduce a Machado, Bécquer y Gerardo Diego. Casi no hay poeta o novelista español -también no pocos forasteros- que no haya echado en Soria su cuarto a espadas, o, más propiamente, a copas y versos de oro.

Ahora, como digo, vienen los ingleses, antes de que los poderes públicos se enteren, incapaces de poner esta olvidada provincia castellana al día, con comunicaciones adecuadas -ferrocarril, autovías…- y con un impulso decidido al progreso y a la repoblación humana. Los gobernantes son los últimos dispuestos a descubrir Soria salvo a la hora de las elecciones. El centenario y prestigioso “The Daily Telegraph” ha publicado un informe en el que recomienda a los británicos que visiten Soria, a la que incluye entre las veinte “mejores y menos conocidas joyas de España”, “Veinte lugares sorprendentes”, según el reportaje. El periódico con una tirada que supera el medio millón de ejemplares, más que “The Times”, se pregunta cómo es posible que esta ciudad castellana, con todo lo que ofrece, no reciba más visitantes. No oculta los problemas: “A dos horas de viaje en autobús desde Madrid, Soria es una de las zonas menos pobladas de España, una provincia olvidada, en un rincón que no está de moda y con escasez de fondos para mejorarla”. Pero, a pesar de este abandono, que salta a la vista a cualquiera, “con los años ha atraído una gran cantidad de espíritus creativos, pintores, escritores y sobre todo poetas, que se han quedado hipnotizados por la belleza de sus paisajes”. La autora del reportaje se fija después en detalles que pueden atraer al turista británico: es una ciudad llena de elegantes comercios, de iglesias románicas, incluido un monasterio del siglo XII, y de una sorprendente vida nocturna. “Es increíble que haya tan pocos turistas”, concluye la reportera.

Parece un buen reclamo. Después de esto, a lo mejor se pone Soria de moda y llegan los turistas ingleses. Con trenes en condiciones sería más fácil. Viajar en autobús, desde el intercambiador de la Avenida de América de Madrid, con parada en la terminal IV del aeropuerto de Barajas, es para viajeros contados y sufridores. Yo, entre ellos. Pero, en fin, seguro que se nota. Sería conveniente que a Soria, y, en general, a la España vacía del interior, viniera un turismo de calidad, capaz de disfrutar del arte, del paisaje y de la buena cocina, más que de la cerveza barata. Sobra el zarrapastroso y camorrista turismo de alpargata y mochila, el del ruido de madrugada, del alcohol y del sexo. Para eso hay sitios mejores en la España “turística” y abarrotada de la periferia, donde hace tiempo que campea la “Guirilandia”. ¡”Liberanos, Dómine!”. Llama, en todo caso, la atención que descubran Soria los ingleses antes que los españoles, y la prensa británica, antes que la prensa española, pero España y yo somos así.

CUANDO EL MÉDICO LLEGABA A CABALLO

A caballo o a lomos de un macho. Así llegaba el médico al pueblo. El de mi infancia se llamaba don Manuel. Sucedió a don Higinio, que fue el que atendió a mi madre en el parto y ayudó, alumbrado por un candil o un velón, que eso nunca me lo han aclarado, a que yo llegara al mundo. Aquel día estaba nevando y el tío Co, que bajó a buscarlo, contaba siempre que, con las urgencias, casi revienta al caballo. El médico subía de San Pedro Manrique cuando lo llamaban. Tenía que atender a docenas de pueblos de la Villa y Tierra por caminos de herradura y por senderos de cabras, abrasara el sol o cayeran chuzos de punta. Lo peor era el invierno, cuando las grandes nevadas. Había días en que la ventisca azotaba de cara y acobardaba a la caballería, que se negaba a seguir adelante. Era una temeridad, pero había que continuar. Se trataba de una cuestión de vida o muerte. En aquellos tiempos de la posguerra, los pueblos y hasta las últimas aldeas perdidas en el monte o en la quiebra del valle estaban superpobladas, no como ahora en que la comarca de las Tierras Altas es la más despoblada de España, con el mayor censo de pueblos vacíos por kilómetro cuadrado. Entonces al médico, que estaba disponible día y noche, no le faltaba tarea.

Venía provisto de un pequeño maletín negro con el fonendoscopio, el aparato para medir la tensión, el termómetro y el botiquín mínimo de primeros auxilios. Sin más ayuda, salvo la de proporcionarle en la casa un caldero de agua caliente, tenía que enfrentarse, en la más estricta soledad, a los partos que a veces se presentaban complicados. No es extraño que de vez en cuando sorprendiera a los vecinos el lúgubre sonido de las campanas tocando a muerto porque una mujer joven acababa de morir dando a luz y, lo que era más frecuente, basta comprobar la cantidad de “niños sin nombre” reseñados en el libro de bautizados de la época. No siempre el médico llegaba a tiempo al parto y eran las mujeres mayores, con sus largas sayas oscuras, las que acostumbraban a hacer de parteras.

En tales circunstancias y acostumbradas a aguantar los sinsabores y problemas de la vida con estoicismo durante muchas generaciones, es comprensible que aquellas gentes sólo acudieran en busca del médico en casos de extrema necesidad. Desde luego, no por una gripe, que estos días tiene colapsados los servicios de urgencia de los hospitales de media España, hecho -lo confieso- que me ha dado pie y me ha incitado a escribir hoy, con admiración y gratitud, sobre aquellos médicos rurales de mi infancia y sobre la distinta dependencia médica en aquellos tiempos y en estos. Los fuertes constipados, con fiebre y, lo que era peor, con dolor de costado, los dolores de tripa y cualquier otro trastorno se curaban, tal como recuerdo, con remedios naturales: vapores de hierbas aromáticas cogidas en el campo, manzanilla del monte, emplastos de malvas y ventosas en el pecho. Y aguantando, resistiendo, aun sabiendo de las consecuencias de un “catarro mal curado”. En ninguna casa había un termómetro ni un tubo de aspirinas. La penicilina llegó tarde y se empezó a usar, transportada a caballo en una caja con hielo, para algunos casos extremos de tuberculosis. A mí nunca me vio el médico durante mi niñez en Sarnago, y eso que una vez un pedrusco me aplastó el pie y anduve cojo todo el verano. Si uno se rompía algo, un brazo, una pierna, se recurría al bizmero. Mi abuelo Natalio superó ámpliamente los noventa años sin tomar una aspirina, sin mirarse la tensión y sin que le visitara el médico hasta las semanas antes de su muerte. Cuando se avisaba al médico, había que avisar también muchas veces al cura para que administrara al enfermo a toque de campanilla los últimos sacramentos. Pienso que regía entre aquellos campesinos una santa resignación: cuando uno se moría es que le había llegado su hora y se iba al otro barrio.

Don Manuel, el médico, era un hombre enérgico y elegante, de fuerte personalidad, me imagino que adicto al régimen, aunque no llevaba bigote. Su figura imponía respeto entre la gente. Llegaba a caballo, bien aparejado e impetuoso, y solía parar en nuestra casa, lo mismo que el recaudador de la contribución y los coleteros de Aguilar. Más de un día lo vi calentándose y secándose la ropa en la lumbre de la cocina. A mi madre le dio unas lecciones de enfermería elemental y, desde entonces, se ocupó ella de poner inyecciones en el pueblo sin cobrar a nadie una peseta… Y aquí voy a acabar. Me duele un poco la cabeza y noto un leve picor de garganta. No sé si son los síntomas de la gripe, y eso que me he vacunado. ¡Maldita sea! ¿Dónde está el termómetro? Me parece que tendré que ir a Urgencias.

MI CARTA A LOS REYES

Queridos Reyes Magos: Os dije hace dos años a estas horas que esa sería seguramente mi última carta, pero cuando siento cerca la pisada de vuestros camellos no puedo aguantarme. Enciendo el ordenador y me pongo a escribiros. Sé que lo comprendéis. El que es niño una vez lo es toda la vida. Lo primero que llevo tiempo queriendo preguntaros es si, a estas alturas, después de tantos años recorriendo desiertos, pueblos y ciudades, os pasa lo mismo que aquella noche en Jerusalén cuando perdisteis la pista. Reconoced que andabais despistados y un poco nerviosos preguntando a todo el mundo: “¿Dónde está el Rey de los judíos que acaba de nacer?” Nadie lo sabía. Ponían cara rara y os tomaban por magos o por visionarios. Pero vosotros insistíais, sobre todo Gaspar: “Hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarle”. Hasta que, cuando empezabais a desesperar, aquel sabio rabino después de consultar durante horas interminables el rollo de las Escrituras, exclamó: “¡En Belén, tiene que ser en Belén!, aquí lo dice claro”. Entonces volvió a aparecer la estrella y os llenasteis de alegría -¡cómo bailaba Baltasar!-, seguisteis la estrella hasta que se paró encima del establo y, por fin, disteis con El. Estaba envuelto en pañales y reposaba sobre las pajas del pesebre, ¿recordáis? ¡Cómo le temblaba la barba blanca a Melchor cuando se acercó a besar al Niño con el cofre del regalo en la mano!

Pienso que es difícil que brille la estrella de la Navidad en Oriente, de donde venís. Desde luego, ni en Alepo ni en Mossul. Tampoco en los campos de refugiados de Turquía o en las colonias judías de Palestina. Mucho menos en las noches oscuras del Mediterráneo pobladas de barcazas de náufragos, muchos de ellos niños, que huyen de la guerra y del hambre y encuentran en el mar su sepultura entre los peces. Tampoco busquéis la estrella en el cielo de las grandes ciudades, como Madrid, donde la contaminación impide ver las estrellas. Ni en los palacios episcopales que aún quedan abiertos a pesar de la terminante instrucción del papa Francisco de cerrar todos con llave. (Por cierto, en Soria siguen meses y meses sin obispo, nadie sabe por qué; parece una humillación porque es pequeña y pobre; haced algo). Resultará difícil que pueda verse la estrella en los grandes centros comerciales, llenos de luces y que hacen sonar los villancicos con estrépito como reclamo para hacer caja aprovechando vuestra llegada. ¡Cuántos juguetes rotos de un año a otro! Ni en los templos del dinero y los paraísos fiscales. Tampoco es fácil que podáis vislumbrar la estrella subidos a esas cabalgatas publicitarias, coloristas, ruidosas y estrafalarias que os han preparado para recibiros engañando a los niños. Supongo que os produce una especial irritación lo de Cataluña, donde pretenden aleccionar políticamente a los pequeños adornando vuestra caravana con las banderas estrelladas de la desunión. Esas estrellas no son precisamente las de la Navidad. ¿Llevo razón o no? ¿Qué dices, Baltasar? (Una vez hice yo de Baltasar en una cabalgata en Comillas y desde entonces es mi favorito). Os sugiero que este año preguntéis otra vez como aquella tarde en Jerusalén: “¿Dónde está el Niño que ha nacido?”. Veréis, veréis…

En fin, dejadme que os alegre un poco el rato, entre tantos trabajos y preocupaciones, con este poema de Gloria Fuertes que me han enviado a mi móvil, y que se titula “El camello cojito”.

El camello se pinchó

con un cardo del camino

y el mecánico Melchor

le dio vino.

Baltasar

fue a repostar

más allá del quinto pino…

e intranquilo el gran Melchor

consultaba su “Longinos”.

-No llegamos,

no llegamos,

y el Santo Parto ha venido.

(Son las doce y tres minutos

y tres reyes se han perdido).

El camello cojeando

más medio muerto que vivo

va espeluchando su felpa

entre los troncos de olivos.

Acercándose a Gaspar,

Melchor le dijo al oído:

-Vaya birria de camello

que en Oriente te han vendido.

A la entrada de Belén

al camello le dio hipo.

¡Ay qué tristeza tan grande

en su belfo y en su tipo!

Se iba cayendo la mirra

a lo largo del camino,

Baltasar lleva los cofres,

Melchor empujaba al bicho.

Y a las tantas ya del alba

-ya cantan los pajarillos-

los tres reyes se quedaron

boquiabiertos e indecisos,

oyendo hablar como a un Hombre

a un niño recién nacido.

-No quiero oro ni incienso

ni esos tesoros tan fríos,

quiero al camello, lo quiero.

Lo quiero, repite el Niño.

A pie vuelven los tres reyes

cabizbajos y afligidos.

Mientras el camello echado

le hace cosquillas al Niño.

(¡Quién fuera camello!). Como veis, este año no os pido nada. Pero, por si acaso, pondré los zapatos en la ventana, como entonces.