MI CARTA A LOS REYES

por elcantodelcuco

Queridos Reyes Magos: Os dije hace dos años a estas horas que esa sería seguramente mi última carta, pero cuando siento cerca la pisada de vuestros camellos no puedo aguantarme. Enciendo el ordenador y me pongo a escribiros. Sé que lo comprendéis. El que es niño una vez lo es toda la vida. Lo primero que llevo tiempo queriendo preguntaros es si, a estas alturas, después de tantos años recorriendo desiertos, pueblos y ciudades, os pasa lo mismo que aquella noche en Jerusalén cuando perdisteis la pista. Reconoced que andabais despistados y un poco nerviosos preguntando a todo el mundo: “¿Dónde está el Rey de los judíos que acaba de nacer?” Nadie lo sabía. Ponían cara rara y os tomaban por magos o por visionarios. Pero vosotros insistíais, sobre todo Gaspar: “Hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarle”. Hasta que, cuando empezabais a desesperar, aquel sabio rabino después de consultar durante horas interminables el rollo de las Escrituras, exclamó: “¡En Belén, tiene que ser en Belén!, aquí lo dice claro”. Entonces volvió a aparecer la estrella y os llenasteis de alegría -¡cómo bailaba Baltasar!-, seguisteis la estrella hasta que se paró encima del establo y, por fin, disteis con El. Estaba envuelto en pañales y reposaba sobre las pajas del pesebre, ¿recordáis? ¡Cómo le temblaba la barba blanca a Melchor cuando se acercó a besar al Niño con el cofre del regalo en la mano!

Pienso que es difícil que brille la estrella de la Navidad en Oriente, de donde venís. Desde luego, ni en Alepo ni en Mossul. Tampoco en los campos de refugiados de Turquía o en las colonias judías de Palestina. Mucho menos en las noches oscuras del Mediterráneo pobladas de barcazas de náufragos, muchos de ellos niños, que huyen de la guerra y del hambre y encuentran en el mar su sepultura entre los peces. Tampoco busquéis la estrella en el cielo de las grandes ciudades, como Madrid, donde la contaminación impide ver las estrellas. Ni en los palacios episcopales que aún quedan abiertos a pesar de la terminante instrucción del papa Francisco de cerrar todos con llave. (Por cierto, en Soria siguen meses y meses sin obispo, nadie sabe por qué; parece una humillación porque es pequeña y pobre; haced algo). Resultará difícil que pueda verse la estrella en los grandes centros comerciales, llenos de luces y que hacen sonar los villancicos con estrépito como reclamo para hacer caja aprovechando vuestra llegada. ¡Cuántos juguetes rotos de un año a otro! Ni en los templos del dinero y los paraísos fiscales. Tampoco es fácil que podáis vislumbrar la estrella subidos a esas cabalgatas publicitarias, coloristas, ruidosas y estrafalarias que os han preparado para recibiros engañando a los niños. Supongo que os produce una especial irritación lo de Cataluña, donde pretenden aleccionar políticamente a los pequeños adornando vuestra caravana con las banderas estrelladas de la desunión. Esas estrellas no son precisamente las de la Navidad. ¿Llevo razón o no? ¿Qué dices, Baltasar? (Una vez hice yo de Baltasar en una cabalgata en Comillas y desde entonces es mi favorito). Os sugiero que este año preguntéis otra vez como aquella tarde en Jerusalén: “¿Dónde está el Niño que ha nacido?”. Veréis, veréis…

En fin, dejadme que os alegre un poco el rato, entre tantos trabajos y preocupaciones, con este poema de Gloria Fuertes que me han enviado a mi móvil, y que se titula “El camello cojito”.

El camello se pinchó

con un cardo del camino

y el mecánico Melchor

le dio vino.

Baltasar

fue a repostar

más allá del quinto pino…

e intranquilo el gran Melchor

consultaba su “Longinos”.

-No llegamos,

no llegamos,

y el Santo Parto ha venido.

(Son las doce y tres minutos

y tres reyes se han perdido).

El camello cojeando

más medio muerto que vivo

va espeluchando su felpa

entre los troncos de olivos.

Acercándose a Gaspar,

Melchor le dijo al oído:

-Vaya birria de camello

que en Oriente te han vendido.

A la entrada de Belén

al camello le dio hipo.

¡Ay qué tristeza tan grande

en su belfo y en su tipo!

Se iba cayendo la mirra

a lo largo del camino,

Baltasar lleva los cofres,

Melchor empujaba al bicho.

Y a las tantas ya del alba

-ya cantan los pajarillos-

los tres reyes se quedaron

boquiabiertos e indecisos,

oyendo hablar como a un Hombre

a un niño recién nacido.

-No quiero oro ni incienso

ni esos tesoros tan fríos,

quiero al camello, lo quiero.

Lo quiero, repite el Niño.

A pie vuelven los tres reyes

cabizbajos y afligidos.

Mientras el camello echado

le hace cosquillas al Niño.

(¡Quién fuera camello!). Como veis, este año no os pido nada. Pero, por si acaso, pondré los zapatos en la ventana, como entonces.

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