CUANDO EL MÉDICO LLEGABA A CABALLO

por elcantodelcuco

A caballo o a lomos de un macho. Así llegaba el médico al pueblo. El de mi infancia se llamaba don Manuel. Sucedió a don Higinio, que fue el que atendió a mi madre en el parto y ayudó, alumbrado por un candil o un velón, que eso nunca me lo han aclarado, a que yo llegara al mundo. Aquel día estaba nevando y el tío Co, que bajó a buscarlo, contaba siempre que, con las urgencias, casi revienta al caballo. El médico subía de San Pedro Manrique cuando lo llamaban. Tenía que atender a docenas de pueblos de la Villa y Tierra por caminos de herradura y por senderos de cabras, abrasara el sol o cayeran chuzos de punta. Lo peor era el invierno, cuando las grandes nevadas. Había días en que la ventisca azotaba de cara y acobardaba a la caballería, que se negaba a seguir adelante. Era una temeridad, pero había que continuar. Se trataba de una cuestión de vida o muerte. En aquellos tiempos de la posguerra, los pueblos y hasta las últimas aldeas perdidas en el monte o en la quiebra del valle estaban superpobladas, no como ahora en que la comarca de las Tierras Altas es la más despoblada de España, con el mayor censo de pueblos vacíos por kilómetro cuadrado. Entonces al médico, que estaba disponible día y noche, no le faltaba tarea.

Venía provisto de un pequeño maletín negro con el fonendoscopio, el aparato para medir la tensión, el termómetro y el botiquín mínimo de primeros auxilios. Sin más ayuda, salvo la de proporcionarle en la casa un caldero de agua caliente, tenía que enfrentarse, en la más estricta soledad, a los partos que a veces se presentaban complicados. No es extraño que de vez en cuando sorprendiera a los vecinos el lúgubre sonido de las campanas tocando a muerto porque una mujer joven acababa de morir dando a luz y, lo que era más frecuente, basta comprobar la cantidad de “niños sin nombre” reseñados en el libro de bautizados de la época. No siempre el médico llegaba a tiempo al parto y eran las mujeres mayores, con sus largas sayas oscuras, las que acostumbraban a hacer de parteras.

En tales circunstancias y acostumbradas a aguantar los sinsabores y problemas de la vida con estoicismo durante muchas generaciones, es comprensible que aquellas gentes sólo acudieran en busca del médico en casos de extrema necesidad. Desde luego, no por una gripe, que estos días tiene colapsados los servicios de urgencia de los hospitales de media España, hecho -lo confieso- que me ha dado pie y me ha incitado a escribir hoy, con admiración y gratitud, sobre aquellos médicos rurales de mi infancia y sobre la distinta dependencia médica en aquellos tiempos y en estos. Los fuertes constipados, con fiebre y, lo que era peor, con dolor de costado, los dolores de tripa y cualquier otro trastorno se curaban, tal como recuerdo, con remedios naturales: vapores de hierbas aromáticas cogidas en el campo, manzanilla del monte, emplastos de malvas y ventosas en el pecho. Y aguantando, resistiendo, aun sabiendo de las consecuencias de un “catarro mal curado”. En ninguna casa había un termómetro ni un tubo de aspirinas. La penicilina llegó tarde y se empezó a usar, transportada a caballo en una caja con hielo, para algunos casos extremos de tuberculosis. A mí nunca me vio el médico durante mi niñez en Sarnago, y eso que una vez un pedrusco me aplastó el pie y anduve cojo todo el verano. Si uno se rompía algo, un brazo, una pierna, se recurría al bizmero. Mi abuelo Natalio superó ámpliamente los noventa años sin tomar una aspirina, sin mirarse la tensión y sin que le visitara el médico hasta las semanas antes de su muerte. Cuando se avisaba al médico, había que avisar también muchas veces al cura para que administrara al enfermo a toque de campanilla los últimos sacramentos. Pienso que regía entre aquellos campesinos una santa resignación: cuando uno se moría es que le había llegado su hora y se iba al otro barrio.

Don Manuel, el médico, era un hombre enérgico y elegante, de fuerte personalidad, me imagino que adicto al régimen, aunque no llevaba bigote. Su figura imponía respeto entre la gente. Llegaba a caballo, bien aparejado e impetuoso, y solía parar en nuestra casa, lo mismo que el recaudador de la contribución y los coleteros de Aguilar. Más de un día lo vi calentándose y secándose la ropa en la lumbre de la cocina. A mi madre le dio unas lecciones de enfermería elemental y, desde entonces, se ocupó ella de poner inyecciones en el pueblo sin cobrar a nadie una peseta… Y aquí voy a acabar. Me duele un poco la cabeza y noto un leve picor de garganta. No sé si son los síntomas de la gripe, y eso que me he vacunado. ¡Maldita sea! ¿Dónde está el termómetro? Me parece que tendré que ir a Urgencias.

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