El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: febrero, 2017

LO QUE NOS ESPERA

Andaba yo dándole vueltas al febrerillo loco y me disponía a escribir de los primeros apuntes de la primavera en mi pequeño jardín, en el que los mirlos y las torcaces muestran ya el dulce alboroto del amor mientras veo revivir el membrillo y el albaricoquero; pero he sentido de pronto que me estaba evadiendo de la realidad. Ha sido un impulso interior que me obliga a aparcar para mejor ocasión las emociones líricas y los recuerdos de la infancia – sobre todo, aquellas incursiones solitarias en estos primeros días claros a inspeccionar el monte desnudo y silencioso- y hacer frente a lo que nos espera. Me ha parecido que debía compartir con los seguidores de “El canto del cuco” lo que acabo de publicar en un periódico, que he procurado cincelar hasta la última coma. Esto es lo que pienso . Me parece que lo que está pasando es demasiado serio como para no hacerse cargo de ello. Puede que circunstancias personales impregnen en estos momentos mi vida y lo que escribo de una capa gris de pesimismo. Ténganlo en cuenta y no lo tomen al pie de la letra. Pero, como ha dicho alguien, puede que el pesimismo sea el precio inevitable de la lucidez. Me gustaría que este alegato mío diera lugar aquí a una reflexión conjunta.

Vivimos un tiempo de desajustes crecientes y de desequilibrios, lo que genera zozobra e inestabilidad. Se ha acabado el mundo de las seguridades, las referencias y los argumentos de autoridad. Asistimos a cambios materiales y políticos que eran inimaginables a finales del siglo pasado. Castillos que se consideraban inexpugnables caen con estrépito de la noche a la mañana. Es como si de pronto el mundo, y cada uno de nosotros, caminara sin rumbo, sobre un alambre, sacudido por un viento de locura. Nadie sabe qué va a pasar, qué nueva sorpresa nos espera al despertarnos. El “fenómeno Trump” y el “Brexit” son sólo indicios, ciertamente inquietantes, de esta inseguridad. Los efectos primeros de la reciente crisis económica consisten en un repliegue nacionalista frente a la globalización y un rechazo del extranjero. La amenaza del islamismo radical y belicoso puede ser la espoleta que provoque la desintegración europea con la llegada al poder de los nuevos populismos y, Dios no lo quiera, una nueva conflagración mundial, ahora soterrada. Poderosos ideólogos de la Casa Blanca defienden ya abiertamente la “purificación por el fuego”, -fuego armado, naturalmente- para recuperar los antiguos valores. Es un hecho explosivo que en el Occidente cristiano el gran avance material se corresponde con un gran retroceso espiritual.

A escala doméstica comprobamos el escándalo de las desigualdades. Con la crisis, los españoles ricos son más ricos y los españoles pobres son más pobres. Hasta Bruselas alerta de ello. Hay más empleo, pero menos estable y peor pagado. Se ahonda la brecha generacional en todos los aspectos, como nunca había ocurrido. Lo mismo sucede con la brecha demográfica de las “dos Españas”: la superpoblada de Madrid y la periferia y la despoblada del interior, donde los pueblos y sus últimos habitantes se mueren en silencio. En el campo político, cuanto más se habla de diálogo, más aumenta la polarización ideológica; cuanto más se habla de democracia participativa, más se amenaza a la verdadera democracia viable, que es la representativa; cuando más preciso sería defender la Constitución del 78, que es lo mejor que hemos hecho en los últimos cuarenta años, más se la ataca, y, como detalle curioso del desconcierto, cuando más se habla de corrupción, hasta la náusea, es cuando hay menos corrupción. El mundo al revés. Si siguen las sinrazones y los desequilibrios de fondo, esto no resiste.

De momento siguen los pájaros cantando y en la calle oigo la risa de unos niños. Si el tiempo se asienta, no tardarán en salir las violetas en los rincones del jardín. En Sarnago tardarán más, pero al fin brotarán también. No todo está perdido. Recuerdo que cuando era muchacho, una frase que oía constantemente a los mayores en casa y en la calle era: “¡No sé adónde vamos a llegar!” Pues hemos llegado hasta aquí, y lo último que quisiera yo es, a pesar de todo, acabar convertido en un viejo cascarrabias.

CARTA A SARA

No sabía, hija, qué podía regalarte el día de tu boda y, después de darle muchas vueltas, me he decidido a escribirte esta carta. Me ha venido la idea, posiblemente descabellada, recordando aquellas “Cartas a Sara” de hace diez años que dieron lugar a “Historias de la Alcarama”. Al fin y al cabo tú eres la destinataria y depositaria de mis memorias de la infancia, de mis recuerdos y vivencias, que podrían considerarse mi herencia espiritual. Entonces acababas de estrenar la mayoría de edad, estabas a punto de entrar en la Universidad y se te abría por delante un mundo desconocido, lleno de riesgos y de posibilidades, y yo te contaba de dónde veníamos para que tuvieras referencias y no anduvieras perdida en la vida. En este tiempo has luchado por lo que querías, lo has conseguido y me siento orgulloso de ti. Compréndelo, tenía que decírtelo por escrito y no me importa que todos se enteren. Este es un mundo, como sabes muy bien, en que apenas queda sitio para la privacidad. Me parece, pues, razonable ahora que arranca una nueva etapa de tu vida, de nuestra vida -la tuya, larga; la mía, breve-, dejar constancia de mis sentimientos. Bien lo merece la boda de la hija pequeña, tan querida, que, en una familia numerosa como la nuestra, levanta en el corazón del padre una oleada de sentimientos encontrados. Lo único que tengo que hacer, a ver si lo consigo, es embridar el corazón para no caer en la cursilería.

Me ha gustado que hayáis decidido, Ramón y tú, casaros en la iglesia de Valdeavellano, aunque el día amenace nieve, y que os case el tío Delfín, cura del pueblo, herido por la enfermedad. Es una buena idea, y una alegría, ahora que en los pueblos abundan más los funerales que las bodas. También las cigüeñas, que vuelven siempre, estarán ya en la torre el día de la boda. Y me ha parecido significativo que en la invitación de boda aparezcas vestida de móndida. Yo sé con qué determinación y entusiasmo te ofreciste, por San Bartolomé, en dos ocasiones para ser moza de la móndida en la fiesta de Sarnago, donde están nuestros orígenes. Te estoy viendo con el cestaño de cintas de colores coronado de flores en la cabeza, caminando airosa y radiante por las rústicas calles tras el mozo del ramo y el rojo pendón, que sobresalía de los tejados conjurando las ruinas. Parece que eso te marcó. No te oculto que para mí fue muy emocionante y sé que, desde entonces, te sientes tan hija del pueblo como yo. No hace falta advertir que de vuestra generación depende el futuro de los pueblos, ahora en decadencia. Como te decía en la primera carta que te escribí, éste es un río de sangre que viene de muy lejos.

Te prometía entonces que iba a recuperar contigo el nombre de las cosas, que te contaría viejas historias, que reviviríamos juntos costumbres olvidadas, que salvaríamos lo que quedaba del paisaje original, aunque fuera entre las ruinas, y que volveríamos a observar el ciclo de las estaciones sucediéndose sin variaciones, monótonamente, año tras año, como el ciclo de la vida y de la muerte. Y he cumplido lo prometido. De todo eso te he hablado, puede que hasta resultar un poco cargante, pero no me arrepiento. Compruebo que no ha sido una pérdida de tiempo.

Ahora que lo pienso, no estoy seguro, Sara, de que sólo se vive una vez. Aparte de la otra vida, la vida misteriosa que está más allá de las estrellas, cuando uno, cargado de años y con el corazón cansado, mira hacia atrás, tiene la sensación de haber vivido muchas vidas. Los padres, sin ir más lejos, vivimos sobre todo, y no sabes con qué intensidad, la vida de nuestros hijos. Ahora mismo tu madre y yo vivimos vuestra boda como si fuera la nuestra, con la misma zozobra e ilusión. Estamos contentos porque os vemos enamorados y porque sois dos chicos estupendos. Permíteme, llegado a este punto, que te apunte una frase que leí en algún sitio y que viene para la ocasión como el anillo al dedo que os vais a intercambiar en la ceremonia: el amor no nace corrompido, se corrompe por el abandono. No es mal consejo, ¿eh?. Una de las grandes frustraciones de nuestro tiempo, en el que las vidas humanas se exhiben desnudas en el escaparate, es comprobar que se pregona por todas partes lo efímero y trivial del amor, como un producto comercial que se utiliza y se olvida. No hagáis caso. No es eso.

La vida, Sara, como te decía en aquella primera carta, se vive hacia delante, pero sólo se entiende mirando hacia atrás. Y ahí me quedo, en la puerta de la casa, viéndote partir. Deseo ardientemente que seáis felices. Vuelve de vez en cuando la cabeza. Tu padre, que te quiere.