CARTA A SARA

por elcantodelcuco

No sabía, hija, qué podía regalarte el día de tu boda y, después de darle muchas vueltas, me he decidido a escribirte esta carta. Me ha venido la idea, posiblemente descabellada, recordando aquellas “Cartas a Sara” de hace diez años que dieron lugar a “Historias de la Alcarama”. Al fin y al cabo tú eres la destinataria y depositaria de mis memorias de la infancia, de mis recuerdos y vivencias, que podrían considerarse mi herencia espiritual. Entonces acababas de estrenar la mayoría de edad, estabas a punto de entrar en la Universidad y se te abría por delante un mundo desconocido, lleno de riesgos y de posibilidades, y yo te contaba de dónde veníamos para que tuvieras referencias y no anduvieras perdida en la vida. En este tiempo has luchado por lo que querías, lo has conseguido y me siento orgulloso de ti. Compréndelo, tenía que decírtelo por escrito y no me importa que todos se enteren. Este es un mundo, como sabes muy bien, en que apenas queda sitio para la privacidad. Me parece, pues, razonable ahora que arranca una nueva etapa de tu vida, de nuestra vida -la tuya, larga; la mía, breve-, dejar constancia de mis sentimientos. Bien lo merece la boda de la hija pequeña, tan querida, que, en una familia numerosa como la nuestra, levanta en el corazón del padre una oleada de sentimientos encontrados. Lo único que tengo que hacer, a ver si lo consigo, es embridar el corazón para no caer en la cursilería.

Me ha gustado que hayáis decidido, Ramón y tú, casaros en la iglesia de Valdeavellano, aunque el día amenace nieve, y que os case el tío Delfín, cura del pueblo, herido por la enfermedad. Es una buena idea, y una alegría, ahora que en los pueblos abundan más los funerales que las bodas. También las cigüeñas, que vuelven siempre, estarán ya en la torre el día de la boda. Y me ha parecido significativo que en la invitación de boda aparezcas vestida de móndida. Yo sé con qué determinación y entusiasmo te ofreciste, por San Bartolomé, en dos ocasiones para ser moza de la móndida en la fiesta de Sarnago, donde están nuestros orígenes. Te estoy viendo con el cestaño de cintas de colores coronado de flores en la cabeza, caminando airosa y radiante por las rústicas calles tras el mozo del ramo y el rojo pendón, que sobresalía de los tejados conjurando las ruinas. Parece que eso te marcó. No te oculto que para mí fue muy emocionante y sé que, desde entonces, te sientes tan hija del pueblo como yo. No hace falta advertir que de vuestra generación depende el futuro de los pueblos, ahora en decadencia. Como te decía en la primera carta que te escribí, éste es un río de sangre que viene de muy lejos.

Te prometía entonces que iba a recuperar contigo el nombre de las cosas, que te contaría viejas historias, que reviviríamos juntos costumbres olvidadas, que salvaríamos lo que quedaba del paisaje original, aunque fuera entre las ruinas, y que volveríamos a observar el ciclo de las estaciones sucediéndose sin variaciones, monótonamente, año tras año, como el ciclo de la vida y de la muerte. Y he cumplido lo prometido. De todo eso te he hablado, puede que hasta resultar un poco cargante, pero no me arrepiento. Compruebo que no ha sido una pérdida de tiempo.

Ahora que lo pienso, no estoy seguro, Sara, de que sólo se vive una vez. Aparte de la otra vida, la vida misteriosa que está más allá de las estrellas, cuando uno, cargado de años y con el corazón cansado, mira hacia atrás, tiene la sensación de haber vivido muchas vidas. Los padres, sin ir más lejos, vivimos sobre todo, y no sabes con qué intensidad, la vida de nuestros hijos. Ahora mismo tu madre y yo vivimos vuestra boda como si fuera la nuestra, con la misma zozobra e ilusión. Estamos contentos porque os vemos enamorados y porque sois dos chicos estupendos. Permíteme, llegado a este punto, que te apunte una frase que leí en algún sitio y que viene para la ocasión como el anillo al dedo que os vais a intercambiar en la ceremonia: el amor no nace corrompido, se corrompe por el abandono. No es mal consejo, ¿eh?. Una de las grandes frustraciones de nuestro tiempo, en el que las vidas humanas se exhiben desnudas en el escaparate, es comprobar que se pregona por todas partes lo efímero y trivial del amor, como un producto comercial que se utiliza y se olvida. No hagáis caso. No es eso.

La vida, Sara, como te decía en aquella primera carta, se vive hacia delante, pero sólo se entiende mirando hacia atrás. Y ahí me quedo, en la puerta de la casa, viéndote partir. Deseo ardientemente que seáis felices. Vuelve de vez en cuando la cabeza. Tu padre, que te quiere.

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