LO QUE NOS ESPERA

por elcantodelcuco

Andaba yo dándole vueltas al febrerillo loco y me disponía a escribir de los primeros apuntes de la primavera en mi pequeño jardín, en el que los mirlos y las torcaces muestran ya el dulce alboroto del amor mientras veo revivir el membrillo y el albaricoquero; pero he sentido de pronto que me estaba evadiendo de la realidad. Ha sido un impulso interior que me obliga a aparcar para mejor ocasión las emociones líricas y los recuerdos de la infancia – sobre todo, aquellas incursiones solitarias en estos primeros días claros a inspeccionar el monte desnudo y silencioso- y hacer frente a lo que nos espera. Me ha parecido que debía compartir con los seguidores de “El canto del cuco” lo que acabo de publicar en un periódico, que he procurado cincelar hasta la última coma. Esto es lo que pienso . Me parece que lo que está pasando es demasiado serio como para no hacerse cargo de ello. Puede que circunstancias personales impregnen en estos momentos mi vida y lo que escribo de una capa gris de pesimismo. Ténganlo en cuenta y no lo tomen al pie de la letra. Pero, como ha dicho alguien, puede que el pesimismo sea el precio inevitable de la lucidez. Me gustaría que este alegato mío diera lugar aquí a una reflexión conjunta.

Vivimos un tiempo de desajustes crecientes y de desequilibrios, lo que genera zozobra e inestabilidad. Se ha acabado el mundo de las seguridades, las referencias y los argumentos de autoridad. Asistimos a cambios materiales y políticos que eran inimaginables a finales del siglo pasado. Castillos que se consideraban inexpugnables caen con estrépito de la noche a la mañana. Es como si de pronto el mundo, y cada uno de nosotros, caminara sin rumbo, sobre un alambre, sacudido por un viento de locura. Nadie sabe qué va a pasar, qué nueva sorpresa nos espera al despertarnos. El “fenómeno Trump” y el “Brexit” son sólo indicios, ciertamente inquietantes, de esta inseguridad. Los efectos primeros de la reciente crisis económica consisten en un repliegue nacionalista frente a la globalización y un rechazo del extranjero. La amenaza del islamismo radical y belicoso puede ser la espoleta que provoque la desintegración europea con la llegada al poder de los nuevos populismos y, Dios no lo quiera, una nueva conflagración mundial, ahora soterrada. Poderosos ideólogos de la Casa Blanca defienden ya abiertamente la “purificación por el fuego”, -fuego armado, naturalmente- para recuperar los antiguos valores. Es un hecho explosivo que en el Occidente cristiano el gran avance material se corresponde con un gran retroceso espiritual.

A escala doméstica comprobamos el escándalo de las desigualdades. Con la crisis, los españoles ricos son más ricos y los españoles pobres son más pobres. Hasta Bruselas alerta de ello. Hay más empleo, pero menos estable y peor pagado. Se ahonda la brecha generacional en todos los aspectos, como nunca había ocurrido. Lo mismo sucede con la brecha demográfica de las “dos Españas”: la superpoblada de Madrid y la periferia y la despoblada del interior, donde los pueblos y sus últimos habitantes se mueren en silencio. En el campo político, cuanto más se habla de diálogo, más aumenta la polarización ideológica; cuanto más se habla de democracia participativa, más se amenaza a la verdadera democracia viable, que es la representativa; cuando más preciso sería defender la Constitución del 78, que es lo mejor que hemos hecho en los últimos cuarenta años, más se la ataca, y, como detalle curioso del desconcierto, cuando más se habla de corrupción, hasta la náusea, es cuando hay menos corrupción. El mundo al revés. Si siguen las sinrazones y los desequilibrios de fondo, esto no resiste.

De momento siguen los pájaros cantando y en la calle oigo la risa de unos niños. Si el tiempo se asienta, no tardarán en salir las violetas en los rincones del jardín. En Sarnago tardarán más, pero al fin brotarán también. No todo está perdido. Recuerdo que cuando era muchacho, una frase que oía constantemente a los mayores en casa y en la calle era: “¡No sé adónde vamos a llegar!” Pues hemos llegado hasta aquí, y lo último que quisiera yo es, a pesar de todo, acabar convertido en un viejo cascarrabias.

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