LA LLAMADA DEL MONTE

por elcantodelcuco

Ahora que los días alargan y despierta el campo, es tiempo de volver al paisaje de la infancia. El camino sigue sin asfaltar a pesar de las reiteradas promesas de las autoridades. La manchas verdes del pinar reciente desfiguran y dulcifican algo la estampa tradicional del pueblo y de su alfoz, sin que logren borrar del todo la parda desnudez. Verdean ya tímidamente los sembrados, que reviven con los primeros soles de marzo. Desde la venta de las tierras al Estado para plantar pinos, nadie sabe quiénes son los dueños de las piezas de cultivo. Gentes de fuera, seguro, que se aprovecharon de la gran emigración, la tremenda estampida. Al viajero le gustaría tropezarse en el camino con un arriero, envuelto en su tapabocas, al que preguntarle, por ejemplo, de sopetón: “Eh, buen hombre, ¿de quién es esta tierra? ¿Sabe adónde va la madera de los pinos?…” Y así. Y, si se terciaba, compartir con él la bota y la petaca. Pero hace tiempo que no quedan arrieros en la comarca, ni caballerías, ni ovejas, ni apenas pájaros. En las umbrías se ven manchas de nieve sucia. En los oscuros ribazos que no arrasó la concentración parcelaria faltan semanas para que florezcan las ulagas, los bizcobos, los calambrujos y los espinos de flor blanca. Las majadas, que descienden de la Cruz de la Villa por el camino del Horcajuelo, se desmoronan, como pasó con la iglesia, y falta poco para que se conviertan en un cantarral, refugio de las víboras y los alacranes. En las calles hay cagarrutas de ciervo, lo que indica que los animales del monte han bajado de la sierra de la Alcarama y se han enseñoreado del pueblo.

El paisaje se parte geométricamente en dos: el raso y el monte. El pueblo se sitúa en medio, en la bisagra misma: hacia el sur, el raso, y hacia el norte, el monte. Como dos hemisferios complementarios. Del raso venía la cosecha; del monte, la leña y el agua. El raso era el escenario de las ovejas; el monte, el de las cabras. Los prados y las huertas estaban en los abrigos del monte, por donde corrían los riachuelos, anidaban las torcaces y campeaba el gato montés. La llamada del monte era muy fuerte. No en vano a los de Sarnago nos decían montunos. Desde muy pequeños los muchachos nos aventurábamos a perdernos solos por las veredas del monte. Sin miedo a las alimañas ni a los sacamantecas. Con algún chozo, como único refugio en caso de tormenta. Buscábamos nidos o frutos silvestres: magüetas, moras, endrinas, gayubas, maguillas… O simplemente la aventura de sentirnos solos, libres, sin testigos, en medio de la Naturaleza, escuchando nuestra respiración y el canto de algún pájaro. Esta es una experiencia muy especial, que únicamente el que la ha vivido alguna vez de pequeño comprenderá lo que significa. Personalmente nunca he olvidado esa sensación de ser completamente libre en medio del monte. Creo que condicionó en gran manera mi existencia. Después de eso, no me costó mucho en la vida amar y luchar por la libertad. Tenía que contar esto alguna vez. ¿Comprenden mejor ahora lo del canto del cuco?

Eso explica también que, desde que presentí los primeros pasos de la primavera, tuve deseos de volver a recorrer los caminos del monte, que es como recorrer otra vez los caminos de la infancia. Y llevo varias semanas intentando contarlo aquí, pero distintas interferencias me obligaron a posponerlo hasta hoy. La pena es que no he podido cumplir del todo este sueño. Desde la gran despoblación los caminos del monte están obstruidos por la maleza, desfigurados, intransitables. Ya no soy capaz de reconocerlos. Los chozos, únicos refugios en caso de tormenta, han desaparecido, derrumbados y perdidos en la broza. Todo es irreconocible. Con la repoblación de pinos, el paisaje del monte se transformó. Para plantar pinos labraron los robledales y arrasaron sabinares. Apenas quedan arces ni maguillos. Un desastre ecológico, del que nadie ha pedido cuentas todavía. Uno siente que le han quitado las referencias. Desde las negras cumbres del monte, como dice Altolaguirre, se divisa un ayer y un mañana diferentes. Nos vemos empujados a vivir en la ciudad, que Fernández Flórez llama, en “El bosque animado”, un corral de hombres.

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