El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: abril, 2017

LA FONDA DE SAN PEDRO MANRIQUE

Me escribe Santiago Valdazo Munilla, natural de San Pedro Manrique, nacido en la fonda “El Comercio”, que todo el mundo conocía por “La Fonda”, regida por su familia desde 1911 y que cerró en 1951. Me dice que ha leído mi libro “Historias de la Alcarama”, que ha supuesto para él “una experiencia hermosa, emotiva”, y me adjunta un minucioso relato en el que aporta datos y detalles de primera mano al hilo de lo narrado por mí. Su aportación me parece muy valiosa y he creído que no la podía echar en saco roto. Supongo que los lectores interesados en esas historias mías de las Tierras Altas de Soria lo agradecerán. Así que voy a recoger aquí algunas de las curiosidades para que no se pierdan en el olvido. Son el reflejo de una época.

Se extraña, de entrada, Santiago Valdazo de que en este libro me ocupe de la fonda de la Cuatrena y no mencione la suya. Esta omisión sólo se explica por mi mala cabeza y por la amistad y la familiaridad de la tía Juana, la Cuatrena, con mi madre, que convertía su casa en parada habitual, lo mismo que el comercio del tío Perico. Pero hay que dejar constancia de la relevancia de “La Fonda”, situada en el centro de “La Cosa”, la explanada de los comercios donde se instalaba la feria y el mercado de los lunes, como centro de la vida social del pueblo y de la comarca. Era posada y casa de comidas. Por ella pasaban no sólo arrieros y tratantes que venían al mercado, como el tío Domingo, “El Mingarra”, de Sarnago, un habitual según cuenta, sino los que se hospedaban en ella. Este fue el caso del padre del protagonista de esta historia, también llamado Santiago Valdazo, que vino de fuera en 1928, cayó por “La Fonda”, se enamoró de Saturnina, la hija de los dueños, y se casaron. Hasta la boda, como exigían las buenas costumbres de la época, se fue a vivir a casa de su amigo Faustino Aragón, “El Rebote”, el dueño del molino, que tenía a la entrada una gran morera de moras gordas y dulcísimas, que yo disfruté hasta ponerme perdido cada vez que me mandaron con una carga de trigo al molino.

A la puerta de “La Fonda”, junto a la primera acacia, cerca de la farmacia, paraba siempre el coche de linea, un Opel de veinte plazas, con matrícula de 1932, que conducía Santiago. El carromato hacía el recorrido hasta el chozo de Huérteles, donde empalmaba con “La Exclusiva”, empresa de Gonzalo Ruiz, un Reo Speed Wagon, que unía Soria con Calahorra, por el puerto de Oncala, y que conducían, con grandes penalidades, “el Inés” y, en sentido contrario, “el Perico”. No hace falta recordar que en ellos discurrieron los viajes de mi infancia. Santiago tenía además un coche de punto, primero un Hispano-Suiza, que había sido de la Casa Real y luego un viejo Ford, que competía con el Crysler del Godo, que rara vez llegaba a su destino sin sufrir algún percance en el motor o en las ruedas. Cuenta Santiago Valdazo Munilla, el hijo del conductor, que cuando llegaba en el coche de línea “el Macarrón”, temido delegado en toda la comarca, él salía disparado hasta el molino de “El Rebote” y daba el queo. Desde allí se comunicaba inmediatamente al resto de los molinos, a lo largo del río Linares, hasta el del tío Juan, para que pusieran la harina a buen recaudo y no la requisaran los delegados, y pronto se corría la voz por los pueblos de la comarca -¡que vienen los delegados!- para que las gentes guardaran a toda prisa en escondrijos la harina el aceite y el pan blanco.

El viejo autobús era la estrella en los días de mercado, tanto a la salida como a la llegada. A un niño de Sarnago, como yo, que nunca había visto un automóvil en el pueblo, aquel carromato moviéndose entre la gente y los puestos de cerdos, gallinas y cabritos, le impresionaba. En este capítulo del mercado, el corresponsal de estas memorias recuerda la compra de las primeras zapatillas del verano en la tienda del tío Marcelino, la llegada de la “tía Reloja” de Arnedo con verduras y pescado, los “Garnica” de Soria, los cochineros con sus blusas negras, los tratantes de muletos, “El Cuatrena”, los dos esquiladores de caballerías, situados junto al frontón, uno en cada esquina bajo las acacias, que escribían encima del rabo de los animales con cortes de tijera “Viva mi amo”, el capador con su chiflo, los comediantes, el sacamuelas… Uno de los primeros coches del pueblo fue el Ford de don Higinio, el médico, pero se lo requisaron para el frente en 1936. Por eso tuvo que llegar a Sarnago a caballo un día frío de noviembre, nevando, a atender a mi madre en el parto en el que yo vine al mundo. Ahora he sabido -he pasado la vida deseando conocer detalles de la vida de este hombre tan ligada a la mía- que se llamaba don Higinio Ayala Mesanza, que llegó a San Pedro en 1930 y que se hospedó en “La Fonda”. Vivió allí hasta 1933, año en que la familia se trasladó a una casa. Tuvieron tres hijos. En 1944 se fue a Aspe (Alicante) y le sustituyó don Manuel, todo un carácter, que acostumbraba a parar en nuestra casa. Había además otro médico, don Epifanio Hernández. Su hija, doña Nuncia, fue maestra en La Ventosa, vive en Garray y acaba de cumplir cien años.

Me cuenta también que la madre de don Luciano, un sacerdote nacido en Acrijos, amigo mío, murió en “La Fonda” después de sufrir un día de mercado un par de coces de un burro. También recuerda que su hermano, desobedeciendo a su madre, se acercó a ver el cadáver de la “tía Moña” de La Ventosa, que se ahogó en un charco del Palenque, y tanto le impresionó aquella mujer que llegó a “La Fonda” corriendo y se escondió, aturdido y aterrado, debajo de la cama. A propósito de los entierros, evoca sus tiempos de monaguillo, tocando las campanas o llevando la cruz alzada o el acetre del agua bendita. “Me impresionaba el silencio, el respeto de la gente y su manera pulcra de vestir”, dice. Y cuenta algo de lo que yo no tenía noticia: “El trozo de la calle del muerto no se barría en una semana”.

Santiago Valdazo Munilla aporta otras historias dignas de ser contadas, entre ellas un relato de cuando la guerra que merece capítulo aparte. Hoy nos quedamos con el trasiego de “La Posada”, observatorio privilegiado de la vida del pueblo y memoria de un tiempo que no volverá.

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EN LA CASA DE MIGUEL HERNÁNDEZ

En la tarde del Sábado Santo visité en Orihuela la casa donde vivió el poeta Miguel Hernández, fallecido de tuberculosis en el hospital de la cárcel de Alicante hace setenta y cinco años, el 28 de marzo de 1942, después de librarse de la pena de muerte a la que fue condenado por sus ideas políticas. Tenía 31 años. En plena guerra, en 1937, se había escapado del frente para casarse con Josefina Manresa, de la que tuvo dos hijos: Manuel Ramón, que vivió sólo unos meses, y Manuel Miguel, al que le dedicó desde la prisión el famoso poema “Nanas de la cebolla”, a raíz de recibir una carta de su mujer, en la que le decía que no tenían para comer más que pan y cebolla, y que comienza así:

La cebolla es escarcha

cerrada y pobre.

Escarcha de tus días

y de mis noches.

Hambre y cebolla,

hielo negro y escarcha

grande y redonda.

Desde mi juventud, cuando lo encontré encabezando la magnífica “Antología de la nueva poesía” de José Luis Cano, sentí devoción por este poeta que había sido cabrero y que se malogró prematuramente. El aprecio por el joven poeta de Orihuela, víctima de la guerra, la barbarie y la fatalidad, ha ido aumentando con los años. Para mí ha sido siempre un poeta cercano, no sólo por llamarse Hernández, sino porque me parecía un poeta del pueblo, de los de abajo, de los humildes, de los campesinos. No era difícil sentirse identificado con él repasando su vida y leyendo sus versos en los que la vida se refleja como en un espejo. Hace muchos años le llevé a mi hermano un cuadro en el que figuran unos versos suyos, que mi hermano ha tenido siempre, hasta su muerte, en lugar destacado de su despacho. Dicen:

Vientos del pueblo me llevan,

vientos del pueblo me arrastran,

me esparcen el corazón

y me aventan la garganta.

Su padre, que también se llamaba Miguel, lo sacó pronto de la escuela, cuando empezaba el bachillerato en el colegio de Santo Domingo, cercano a su casa, y lo mandó cabrero. De nada sirvieron los ruegos de los jesuitas, que regían el colegio -una inmensa mole de piedra-, que le ofrecieron una beca porque detectaron enseguida el talento de aquel muchacho. Su padre era tratante de ganado, sobre todo de cabras, la familia era numerosa y los tiempos no eran fáciles. Así que el chico debía olvidarse de los estudios y colaborar al sostenimiento de la casa. Es exactamente lo que yo vi de niño en Sarnago y en los demás pueblos de la comarca. Aunque tuvieran un gran talento, cuando los niños y las niñas dejaban la escuela a los catorce años, les esperaba el garrote de pastor o, a ellas, ir de niñeras o de criadas. ¡Dios mío, cuánto talento perdido! Así que el joven Miguel, en 1925, recién entrado en la pubertad, -había nacido el 10 del 10 de 1910- tuvo que coger el zurrón y ponerse al frente de la cabrada por las breñas del monte San Miguel a la espalda de su casa, lejos de los naranjales. Fueron cinco años largos de cabrero. Por la mañana, antes de soltar la cabrada, tenía que recorrer las casas llevando las cantarillas de leche recién ordeñada.

Pero el muchacho no se rinde. Lleva el zurrón lleno de libros. Muchos se los presta su amigo Luis Almarcha, un cura que, con el tiempo, llegaría a ser obispo de León y que, con José María de Cossío, el de la enciclopedia de “Los Toros”, intercede por él e impiden que lo fusilen al acabar la guerra. Mientras cuida el rebaño, Miguel lee vorazmente y escribe sus primeros poemas. Es un autodidacta, como muchos hijos de campesinos que destacaron en las letras o en el comercio. Hasta le dan un premio literario a los 20 años, el único de su vida. Cuando va a recogerlo, con la ilusión de llevar a casa un poco de dinero, sólo recibe una escribanía de plata. Después vendrían sus obras imperecederas: “Perito en lunas”, “El rayo que no cesa”, “Vientos del pueblo”, etcétera. A mí siempre me ha impresionado su “Elegía a Ramón Sijé”, que termina con aquella estrofa:

A las aladas almas de las rosas

del almendro de nata te requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas,

compañero del alma, compañero.

Visitando la casa en que vivió, he comprendido mejor el origen y el sentido de estos otros versos del mismo poema:

Volverás a mi huerto y a mi higuera:

por los altos andamios de las flores

pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.

Volverás al arrullo de las rejas

de los enamorados labradores.

La casa, llena de fotografías, recuerdos y humildes muebles y objetos de la época, lo dice casi todo. Es una casa sencilla de una sola planta en las afueras del pueblo, cerca del palmeral, en la falda del monte de San Miguel. La calle, ahora dedicada al poeta, se llamaba calle de Arriba. La casa es una obra de mampostería, como las de Sarnago, con refuerzos en sillería para las puertas y ventanas. Consta de dos crujías paralelas: delante el comedor y la salita de estar, y detrás, la cocina y los dormitorios -me detuve en el sencillo dormitorio del poeta con una cama de hierro que compartía con su hermano- además de un altillo para el pajar, al que se subía con escalera de mano desde el patio. El suelo de la casa, ahora enlosado, era de tierra. En el patio, en parte ajardinado, con macetas con flores y una buganvilla en el rincón, está el pozo y la pila de piedra para lavar. Al lado, un cobertizo con leñera y un retrete rudimentario. Y, al fondo, separado por una verja azul de madera, el corral para las cabras y las gallinas. Detrás, por una pequeña puerta se accede al pequeño huerto, “paraíso local (…) donde mi vida pasa / calmándole la sed cuando le abrasa”. En el huerto, un reducto de paz donde el poeta escribía, destacan la morera y la higuera. Apoyado en esta última, Miguel Hernández confiesa:

Mi carne, contra el tronco, se apodera,

en la siesta del día

de la vida, del peso de la higuera,

¡tanto!, que se diría,

al divorciarlas, que es la carne mía.

A la puesta del sol, dejé la casa-museo, ahora propiedad municipal. Por la calle desfilaban, espantando a las golondrinas, las distintas bandas de música camino del Santo Entierro. Yo salía cargado de paz interior.

EN EL NOMBRE DEL HERMANO

La imagen del hermano muerto, el grandioso y emotivo funeral en Valdeavellano, la despedida fuera de la iglesia bajo la lluvia, la subida al cementerio del Espino en Soria, donde descansa ya junto a la madre, y la larga película de su enfermedad, vivida minuto a minuto, todo se agolpa hoy dentro de mí, no sé si más en el corazón que en la cabeza, y me impide escribir de ninguna otra cosa. Estoy bloqueado. Así que, por una vez, me dejo llevar por la emoción, pero conteniéndome hasta donde sea posible para no caer en la cursilería, que él tanto detestaba. Me parece necesario agradecer públicamente desde aquí las innumerables muestras de afecto y el incontable número de condolencias recibidas, y que aún me están llegando por todo tipo de conductos. He comprobado que a Delfín le quería todo el mundo. Lo he visto con mis propios ojos. He visto a hombres llorar a lágrima viva. Es el mayor consuelo y la mayor satisfacción en esta hora triste. Era un buen tipo, una buena persona, un buen cristiano, un hombre tolerante y comprensivo, que pasó por la vida haciendo el bien. No exagero. Sé lo que digo. Y a la hora de la verdad, sus compañeros, la familia y la gente del pueblo se lo han reconocido. Llevaba más de cincuenta años de cura de pueblo, cuarenta y seis de ellos en Valdeavellano de Tera. Será seguramente el último cura de este pueblo. Era un hombre culto y bien formado: licenciado en Teología y en Psicología. En los ratos libres -¡cuántos miles de horas en estricta soledad!- escribía poesía. No se me ocurre homenaje mejor que cederle hoy aquí a él, en “El canto del cuco”, la palabra. De su libro “Soria por dentro. Palabras en el tiempo”, recojo unos cuantos poemas.

VIVIR

Si vivir es un verbo intransitivo,

vivir siendo vivido” es la gozosa

certidumbre de que otro ser, no cosa,

a mí “me está viviendo y yo lo vivo”

Vivir es convivir”, sin genitivo

que urda posesión siempre engañosa.

La abeja libre volverá a la rosa

y libará su néctar no cautivo.

Convivir” es la ruta del ascenso,

abre-luz de proyectos y quimeras.

Sobrevivir” es caer en el descenso.

Vivir espacio y tiempo en mil maneras.

La vida es poliédrica. Yo pienso

que vidas con amor son verdaderas.

 

Este soneto lo puso en la contraportada del libro. El siguiente soneto se titula:

EL CAMPESINO

En el campo nací y en él resido

entre pobres, sufridos labradores;

entre robles, estepas y pastores

mi pequeña existencia ha discurrido.

Sé de campo las penas y el olvido.

Sé del frío, trabajo y sinsabores.

Conozco las tristezas y dolores

del frágil campesino incomprendido.

Con aire de ignorancia en sus modales

sentencia sabiamente la verdad,

lacónico, tenaz, desconfiado…

Por cientos de promesas tan banales

se refugia en doliente soledad.

¡Inerme campesino marginado!…

No tengo más remedio que dejar constancia aquí, para disfrute de todos, de la poesía que se titula El huerto del cura de Valdeavellano, huerto junto a la casa y la iglesia, que él cultivaba amorosamente y con gran pericia, y en el que pasó horas y horas de su vida leyendo o rezando el breviario:

El huerto del cura

de Valdeavellano

está siempre abierto

aunque esté cerrado.

Castaños fornidos,

jazmines coquetos

escoltan su entrada

por el lado cierzo.

La gente que pasa

por la carretera

no para sus mientes

que, junto a la iglesia,

el huerto rehuye

miradas ajenas.

Claustro pudoroso,

cercado de piedras,

amigo del aire,

la lluvia serena,

del sol y la nieve,

la luna y estrellas.

Al alba y la tarde,

voraces, nerviosos,

entran en bandada

gorriones y tordos.

Ordeñan las parras

sus picos golosos.

Las fresas maduras

no les dan sonrojo.

Al chirriar la puerta,

siempre vigilantes,

emprenden el vuelo

raudos y culpables.

Atusan sus picos

tras el corto viaje;

y desde el tejado

celebran su lance.

¿Cantan o protestan?

¡Cualquiera lo sabe!

(Al menor descuido

vuelven al ataque).

El viejo manzano,

portero de entrada,

ofrece su sombra,

se asoma a la tapia;

susurra a la brisa

cuando llega el alba.

Vienen las abejas,

zumban por sus ramas

y le hacen cosquillas

de sonrisa blanca.

El manzano eunuco

del rincón de abajo

daba muchas hojas

pero fruto en vano.

Ni siquiera flores.

¡Maldito castrado!

Vio cerca la sierra

destellante y loba

sin hacerle daño.

Comprendió la tregua

el manzano eunuco.

Me engañó con flores

pero no dio fruto.

(Yo no sé hasta cuándo

fría sierra loba

dejará con vida

al manzano eunuco

junto al lilo blanco…)

Al peral del pozo

le encorvan los años;

lucha por la vida

como el “operado”.

Los dos a porfía

florecen en mayo.

Si el hielo les deja

y el viento es calmado

brindan en otoño

fruto sazonado.

Admiro en los surcos

patatas que nacen:

capullos erguidos

al caer la tarde,

como ofrenda humilde,

como rezo suave…

Alubias que trepan

y abrazan las varas

y trenzan ojivas

como cien ventanas

de catedral gótica,

vegetal, alada…

Las coles ensanchan

sus hojas en brazos;

aprietan redondas

cogollos prensados.

Beben el rocío

azul-plateado

cuando llega el alba

y el sol del verano.

Frágiles lechugas,

ajos estirados

siempre en formación

como los soldados.

Frondosas cebollas,

puerros azulados;

y las zanahorias

de pelo rizado.

Coles de Bruselas,

acelgas y rábanos,

borrajas, pimientos,

tomates, garbanzos.

Perejil fragante

y un laurel enano.

También hierbabuena

y claveles blancos.

Girasoles gualdos

y maíz barbado.

Frambuesas, ciruelos,

rosales y dalias;

melocotoneros.

El lilo morado

al fin del paseo.

Gigante, lozano,

el saúco grande

que reta al castaño.

El huerto del cura

parece un muestrario,

vegetal, pequeño,

casi un relicario

de paz y sosiego

trabajo y descanso.

A la sombra amiga

del viejo manzano

se goza el silencio

y el canto del pájaro.

Lecturas y rezos

están hermanados.

El huerto del cura

de Valdeavellano

está siempre abierto

y es claustro cerrado.

¡Se pulsa la vida

con pálpito humano!

 

En fin, en este momento crucial me parece especialmente apropiado reproducir el poema titulado “BUENAS NOCHES, MI DIOS… (En la víspera de mi ordenación sacerdotal)”. Dice así:

Buenas noches, mi Dios. Hasta mañana.

Voy a ensayar la muerte una vez más;

pero Tú no te quedes en la playa,

que a bordo de mi sueño

contigo irá mi corazón remero.

Buenas noches, mi Dios. Hasta mañana.

Por unas pocas horas afiladas de estrellas

me embarco hacia alta nada,

me sumerjo en la sima del olvido.

Sigo amando la vida y tu planeta,

pero me tientan la muerte y las estrellas.

(¡Si esta densa noche de la espera

fuera, al fin, mi noche

y encontrara en su regazo y para siempre

anclar mi corazón en el Amor…!)

Buenas noches, mi Dios, hasta mañana.

Como en un blanco mar, lleno de espuma,

arriesgaré mi barca a la luz de tu mirada

hacia doradas islas cenicientas

de bruma y de imposible.

Antes de zambullirme en el olvido

inclina la cabeza y en tu frente

prenderé mi agridulce beso humano

y te pediré, en voz baja, algún juguete:

Haz que esta noche mi barquilla frágil

se pierda y amanezca para siempre

en la playa de luz de tu costado.

Entre las algas muertas de mi orilla

he dejado, Señor, mi cofre abierto

y un adorado rostro fugitivo

para marchar a tu encuentro en línea recta.

Mira, Señor, que es muy honda

la quemadura de tu ausencia

y las sirenas

subirán a hacerme guiño en las estrellas.

Vigila, Tú, mi sueño en esta noche.

Así hasta el alba.

Hasta que el lucero alumbre

tu rostro entre mis manos.

Buenas noches, mi Dios, hasta mañana…

Buenas noches, mi hermano, hasta mañana.