EN EL NOMBRE DEL HERMANO

por elcantodelcuco

La imagen del hermano muerto, el grandioso y emotivo funeral en Valdeavellano, la despedida fuera de la iglesia bajo la lluvia, la subida al cementerio del Espino en Soria, donde descansa ya junto a la madre, y la larga película de su enfermedad, vivida minuto a minuto, todo se agolpa hoy dentro de mí, no sé si más en el corazón que en la cabeza, y me impide escribir de ninguna otra cosa. Estoy bloqueado. Así que, por una vez, me dejo llevar por la emoción, pero conteniéndome hasta donde sea posible para no caer en la cursilería, que él tanto detestaba. Me parece necesario agradecer públicamente desde aquí las innumerables muestras de afecto y el incontable número de condolencias recibidas, y que aún me están llegando por todo tipo de conductos. He comprobado que a Delfín le quería todo el mundo. Lo he visto con mis propios ojos. He visto a hombres llorar a lágrima viva. Es el mayor consuelo y la mayor satisfacción en esta hora triste. Era un buen tipo, una buena persona, un buen cristiano, un hombre tolerante y comprensivo, que pasó por la vida haciendo el bien. No exagero. Sé lo que digo. Y a la hora de la verdad, sus compañeros, la familia y la gente del pueblo se lo han reconocido. Llevaba más de cincuenta años de cura de pueblo, cuarenta y seis de ellos en Valdeavellano de Tera. Será seguramente el último cura de este pueblo. Era un hombre culto y bien formado: licenciado en Teología y en Psicología. En los ratos libres -¡cuántos miles de horas en estricta soledad!- escribía poesía. No se me ocurre homenaje mejor que cederle hoy aquí a él, en “El canto del cuco”, la palabra. De su libro “Soria por dentro. Palabras en el tiempo”, recojo unos cuantos poemas.

VIVIR

Si vivir es un verbo intransitivo,

vivir siendo vivido” es la gozosa

certidumbre de que otro ser, no cosa,

a mí “me está viviendo y yo lo vivo”

Vivir es convivir”, sin genitivo

que urda posesión siempre engañosa.

La abeja libre volverá a la rosa

y libará su néctar no cautivo.

Convivir” es la ruta del ascenso,

abre-luz de proyectos y quimeras.

Sobrevivir” es caer en el descenso.

Vivir espacio y tiempo en mil maneras.

La vida es poliédrica. Yo pienso

que vidas con amor son verdaderas.

 

Este soneto lo puso en la contraportada del libro. El siguiente soneto se titula:

EL CAMPESINO

En el campo nací y en él resido

entre pobres, sufridos labradores;

entre robles, estepas y pastores

mi pequeña existencia ha discurrido.

Sé de campo las penas y el olvido.

Sé del frío, trabajo y sinsabores.

Conozco las tristezas y dolores

del frágil campesino incomprendido.

Con aire de ignorancia en sus modales

sentencia sabiamente la verdad,

lacónico, tenaz, desconfiado…

Por cientos de promesas tan banales

se refugia en doliente soledad.

¡Inerme campesino marginado!…

No tengo más remedio que dejar constancia aquí, para disfrute de todos, de la poesía que se titula El huerto del cura de Valdeavellano, huerto junto a la casa y la iglesia, que él cultivaba amorosamente y con gran pericia, y en el que pasó horas y horas de su vida leyendo o rezando el breviario:

El huerto del cura

de Valdeavellano

está siempre abierto

aunque esté cerrado.

Castaños fornidos,

jazmines coquetos

escoltan su entrada

por el lado cierzo.

La gente que pasa

por la carretera

no para sus mientes

que, junto a la iglesia,

el huerto rehuye

miradas ajenas.

Claustro pudoroso,

cercado de piedras,

amigo del aire,

la lluvia serena,

del sol y la nieve,

la luna y estrellas.

Al alba y la tarde,

voraces, nerviosos,

entran en bandada

gorriones y tordos.

Ordeñan las parras

sus picos golosos.

Las fresas maduras

no les dan sonrojo.

Al chirriar la puerta,

siempre vigilantes,

emprenden el vuelo

raudos y culpables.

Atusan sus picos

tras el corto viaje;

y desde el tejado

celebran su lance.

¿Cantan o protestan?

¡Cualquiera lo sabe!

(Al menor descuido

vuelven al ataque).

El viejo manzano,

portero de entrada,

ofrece su sombra,

se asoma a la tapia;

susurra a la brisa

cuando llega el alba.

Vienen las abejas,

zumban por sus ramas

y le hacen cosquillas

de sonrisa blanca.

El manzano eunuco

del rincón de abajo

daba muchas hojas

pero fruto en vano.

Ni siquiera flores.

¡Maldito castrado!

Vio cerca la sierra

destellante y loba

sin hacerle daño.

Comprendió la tregua

el manzano eunuco.

Me engañó con flores

pero no dio fruto.

(Yo no sé hasta cuándo

fría sierra loba

dejará con vida

al manzano eunuco

junto al lilo blanco…)

Al peral del pozo

le encorvan los años;

lucha por la vida

como el “operado”.

Los dos a porfía

florecen en mayo.

Si el hielo les deja

y el viento es calmado

brindan en otoño

fruto sazonado.

Admiro en los surcos

patatas que nacen:

capullos erguidos

al caer la tarde,

como ofrenda humilde,

como rezo suave…

Alubias que trepan

y abrazan las varas

y trenzan ojivas

como cien ventanas

de catedral gótica,

vegetal, alada…

Las coles ensanchan

sus hojas en brazos;

aprietan redondas

cogollos prensados.

Beben el rocío

azul-plateado

cuando llega el alba

y el sol del verano.

Frágiles lechugas,

ajos estirados

siempre en formación

como los soldados.

Frondosas cebollas,

puerros azulados;

y las zanahorias

de pelo rizado.

Coles de Bruselas,

acelgas y rábanos,

borrajas, pimientos,

tomates, garbanzos.

Perejil fragante

y un laurel enano.

También hierbabuena

y claveles blancos.

Girasoles gualdos

y maíz barbado.

Frambuesas, ciruelos,

rosales y dalias;

melocotoneros.

El lilo morado

al fin del paseo.

Gigante, lozano,

el saúco grande

que reta al castaño.

El huerto del cura

parece un muestrario,

vegetal, pequeño,

casi un relicario

de paz y sosiego

trabajo y descanso.

A la sombra amiga

del viejo manzano

se goza el silencio

y el canto del pájaro.

Lecturas y rezos

están hermanados.

El huerto del cura

de Valdeavellano

está siempre abierto

y es claustro cerrado.

¡Se pulsa la vida

con pálpito humano!

 

En fin, en este momento crucial me parece especialmente apropiado reproducir el poema titulado “BUENAS NOCHES, MI DIOS… (En la víspera de mi ordenación sacerdotal)”. Dice así:

Buenas noches, mi Dios. Hasta mañana.

Voy a ensayar la muerte una vez más;

pero Tú no te quedes en la playa,

que a bordo de mi sueño

contigo irá mi corazón remero.

Buenas noches, mi Dios. Hasta mañana.

Por unas pocas horas afiladas de estrellas

me embarco hacia alta nada,

me sumerjo en la sima del olvido.

Sigo amando la vida y tu planeta,

pero me tientan la muerte y las estrellas.

(¡Si esta densa noche de la espera

fuera, al fin, mi noche

y encontrara en su regazo y para siempre

anclar mi corazón en el Amor…!)

Buenas noches, mi Dios, hasta mañana.

Como en un blanco mar, lleno de espuma,

arriesgaré mi barca a la luz de tu mirada

hacia doradas islas cenicientas

de bruma y de imposible.

Antes de zambullirme en el olvido

inclina la cabeza y en tu frente

prenderé mi agridulce beso humano

y te pediré, en voz baja, algún juguete:

Haz que esta noche mi barquilla frágil

se pierda y amanezca para siempre

en la playa de luz de tu costado.

Entre las algas muertas de mi orilla

he dejado, Señor, mi cofre abierto

y un adorado rostro fugitivo

para marchar a tu encuentro en línea recta.

Mira, Señor, que es muy honda

la quemadura de tu ausencia

y las sirenas

subirán a hacerme guiño en las estrellas.

Vigila, Tú, mi sueño en esta noche.

Así hasta el alba.

Hasta que el lucero alumbre

tu rostro entre mis manos.

Buenas noches, mi Dios, hasta mañana…

Buenas noches, mi hermano, hasta mañana.

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