EN LA CASA DE MIGUEL HERNÁNDEZ

por elcantodelcuco

En la tarde del Sábado Santo visité en Orihuela la casa donde vivió el poeta Miguel Hernández, fallecido de tuberculosis en el hospital de la cárcel de Alicante hace setenta y cinco años, el 28 de marzo de 1942, después de librarse de la pena de muerte a la que fue condenado por sus ideas políticas. Tenía 31 años. En plena guerra, en 1937, se había escapado del frente para casarse con Josefina Manresa, de la que tuvo dos hijos: Manuel Ramón, que vivió sólo unos meses, y Manuel Miguel, al que le dedicó desde la prisión el famoso poema “Nanas de la cebolla”, a raíz de recibir una carta de su mujer, en la que le decía que no tenían para comer más que pan y cebolla, y que comienza así:

La cebolla es escarcha

cerrada y pobre.

Escarcha de tus días

y de mis noches.

Hambre y cebolla,

hielo negro y escarcha

grande y redonda.

Desde mi juventud, cuando lo encontré encabezando la magnífica “Antología de la nueva poesía” de José Luis Cano, sentí devoción por este poeta que había sido cabrero y que se malogró prematuramente. El aprecio por el joven poeta de Orihuela, víctima de la guerra, la barbarie y la fatalidad, ha ido aumentando con los años. Para mí ha sido siempre un poeta cercano, no sólo por llamarse Hernández, sino porque me parecía un poeta del pueblo, de los de abajo, de los humildes, de los campesinos. No era difícil sentirse identificado con él repasando su vida y leyendo sus versos en los que la vida se refleja como en un espejo. Hace muchos años le llevé a mi hermano un cuadro en el que figuran unos versos suyos, que mi hermano ha tenido siempre, hasta su muerte, en lugar destacado de su despacho. Dicen:

Vientos del pueblo me llevan,

vientos del pueblo me arrastran,

me esparcen el corazón

y me aventan la garganta.

Su padre, que también se llamaba Miguel, lo sacó pronto de la escuela, cuando empezaba el bachillerato en el colegio de Santo Domingo, cercano a su casa, y lo mandó cabrero. De nada sirvieron los ruegos de los jesuitas, que regían el colegio -una inmensa mole de piedra-, que le ofrecieron una beca porque detectaron enseguida el talento de aquel muchacho. Su padre era tratante de ganado, sobre todo de cabras, la familia era numerosa y los tiempos no eran fáciles. Así que el chico debía olvidarse de los estudios y colaborar al sostenimiento de la casa. Es exactamente lo que yo vi de niño en Sarnago y en los demás pueblos de la comarca. Aunque tuvieran un gran talento, cuando los niños y las niñas dejaban la escuela a los catorce años, les esperaba el garrote de pastor o, a ellas, ir de niñeras o de criadas. ¡Dios mío, cuánto talento perdido! Así que el joven Miguel, en 1925, recién entrado en la pubertad, -había nacido el 10 del 10 de 1910- tuvo que coger el zurrón y ponerse al frente de la cabrada por las breñas del monte San Miguel a la espalda de su casa, lejos de los naranjales. Fueron cinco años largos de cabrero. Por la mañana, antes de soltar la cabrada, tenía que recorrer las casas llevando las cantarillas de leche recién ordeñada.

Pero el muchacho no se rinde. Lleva el zurrón lleno de libros. Muchos se los presta su amigo Luis Almarcha, un cura que, con el tiempo, llegaría a ser obispo de León y que, con José María de Cossío, el de la enciclopedia de “Los Toros”, intercede por él e impiden que lo fusilen al acabar la guerra. Mientras cuida el rebaño, Miguel lee vorazmente y escribe sus primeros poemas. Es un autodidacta, como muchos hijos de campesinos que destacaron en las letras o en el comercio. Hasta le dan un premio literario a los 20 años, el único de su vida. Cuando va a recogerlo, con la ilusión de llevar a casa un poco de dinero, sólo recibe una escribanía de plata. Después vendrían sus obras imperecederas: “Perito en lunas”, “El rayo que no cesa”, “Vientos del pueblo”, etcétera. A mí siempre me ha impresionado su “Elegía a Ramón Sijé”, que termina con aquella estrofa:

A las aladas almas de las rosas

del almendro de nata te requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas,

compañero del alma, compañero.

Visitando la casa en que vivió, he comprendido mejor el origen y el sentido de estos otros versos del mismo poema:

Volverás a mi huerto y a mi higuera:

por los altos andamios de las flores

pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.

Volverás al arrullo de las rejas

de los enamorados labradores.

La casa, llena de fotografías, recuerdos y humildes muebles y objetos de la época, lo dice casi todo. Es una casa sencilla de una sola planta en las afueras del pueblo, cerca del palmeral, en la falda del monte de San Miguel. La calle, ahora dedicada al poeta, se llamaba calle de Arriba. La casa es una obra de mampostería, como las de Sarnago, con refuerzos en sillería para las puertas y ventanas. Consta de dos crujías paralelas: delante el comedor y la salita de estar, y detrás, la cocina y los dormitorios -me detuve en el sencillo dormitorio del poeta con una cama de hierro que compartía con su hermano- además de un altillo para el pajar, al que se subía con escalera de mano desde el patio. El suelo de la casa, ahora enlosado, era de tierra. En el patio, en parte ajardinado, con macetas con flores y una buganvilla en el rincón, está el pozo y la pila de piedra para lavar. Al lado, un cobertizo con leñera y un retrete rudimentario. Y, al fondo, separado por una verja azul de madera, el corral para las cabras y las gallinas. Detrás, por una pequeña puerta se accede al pequeño huerto, “paraíso local (…) donde mi vida pasa / calmándole la sed cuando le abrasa”. En el huerto, un reducto de paz donde el poeta escribía, destacan la morera y la higuera. Apoyado en esta última, Miguel Hernández confiesa:

Mi carne, contra el tronco, se apodera,

en la siesta del día

de la vida, del peso de la higuera,

¡tanto!, que se diría,

al divorciarlas, que es la carne mía.

A la puesta del sol, dejé la casa-museo, ahora propiedad municipal. Por la calle desfilaban, espantando a las golondrinas, las distintas bandas de música camino del Santo Entierro. Yo salía cargado de paz interior.

Anuncios