LA FONDA DE SAN PEDRO MANRIQUE

por elcantodelcuco

Me escribe Santiago Valdazo Munilla, natural de San Pedro Manrique, nacido en la fonda “El Comercio”, que todo el mundo conocía por “La Fonda”, regida por su familia desde 1911 y que cerró en 1951. Me dice que ha leído mi libro “Historias de la Alcarama”, que ha supuesto para él “una experiencia hermosa, emotiva”, y me adjunta un minucioso relato en el que aporta datos y detalles de primera mano al hilo de lo narrado por mí. Su aportación me parece muy valiosa y he creído que no la podía echar en saco roto. Supongo que los lectores interesados en esas historias mías de las Tierras Altas de Soria lo agradecerán. Así que voy a recoger aquí algunas de las curiosidades para que no se pierdan en el olvido. Son el reflejo de una época.

Se extraña, de entrada, Santiago Valdazo de que en este libro me ocupe de la fonda de la Cuatrena y no mencione la suya. Esta omisión sólo se explica por mi mala cabeza y por la amistad y la familiaridad de la tía Juana, la Cuatrena, con mi madre, que convertía su casa en parada habitual, lo mismo que el comercio del tío Perico. Pero hay que dejar constancia de la relevancia de “La Fonda”, situada en el centro de “La Cosa”, la explanada de los comercios donde se instalaba la feria y el mercado de los lunes, como centro de la vida social del pueblo y de la comarca. Era posada y casa de comidas. Por ella pasaban no sólo arrieros y tratantes que venían al mercado, como el tío Domingo, “El Mingarra”, de Sarnago, un habitual según cuenta, sino los que se hospedaban en ella. Este fue el caso del padre del protagonista de esta historia, también llamado Santiago Valdazo, que vino de fuera en 1928, cayó por “La Fonda”, se enamoró de Saturnina, la hija de los dueños, y se casaron. Hasta la boda, como exigían las buenas costumbres de la época, se fue a vivir a casa de su amigo Faustino Aragón, “El Rebote”, el dueño del molino, que tenía a la entrada una gran morera de moras gordas y dulcísimas, que yo disfruté hasta ponerme perdido cada vez que me mandaron con una carga de trigo al molino.

A la puerta de “La Fonda”, junto a la primera acacia, cerca de la farmacia, paraba siempre el coche de linea, un Opel de veinte plazas, con matrícula de 1932, que conducía Santiago. El carromato hacía el recorrido hasta el chozo de Huérteles, donde empalmaba con “La Exclusiva”, empresa de Gonzalo Ruiz, un Reo Speed Wagon, que unía Soria con Calahorra, por el puerto de Oncala, y que conducían, con grandes penalidades, “el Inés” y, en sentido contrario, “el Perico”. No hace falta recordar que en ellos discurrieron los viajes de mi infancia. Santiago tenía además un coche de punto, primero un Hispano-Suiza, que había sido de la Casa Real y luego un viejo Ford, que competía con el Crysler del Godo, que rara vez llegaba a su destino sin sufrir algún percance en el motor o en las ruedas. Cuenta Santiago Valdazo Munilla, el hijo del conductor, que cuando llegaba en el coche de línea “el Macarrón”, temido delegado en toda la comarca, él salía disparado hasta el molino de “El Rebote” y daba el queo. Desde allí se comunicaba inmediatamente al resto de los molinos, a lo largo del río Linares, hasta el del tío Juan, para que pusieran la harina a buen recaudo y no la requisaran los delegados, y pronto se corría la voz por los pueblos de la comarca -¡que vienen los delegados!- para que las gentes guardaran a toda prisa en escondrijos la harina el aceite y el pan blanco.

El viejo autobús era la estrella en los días de mercado, tanto a la salida como a la llegada. A un niño de Sarnago, como yo, que nunca había visto un automóvil en el pueblo, aquel carromato moviéndose entre la gente y los puestos de cerdos, gallinas y cabritos, le impresionaba. En este capítulo del mercado, el corresponsal de estas memorias recuerda la compra de las primeras zapatillas del verano en la tienda del tío Marcelino, la llegada de la “tía Reloja” de Arnedo con verduras y pescado, los “Garnica” de Soria, los cochineros con sus blusas negras, los tratantes de muletos, “El Cuatrena”, los dos esquiladores de caballerías, situados junto al frontón, uno en cada esquina bajo las acacias, que escribían encima del rabo de los animales con cortes de tijera “Viva mi amo”, el capador con su chiflo, los comediantes, el sacamuelas… Uno de los primeros coches del pueblo fue el Ford de don Higinio, el médico, pero se lo requisaron para el frente en 1936. Por eso tuvo que llegar a Sarnago a caballo un día frío de noviembre, nevando, a atender a mi madre en el parto en el que yo vine al mundo. Ahora he sabido -he pasado la vida deseando conocer detalles de la vida de este hombre tan ligada a la mía- que se llamaba don Higinio Ayala Mesanza, que llegó a San Pedro en 1930 y que se hospedó en “La Fonda”. Vivió allí hasta 1933, año en que la familia se trasladó a una casa. Tuvieron tres hijos. En 1944 se fue a Aspe (Alicante) y le sustituyó don Manuel, todo un carácter, que acostumbraba a parar en nuestra casa. Había además otro médico, don Epifanio Hernández. Su hija, doña Nuncia, fue maestra en La Ventosa, vive en Garray y acaba de cumplir cien años.

Me cuenta también que la madre de don Luciano, un sacerdote nacido en Acrijos, amigo mío, murió en “La Fonda” después de sufrir un día de mercado un par de coces de un burro. También recuerda que su hermano, desobedeciendo a su madre, se acercó a ver el cadáver de la “tía Moña” de La Ventosa, que se ahogó en un charco del Palenque, y tanto le impresionó aquella mujer que llegó a “La Fonda” corriendo y se escondió, aturdido y aterrado, debajo de la cama. A propósito de los entierros, evoca sus tiempos de monaguillo, tocando las campanas o llevando la cruz alzada o el acetre del agua bendita. “Me impresionaba el silencio, el respeto de la gente y su manera pulcra de vestir”, dice. Y cuenta algo de lo que yo no tenía noticia: “El trozo de la calle del muerto no se barría en una semana”.

Santiago Valdazo Munilla aporta otras historias dignas de ser contadas, entre ellas un relato de cuando la guerra que merece capítulo aparte. Hoy nos quedamos con el trasiego de “La Posada”, observatorio privilegiado de la vida del pueblo y memoria de un tiempo que no volverá.

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