El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: mayo, 2017

EL TRANSFORMADOR TRANSFORMADO

Mi calle de Sarnago ha aparecido retratada en “Le Monde”, prestigioso periódico francés, ilustrando un reportaje titulado “La Laponia española quiere salir del abandono”. La foto está tomada desde la placetuela, de abajo a arriba, formando con la barrera de las paredes de piedra una especie de túnel del tiempo. Algo llama enseguida la atención: la presencia de un gato cruzando la calle en un pueblo deshabitado. El pie de foto no puede ser más explícito: “En el pueblo de Sarnago (provincia de Soria), enfrentado a un éxodo rural masivo”. ¡Y tan masivo! ¿De dónde habrá salido el gato? Es la única señal de vida en el escenario. Lo de la Laponia española quedó explicado en la anterior entrada del blog sobre la muerte de los pueblos. Se trata de una amplia región cada vez más desértica, que ocupa el corazón de España, entre la indiferencia de los poderes públicos. “Enclavada en el norte de la península ibérica -arranca “Le Monde”-, la comarca presenta una de las más bajas densidades de población de la Unión Europa”. Así es. La comarca de las Tierras Altas de la Alcarama, con docenas de pueblos muertos y menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado, se lleva la palma de la desertización. Además del diario de París, distintos e importantes periódicos de lejanos lugares del mundo, de Oriente y de Occidente, se han interesado últimamente por el llamativo caso, del que “El canto del cuco” lleva más de cinco años dando cuenta como quien manda llover.

Y, sin embargo, en Sarnago la vida sigue. Me parece que este lugar donde nací se ha convertido en todo un símbolo de resistencia a la muerte de los pueblos deshabitados o a punto de quedar vacíos. Un ejemplo para muchos. Un esfuerzo inútil para otros. Un orgullo para los que somos de allí. Es verdad que los cuatro kilómetros del camino que arranca en el puente de San Pedro siguen sin asfaltar a pesar de todas las promesas del alcalde sampedrano y de la Diputación. También es desolador contemplar las ruinas de la iglesia. Todo el mundo espera que la llegada del nuevo obispo, un riojano de Autol con fama de abierto y comprensivo, facilite de una vez con ánimo cristiano los trabajos de reconstrucción.

La última reseña de actividades promovidas por la Asociación, que preside José Mari Carrascosa, no deja lugar a dudas de que aún hay vida: Se ha presentado el libro de Isabel Goig sobre la Virgen del Monte Seces, “mucho más que una ermita”, un lugar mágico, rodeado de historia y de misterio, en el que pasé horas felices de mi infancia y del que me ocupo con algún detenimiento y la dosis justa de fantasía en “Leyendas de la Alcarama”. En cierta medida me cabe el honor de haber descubierto este curioso cenobio con sus últimos santeros convertido con el paso del tiempo en ruinosas majadas. También es digno de ser destacado en esta crónica el hecho de que en Sarnago se ha celebrado por segundo año consecutivo el Día del Árbol, como cuando entonces, plantando por lo vecinos, llegados de fuera para la ocasión, diferentes especies de árboles autóctonos bajo la dirección de José C. Santana, doctor ingeniero agrónomo. Es un acto de alto contenido ecológico y cultural. Acaso una rebelión callada y una voluntad de permanencia. Se procura así restablecer en lo posible la floresta original, destruida en los años sesenta con la masiva plantación de pinos, causa inmediata de la despoblación.

Pero hay más. Estos días de finales de mayo -que por mayo era, por mayo,/ cuando hace la calor, / cuando los trigos encañan / y están los campos en flor- se lleva a cabo en el pueblo una nueva hacendera. Las gentes acuden a arrimar el hombro para arreglar caminos, calles, fachadas o lo que se tercie, en un trabajo comunitario, sin ayudas oficiales, para hacer más habitable el lugar y demostrar la voluntad de supervivencia. Acuso, en fin, recibo de una impulso estrella. Sarnago se ha incorporado a la iniciativa de una ruta turística, promovida por la Mancomunidad de Tierras Altas, bajo el eslogan “Conquistando Soria, asómate a Tierras Altas”, y lo ha hecho con un precioso y colorista mural pintado en el viejo transformador de la luz, a la entrada del pueblo, bajo el letrero: “Tierra de nadie, (tierra) de TODOS”. Los caminantes que se aventuren por estos solitarios e impresionantes lugares deshabitados, en los que manda el silencio y en los que aún pueden contemplarse los últimos vestigios de Naturaleza virgen, recibirán un pasaporte especial, en el que se reconocerá su meritoria aventura. Y, de este modo, el viejo transformador se transforma en luminosa señal para viajeros curiosos. Todo un detalle de adaptación a los tiempos, de resistir transformándose. O, más humildemente, se trata al menos, como dice “Le Monde”, de intentar salir del abandono.

¡LOS PUEBLOS SE MUEREN!

La mitad de los municipios españoles están en riesgo de extinción. Lo acaba de proclamar, con los datos en la mano, la Federación de Municipios y Provincias, que, por fin, parece tomar cartas en el asunto. Por primera vez se califica de “problema de Estado” el envejecimiento del mundo rural y la galopante despoblación de la España interior. Y por fin se solicita un plan nacional, con apoyo europeo, para restablecer el equilibrio demográfico y la vertebración del país. En esta España invertebrada, las dos Castillas y Aragón, inmovilizados, tienen quebrado el espinazo mientras vascos y catalanes piden, insaciables, más dinero al Estado y mejores transportes. La desaparición de un pueblo no es menos grave que la desaparición de una rara especie animal o vegetal. Y ahora están en trance de morir, según los datos oficiales, 4.000 de los 8.000 pueblos de España entre la indiferencia general. Si uno se acerca a uno de estos pueblos y, con suerte, se tropieza con alguien en la calle y le saca la conversación, oirá enseguida la frase fatídica: “Aquí cada vez somos menos y más viejos”. Esa es la tremenda realidad.

Los datos del desequilibrio son apabullantes. En el 60 por ciento del territorio nacional sólo viven seis millones de personas. Hay una macrorregión natural que algunos expertos llaman la “serranía celtibérica”, y que bien podría considerarse el corazón de España, que se ha convertido en el mayor desierto demográfico. Se extiende por nueve o diez provincias: Soria, Teruel, Guadalajara, Cuenca, parte de Valencia y Castellón, Burgos, Segovia, la Rioja… Si no se pone remedio urgente, esta región central está condenada a la extinción. La situación más desesperada es la de Soria, que en esto se lleva la palma. Poco más de noventa mil habitantes censados en toda la provincia, disminuyendo de año en año y con peligro cierto de desaparecer administrativamente como entidad provincial. Y, sobre todo, la comarca de las Tierras Altas, poblada de pueblos despoblados -¡qué contradicción!- y donde el número de habitantes, menos de dos por kilómetro cuadrado, es menor que en el Sáhara. O sea, puro desierto. En la amplia extensión de la “serranía celtibérica”, con algo más de 60.000 kilómetros cuadrados -doble que Bélgica- , no viven más de 450.000 almas. Alguien ha calificado lo que está ocurriendo de “etnocidio silencioso” y puede que no le falte razón.

Esto no se arregla con habilidosos reportajillos hilvanados sobre la España vacía con pretensiones literarias. Hay que reclamar por todos los medios, como ha indicado la Federación Española de Municipios y Provincias, una política de Estado con un plan nacional completo contra la despoblación rural. Estamos ante una situación de emergencia que exige medidas extraordinarias y urgentes como en cualquier catástrofe natural. Ese plan ha de incluir exenciones fiscales a las empresas que se instalen en ese territorio, mejora sustancial de las comunicaciones por carretera y por ferrocarril, estímulos a los profesionales jóvenes -maestros, médicos, veterinarios, ingenieros agrónomos y de montes, programadores informáticos, animadores culturales, etcétera- que se trasladen allí, como hacen en Australia, reapertura de escuelas, de consultorios médicos y de cuarteles de la Guardia Civil. El reparto de la financiación autonómica ha de tener especialmente en cuenta el hecho de la despoblación. El Estado debe suplir la falta de iniciativa privada y estimularla. La brecha digital, la desaparición de líneas de autobuses, y el cierre de las tabernas, de las panaderías, de las gasolineras y de las sucursales bancarias no hacen más que acelerar la agonía de los pueblos, que se sienten abandonados del Estado y dejados de la mano de Dios. Es preciso mantener, con las subvenciones que sean precisas, los servicios esenciales de la comunidad. Un equipo de expertos, con el respaldo de las fuerzas políticas, sindicatos, entidades religiosas, empresarios, intelectuales, etcétera, deberían ponerse ya manos a la obra en busca de este gran proyecto global que evite el desastre al que nos encaminamos.

No todo está perdido. Algo se mueve. Crece la conciencia social y los más lúcidos dirigentes políticos, como el presidente de Castilla y León, principal región afectada, y los miembros de la Federación Española de Municipios y Provincias, dan muestras de empezar a hacerse cargo del problema, puede que el más grave problema de Estado ahora mismo, el que está provocando el mayor drama social. Basta con recorrer la calle de cualquiera de estos pequeños pueblos agonizantes un día de estos. Personalmente no me considero un visionario, pero creo que hay otros indicios esperanzadores. Con la revolución industrial y, más adelante, con la mecanización del campo dejó de haber trabajo en el mundo rural y ocurrió el gran éxodo de las gentes del pueblo a la ciudad. Ahora asistimos a una nueva revolución -informática, biológica, robótica…- que también va a cambiar radicalmente nuestra forma de vida. Gran parte del empleo que ha convertido a las ciudades en enjambres humanos se va a acabar. Harán el trabajo las nuevas máquinas. Con las nuevas tecnologías cada vez más se trabajará a distancia. Esto empujará a la ordenada vuelta a los pueblos, debidamente puestos al día, de miles y miles de habitantes de la ciudad. En este flujo y reflujo la vida volverá a empezar cerca de la Naturaleza. Se iniciará, si es que no está ocurriendo ya, lo que mi amigo Gustavo Martín Garzo llama hoy, en un artículo del periódico, la búsqueda del hogar perdido.