¡LOS PUEBLOS SE MUEREN!

por elcantodelcuco

La mitad de los municipios españoles están en riesgo de extinción. Lo acaba de proclamar, con los datos en la mano, la Federación de Municipios y Provincias, que, por fin, parece tomar cartas en el asunto. Por primera vez se califica de “problema de Estado” el envejecimiento del mundo rural y la galopante despoblación de la España interior. Y por fin se solicita un plan nacional, con apoyo europeo, para restablecer el equilibrio demográfico y la vertebración del país. En esta España invertebrada, las dos Castillas y Aragón, inmovilizados, tienen quebrado el espinazo mientras vascos y catalanes piden, insaciables, más dinero al Estado y mejores transportes. La desaparición de un pueblo no es menos grave que la desaparición de una rara especie animal o vegetal. Y ahora están en trance de morir, según los datos oficiales, 4.000 de los 8.000 pueblos de España entre la indiferencia general. Si uno se acerca a uno de estos pueblos y, con suerte, se tropieza con alguien en la calle y le saca la conversación, oirá enseguida la frase fatídica: “Aquí cada vez somos menos y más viejos”. Esa es la tremenda realidad.

Los datos del desequilibrio son apabullantes. En el 60 por ciento del territorio nacional sólo viven seis millones de personas. Hay una macrorregión natural que algunos expertos llaman la “serranía celtibérica”, y que bien podría considerarse el corazón de España, que se ha convertido en el mayor desierto demográfico. Se extiende por nueve o diez provincias: Soria, Teruel, Guadalajara, Cuenca, parte de Valencia y Castellón, Burgos, Segovia, la Rioja… Si no se pone remedio urgente, esta región central está condenada a la extinción. La situación más desesperada es la de Soria, que en esto se lleva la palma. Poco más de noventa mil habitantes censados en toda la provincia, disminuyendo de año en año y con peligro cierto de desaparecer administrativamente como entidad provincial. Y, sobre todo, la comarca de las Tierras Altas, poblada de pueblos despoblados -¡qué contradicción!- y donde el número de habitantes, menos de dos por kilómetro cuadrado, es menor que en el Sáhara. O sea, puro desierto. En la amplia extensión de la “serranía celtibérica”, con algo más de 60.000 kilómetros cuadrados -doble que Bélgica- , no viven más de 450.000 almas. Alguien ha calificado lo que está ocurriendo de “etnocidio silencioso” y puede que no le falte razón.

Esto no se arregla con habilidosos reportajillos hilvanados sobre la España vacía con pretensiones literarias. Hay que reclamar por todos los medios, como ha indicado la Federación Española de Municipios y Provincias, una política de Estado con un plan nacional completo contra la despoblación rural. Estamos ante una situación de emergencia que exige medidas extraordinarias y urgentes como en cualquier catástrofe natural. Ese plan ha de incluir exenciones fiscales a las empresas que se instalen en ese territorio, mejora sustancial de las comunicaciones por carretera y por ferrocarril, estímulos a los profesionales jóvenes -maestros, médicos, veterinarios, ingenieros agrónomos y de montes, programadores informáticos, animadores culturales, etcétera- que se trasladen allí, como hacen en Australia, reapertura de escuelas, de consultorios médicos y de cuarteles de la Guardia Civil. El reparto de la financiación autonómica ha de tener especialmente en cuenta el hecho de la despoblación. El Estado debe suplir la falta de iniciativa privada y estimularla. La brecha digital, la desaparición de líneas de autobuses, y el cierre de las tabernas, de las panaderías, de las gasolineras y de las sucursales bancarias no hacen más que acelerar la agonía de los pueblos, que se sienten abandonados del Estado y dejados de la mano de Dios. Es preciso mantener, con las subvenciones que sean precisas, los servicios esenciales de la comunidad. Un equipo de expertos, con el respaldo de las fuerzas políticas, sindicatos, entidades religiosas, empresarios, intelectuales, etcétera, deberían ponerse ya manos a la obra en busca de este gran proyecto global que evite el desastre al que nos encaminamos.

No todo está perdido. Algo se mueve. Crece la conciencia social y los más lúcidos dirigentes políticos, como el presidente de Castilla y León, principal región afectada, y los miembros de la Federación Española de Municipios y Provincias, dan muestras de empezar a hacerse cargo del problema, puede que el más grave problema de Estado ahora mismo, el que está provocando el mayor drama social. Basta con recorrer la calle de cualquiera de estos pequeños pueblos agonizantes un día de estos. Personalmente no me considero un visionario, pero creo que hay otros indicios esperanzadores. Con la revolución industrial y, más adelante, con la mecanización del campo dejó de haber trabajo en el mundo rural y ocurrió el gran éxodo de las gentes del pueblo a la ciudad. Ahora asistimos a una nueva revolución -informática, biológica, robótica…- que también va a cambiar radicalmente nuestra forma de vida. Gran parte del empleo que ha convertido a las ciudades en enjambres humanos se va a acabar. Harán el trabajo las nuevas máquinas. Con las nuevas tecnologías cada vez más se trabajará a distancia. Esto empujará a la ordenada vuelta a los pueblos, debidamente puestos al día, de miles y miles de habitantes de la ciudad. En este flujo y reflujo la vida volverá a empezar cerca de la Naturaleza. Se iniciará, si es que no está ocurriendo ya, lo que mi amigo Gustavo Martín Garzo llama hoy, en un artículo del periódico, la búsqueda del hogar perdido.

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