YA NO QUEDAN ANIMALES

Cuando yo era niño, los animales vivían en los bajos de la casa, salvo los gatos que tenían libertad para andar por la cocina y la sala de estar, recorrer los pasillos, rondar de noche por los tejados y parir en el somero. El grito de las gatas en celo semejaba en la madrugada el llanto de un niño. Los gatos eran unos privilegiados. En invierno ronroneaban en la chapa junto a la lumbre y arqueaban el lomo de gusto cuando les pasábamos la mano por encima. A la gata recién parida la abuela le daba un tarro de sopas de leche. El domicilio de los perros era el portal, el corral y la calle, donde ejercían el amor libre y se retaban a ladridos entre ellos, sobre todo por la noche. Tenían prohibido traspasar la puerta de la escalera que subía al piso de arriba. A cambio recibían las sobras de la comida, siempre escasas, y algún corrusco de pan duro. Acompañaban a los hombres y a las caballerías a la pieza, al monte o a la huerta. Resultaban imprescindibles para el cazador aunque no resistieran en el cazadero la muestra de la codorniz y menos la de la liebre encamada o la perdiz corrida a peón. Y no eran menos imprescindibles los perros de ganado para el pastor o el cabrero. Todos eran animales sin raza definida, fruto del mestizaje. El “Reverte” del tío Casimiro era el más peligroso si entrabas en el callejón. No llevaban correa ni los visitaba el veterinario. Nadie los bañaba. Pero eran libres. Se lavaban en las charcas o en el río, o con la lluvia. Ladraban a la luna y les asustaba especialmente el volteo de las campanas.

La cuadra, al fondo del portal, era el espacio de las caballerías: los machos, los caballos, las yeguas y, si se terciaba, el humilde borrico y el muleto. Cada uno disponía de su pesebre particular, donde recibía la paja y el pienso correspondiente, cebada o avena mayormente. Pero también, en el buen tiempo, el regalo de una fragante gavilla de hierba o de esparceta. La último obligación del campesino antes de irse a dormir era bajar a la cuadra con el candil en la mano y apiensar a las caballerías después del duro trabajo del día arrastrando el arado, acarreando leña o tirando del trillo. Abrevaban en el pilón de la fuente o, durante el verano, en el bebedero del final del ejido. Muchas veces me tocó de niño llevar los caballos al bebedero y en más de una ocasión conducirlos con una carga de trigo al molino o soltarlos en la dula. En el pueblo todo el mundo, hombres y mujeres, niños y viejos, colaborábamos en las tareas comunes según las posibilidades de cada uno. Estas que digo y el acarreo de la mies a la era solían ser tareas encomendadas a los muchachos. Desde pequeños aprendimos a montar a pelo y a enfrentarnos a las dificultades. Nuestra relación con los animales era de una gran familiaridad. Mirando ahora hacia atrás compruebo que, junto con los perros, los caballos formaron parte simbólica y fundamental de mi vida. Sus nombres no se me han olvidado.

En los rincones de la cuadra habitaban los cerdos en sus pocilgas, construcciones rudimentarias con techumbre baja y suelo de paja. Una de las zahúrdas estaba destinada a la cochina paridera y la otra a los cebones de la matanza. El gruñido formaba parte de la música animal de la casa. Más de una noche pasé con mi madre en la cochinera procurando que la cochina recién parida no aplastara a alguno de los tetones de la lechigada. Si hubiera que elegir un animal sagrado para aquellos campesinos, ese sería el cerdo, del que se aprovechaba todo y daba sustento a los de la casa todo el año. Y la venta de marciles y tetones al cochinero de la blusa negra proporcionaba una renta nada despreciable en aquella economía de penuria. En la misma orilla de la cuadra estaban los nidales y los payos de las gallinas. Recuerdo la fruición de meter la mano en el nidal y toparme con el huevo recién puesto, aún caliente. Las gallinas tenían libertad para andar por los bajos de la casa, por el corral y por las herrañes comiendo gusarapos y, cada mañana, recibían una rociada de trigo en el portal. El cacareo de las gallinas ponedoras y el canto del gallo al amanecer forman también parte de los sonidos inolvidables de la infancia.

En mi casa de Sarnago, la majada de las ovejas y de las cabras, que convivían en buena armonía, estaba entre la cuadra y el pajar. Otros vecinos disponían de tainas aparte. La majada con olor a sirle y a heno seco era, aparte de la cocina, en lo más crudo del invierno, con el ganado encerrado, el lugar más cálido de la casa. Allí pasé, envuelto en el vaho animal, las horas muertas viendo parir a las ovejas y ayudando a los frágiles caloyos a que se agarraran a mamar por vez primera. Me gustaba especialmente depositar la esparceta en los zarzos y las berzas picadas, en las canales. Por la mañana pronto, mi madre o la abuela bajaban a ordeñar las cabras, que proporcionaban el desayuno para la familia. Siempre he creído que las Tierras Altas, centro de la Mesta, son sobre todo, lugar propicio para la ganadería, ahora prácticamente inexistente. Pocas imágenes más gratificantes que contemplar el rebaño desde la casa como una alfombra ondulante bajando por la calle entre el tintineo de los cencerros.

Esta evocación del mundo animal, como componente esencial de la vida rural, que tanto influyó en mi vida y en la vida de mi generación, contrasta con la desaparición de los animales en los pueblos, donde ya no hay caballerías por los caminos ni rebaños en los campos y de donde se van hasta los gorriones, y, sobre todo, con la pérdida de contacto animal de las nuevas generaciones en la ciudad, salvo las pobres mascotas. Y, por si faltaba algo, ahí está el fervor desaforado de los animalistas, que, exaltando a los animales, pueden acabar rebajando la condición humana. De mí puedo decir que la relación con los animales, incluida la caza, me hizo más humano. Y, como acaba de escribir Fernando Savater, la desaparición de los animales de nuestra cotidianidad refleja la paulatina postergación del mundo rural.