El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: agosto, 2017

LA CASA DE SARNAGO

Vengo de Sarnago. He vuelto al pueblo. Nunca había sentido por dentro un cruce de emociones tan enfrentadas como esta vez. Era la fiesta. Las calles y la plaza estaban llenas de gente y eso choca en un pueblo oficialmente deshabitado. Sonaba la música. Subían las móndidas y el mozo del ramo, calle arriba, en procesión hasta el pórtico de la iglesia derruida, donde “Toño”, el cura, decía la misa de San Bartolomé. En las esquinas de la plaza remozada había mesitas hospitalarias con rosquillos y moscatel para los visitantes. Llovía ligeramente. “El País” publicaba ese día, firmado por Sergio del Molino, un buen reportaje sobre Sarnago sin mencionarme. El detalle servía para bajarme los humos justo el día en que la gente del pueblo, por iniciativa de José Mari Carrascosa, el presidente de la Asociación, me homenajeaba colocando una placa con mi nombre y la reseña de mis libros en la vieja casa donde nací. Lo agradecí de veras, pero no pude evitar pensar que este tipo de homenajes se hace siempre al final del trayecto.

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Mis viejos compañeros de la infancia se me acercaban para felicitarme en voz baja y, a la vez, darme el pésame por la muerte de mi hermano Delfín. Todo se juntaba dentro mientras fuera la gente estaba alegre, abundaban los forasteros -”soy el hijo del Mario de San Pedro”, “mira, el Dioni de Fuentes”…-, seguían sonando el tambor y las dulzainas y arreciaba la lluvia. En momentos así la ausencia del hermano y las demás ausencias pesan abrumadoramente. Uno nota que se van perdiendo las referencias. Ni siquiera tuve el valor de llevar la llave en el bolsillo y entrar en la casa atravesando la maleza que se ha ido apoderando de la entrada, con el portalón caído. Y, sin embargo, de entre esas referencias imperecederas, casi sólo queda ya la casa, a ver cuánto resiste en pie, y las campanas, depositadas en el suelo del portal de la escuela. Instintivamente me apoyé en la campana grande que tantas veces toqué de niño y que, además de convocar a los oficios religiosos, era entonces el principal medio de comunicación de los vecinos. Hasta servía para ahuyentar las “tormentas que traían ruido”.

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Los asociados celebramos asamblea general, como está mandado, en la que se dio cuenta de lo que se ha hecho -Sarnago se ha convertido en modelo para los pueblos que se resisten a morir- y se acordó, entre otras cosas, seguir con las hacenderas. Esta labor “autogestionaria”, de fuerte arraigo tradicional, ha despertado la curiosidad de los medios de comunicación españoles y de medio mundo. Hasta las autoridades empiezan a ser conscientes de ello. Ahora se espera que la Diputación asfalte de una vez el camino y el obispo dé su bendición para levantar la iglesia. En la plaza colocaron mientras tanto mesas con el aperitivo -¡oh, esos champiñones de Navarra!- y llegó el momento programado del descubrimiento de la placa en la fachada de la casa. Allí estaban presentes , en tan señalado momento, Pilar, mi mujer, una amplia representación de mis hijos y hasta Roque y Manuela, dos de mis nietos. Me acompañaron el alcalde y el teniente alcalde del Ayuntamiento de San Pedro Manrique, al que ahora pertenece el caserío de Sarnago, lo que otorgó al acto una cierta solemnidad. Seguía la lluvia. Yo, tras dar las gracias, leí entonces con voz temblorosa un soneto escrito para la ocasión, titulado “La casa de Sarnago”, que ofrezco a continuación:

 

Aquí nací, un día que nevaba,

a la luz de un candil, mientras España,

presa del odio, en la tela de araña

de la guerra civil se desangraba.

 

Dentro de estas paredes yo llegaba

entonces a la luz. ¿A quién le extraña

que bendiga hoy aquí la buena entraña

de mi madre, que tanto amor me daba?

 

Y de pronto las piedras cobran vida,

cuando se acerca el fin de la aventura,

con sabor a laurel y a despedida.

 

Ya no cantan los gallos, algo pasa…

Os desea la paz sin amargura

el último nacido en esta casa.

 

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REENCUENTRO CON UN DIARIO DE LA INFANCIA

(No sé si esta entrada tan larga y tan especial despertará algún interés entre los asiduos del blog. Se trata de la conferencia que di el día 4 de agosto en el Centro Internacional Antonio Machado de la Fundación Duques de Soria. Fue el cierre del ciclo sobre “Literaturas laterales. Los diarios literarios”, bajo la iniciativa de José Ángel González Sáinz en colaboración con la Universidad de Alcalá, representada por el profesor Antonio Fernández Ferrer, director del curso. Esto me dio ocasión para reflexionar sobre mis libros de la Alcarama, especialmente sobre “El caballo de cartón”, y hacer una especie de confesión general. Es como si me hubiera desnudado por dentro. Juzguen ustedes, si tienen la paciencia de leer hasta el final).

Comenzaré, para entendernos, con un toque de realismo mágico. “El caballo de cartón” empieza así:

Al entrar en el pueblo me pareció oír el relincho de un caballo. Era imposible. Hacía muchos años, desde que murió el pobre Aurelio, el último vecino, que en el pueblo no quedaban caballos. Ni machos, ni burros, ni ovejas, ni cabras, ni gallinas. Nada. Por no quedar no quedaba un alma (…) Pero yo juraría que justo al entrar en la plaza había oído el relincho inconfundible de un caballo. -¿Has oído eso? -No,¿qué? -El relincho.-¿Qué relincho? Mi hermano parecía extrañado. Me callé, pero estaba seguro de que un caballo había relinchado cerca. Es más, el sonido animal procedía, según mis cálculos, de la cuadra de la casa abandonada donde nací, que estaba justo enfrente. Como si la vida echara marcha atrás y todo comenzara de nuevo, como si siguieran allí el “Tordillo”, el “Castaño” y el “Lucero”, los tres caballos de mi abuelo con los que conviví de niño”.

La siguiente escena es en el somero de la casa. Yo me pongo a rebuscar detrás de un arcón de nogal con libros eclesiásticos antiguos. Una repentina curiosidad o una fuerza extraña me lleva a remover el cabecero redondo pintado de verde manzana que había permanecido allí desde siempre adosado al rincón más oscuro del desván. Y allí sigue, por cierto. Y mis manos tropiezan a tientas, envuelto en telarañas, con el caballo de cartón que me habían traído los Reyes de niño, con un aparejo de carne de membrillo, y que fue el regalo que más ilusión me ha hecho en la vida.

Lo saqué a la luz. Le faltaba una ruedecilla y tenía una oreja rota. El cartón-piedra estaba lleno de rozaduras, y sus colores originales -canela oscuro, con el cabestro verde y las crines y el rabo rojos- aparecían un tanto desvaídos tal como figuraban en mi último recuerdo. Lo acaricié. Volvíamos a encontrarnos después de tantos años por esas cosas inescrutables del destino (…)Más de sesenta años después, él seguía siendo el mismo y yo también.

Pero nada era ya igual. Todo había cambiado en el pueblo. Como tengo dicho, y para situarnos en el escenario de mis libros antes de seguir adelante, el día que nací nevaba y los españoles estaban en guerra. En Sarnago, mi pueblo, situado en las Tierras Altas, no había luz eléctrica ni nada. Por no haber, no hubo nunca ni una bicicleta. Allí no existía la rueda, salvo la que arrancábamos a algún caldero viejo para correr el aro. Después las cosas empeoraron. Llegó primero la repoblación forestal y luego vinieron las máquinas, que hacían el trabajo de los hombres y de los animales, y, cuando llegó la democracia, Sarnago quedó vacío, poblado de fantasmas y de ruinas. Es verdad que ahora parece que revive, sin ayuda de nadie, pero toda la comarca de la Alcarama, con menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado, se ha convertido en un desierto demográfico, poblado de pueblos muertos. Ese es el escenario de mi literatura. Pertenezco a una generación-bisagra: he pasado del candil a internet, del burro al avión supersónico, de la Edad Media a la era tecnológica y a la posmodernidad. Y, en mis escritos, hago mío, aplicándolo al mundo rural lo que escribió Salvador Espriú: “Soy un trapero de la estúpida y dolorosa hora del desbarajuste, del estropicio, y ayudo a recoger las migajas y los pedazos”.

-¿Qué? ¿nos vamos? Se está haciendo tarde, sugirió mi hermano.

-Espera un momento; déjame echar ahí un último vistazo.

Decididamente esto no podía ser obra de la casualidad. El espíritu de alguno de los antepasados me había conducido ese día al pueblo, a la casa abandonada y a aquel rincón del somero.

Fue entonces cuando di, sin tener que rebuscar mucho, con la arqueta de madera, aquerada, en la que estaba, junto a otros recuerdos, como la foto de los niños de la escuela en la plaza con don Juan, el maestro, y la esquela mortuoria de mi padre, el cuaderno azul, con el diario que me aconsejó escribir mi abuelo Natalio en septiembre de 1948. “Escribe un diario -me dijo-, tu vida empieza a ser interesante”. No entendí por qué decía esto, qué tenía mi vida de interés. Yo iba a cumplir diez años y me habían propuesto unos días antes ir al seminario. Ni él ni yo sospechábamos aquella mañana de domingo en la herrañe de los olmos que iba a ser un diario efímero, apenas un diario de otoño y que un suceso inesperado acabaría con el diario y con mi infancia en el pueblo, dando un giro radical a mi vida. Mucho menos podíamos imaginar que sobre la plantilla de aquel breve diario infantil y siguiendo el calendario que él mismo siguió iba a recrear yo la vida y la muerte del pueblo, en un existencial reencuentro con las cosas y conmigo mismo, que me resultaría emocionante y a ratos doloroso.

De aquel cuaderno azul, de aquel diario inacabado arranca seguramente mi afición al periodismo y a la escritura. De ahí y de aquellas noches de invierno en torno a la lumbre de la cocina, con las úrguras ululando en la chimenea, aquellas noches blancas e inolvidables en las que mi madre nos leía a la luz del candil, a los dos niños y a los abuelos, capítulo a capítulo, el Quijote de hojas amarillentas en dos tomos y en rústica, que fue el libro de mi infancia. No sé si tiene también algo que ver con mi vocación de escritor una circunstancia personal curiosa. Que nadie interprete esto como un intento de compararme con ellos, dos monstruos de la literatura de nuestro tiempo. Digo que me ocurrió lo mismo que a Gabriel García Márquez y a Mario Vargas-Llosa. También yo, como ellos, me crié con mis abuelos maternos. Pura coincidencia, pura curiosidad.

Este primer capítulo del “Caballo de cartón”, que es el libro más personal que he escrito -el único escrito en primera persona- y más cargado de sentimiento, en el que aparecen imbricados el ayer y el hoy, la fantasía y la memoria, la belleza y la piedad, que es, me parece, la mejor fórmula para escribir algo con interés literario, acaba así:

Con la arqueta debajo del brazo y el caballo de cartón en la otra mano dejamos la casa. Esta vez ni siquiera volví la cabeza hacia la cuadra cuando bajamos al portal. Caía ya la tarde, una de esas tardes de otoño serenas, sin viento. Una luz blanca, horizontal, bañaba suavemente la mampostería de las casas abandonadas. Un silencio mineral cubría las calles de pizarra, empedradas a trozos rudimentariamente. El coche nos esperaba en la plaza, al lado de la escuela. Guardé mis tesoros cuidadosamente en el maletero. Nos disponíamos a entrar en el coche cuando mi hermano se quedó parado como una estatua en medio de la plaza, escuchando atentamente. -¿Te quieres creer que me ha parecido oír el relincho de un caballo? -¡Bah, imaginaciones tuyas!, le respondí. Y no pude contener la risa.

Bien, y después de esta introducción, quiero poner de relieve que todos mis libros de la Alcarama, unos más y otros menos, tienen factura de diarios. En los cuatro sigo la huella del tiempo y de las estaciones, en las que en las Tierras Altas cambian por completo el paisaje , las ocupaciones y el humor de las gentes, el talante humano. He seguido en mis relatos el curso de las aguas, que, en gran manera, coincide en este caso con la ruta de la emigración; el paso de las nubes y de los pájaros, el santoral, el ciclo de la cosecha, pero sobre todo el calendario que, en resumidas cuentas, me ha servido en todo momento de orientación y de recordatorio. No tengo más remedio que reconocerlo. Me resulta natural, casi imperativo, acomodar mi literatura a este paso de los días, al paso del tiempo. O sea que las coordenadas espacio-tiempo marcan mis divagaciones literarias.

Estoy bastante de acuerdo con lo que dice Fenando Delgado en la contraportada de su libro “La mirada del otro”. “Nadie escribe un diario -dice- sólo para alimentar su propia memoria, aunque en ocasiones la alimente. Las más de las veces un diario se escribe para asegurarnos que hemos vivido o para hablar con nosotros mismos y confirmarnos. De todas maneras, me sigo preguntando si tiene verdadero sentido seguir escribiendo este diario y lo continúo inevitablemente, como una rutina necesaria, igual que un actor en un palco vacío que recita para sí un monólogo”. En mi caso, he de añadir que estos diarios han surgido espontáneamente como una necesidad interior, con ellos he re-vivido (he vuelto a vivir), pero lo más estimulante ha sido que, leyéndolos, otros confiesan que han re-vivido, han vuelto a vivir. Incluso han vuelto a leer. Nada hay más satisfactorio para un escritor.

En “Historias de la Alcarama”, escrito en segunda persona, en forma de cartas a Sara, mi hija pequeña, la orientación temporal aparece y desaparece, según conviene al relato. El calendario no marca los primeros capítulos -”Había una vez un pueblo”, “Como un río de sangre”, “La casa”, “La barbería del Cirilo…”, que sirven para situar al lector en el escenario; y no aparece hasta el capítulo séptimo con “Otoño en Sarnago”, sigue con “Cuento de Navidad”, “El esquilo”, la cosecha, etcétera, intercalando historias atemporales. Y cerrando el libro con una exploración geográfica y humana del contorno del pueblo, de los caminos de mi infancia, y concluyendo con el capítulo titulado “Aurelio, el último vecino”, que cierra lo que llamo el ciclo de la vida y de la muerte.

En las “Leyendas” la huella del tiempo y del paso de las estaciones, como referencia de fondo, en un plano secundario, también enmarca de algún modo las andanzas del buhonero y su hijo y las citas amorosas de Esteban y Gabriela. La novela -este es, de todos mis libros, el más cargado de ficción, el más estructurado técnicamente, inspirado en el ejemplo de “Mireya” de Federico Mistral- arranca en la noche de San Juan con el paso del fuego en San Pedro Manrique, se detiene en el “Día de los alardes” o fiesta de la trashumancia, en la primavera avanzada, describe después la siega y la recogida de la cosecha, observa la primera nevada y la matanza, y concluye en pleno invierno:

Cuando Esteban se despertó, rompía a amanecer y nevaba copiosamente. La nieve cerraba los caminos y ocultaba los tejados y las calles desiertas. El blanco sudario envolvía las ruinas de la iglesia y de las casas. Un silencio sepulcral rodeaba el pueblo, que estaba deshabitado desde hacía más de cuarenta años”.

El canto del cuco” es, de todos mis libros, el que es más genuinamente un diario. Cada capítulo lleva fecha. En el epílogo lo dejo claro:

He ido recorriendo ordenadamente –escribo- los meses y las estaciones fijándome en lo que va de ayer a hoy y anotándolo en mi diario, en mi cuaderno gris. He tratado de combinar, en un juego de prestidigitación, sucesos y experiencias de hoy mismo con mis recuerdos de la infancia. A poco que se observe, salta a la vista en todo esto la endemoniada dialéctica campo-ciudad. Yo, anticuado de mí, he tomado partido por el campo, por los pueblos perdidos, por la belleza pintoresca y profunda de las ruinas, por el silencio, por la luz incontaminada, por la Naturaleza escondida y buscada, por los campesinos que resisten y por los que tuvieron que cerrar su casa y marchar a la ciudad (…)

He tratado de rescatar el paisaje, que, como dice Amiel, es “un estado del espíritu”, y también las hermosas palabras del pueblo. Al final de cada libro, he puesto un glosario con ellas. (El paisaje y el tiempo son los vectores decisivos, creo, de toda mi obra). Pero también me he acercado, como no podía ser de otra manera, a los tipos humanos: El Aurelio, el último vecino, la Romana y el Zacarías de Valdenegrillos, la monja Juliana, el Calonge de San Pedro, el Cirilo, el barbero, el Isidro y el Moisés de Valdegeña, don Juan, el maestro, don Higinio, el médico, el tío Quirino, la tía Romualda, la bizmera, el Churrillo de Castillejo, el abuelo Natalio… Muchos de estos personajes saltan y reaparecen de un libro en otro.

Obsérvese el orden temporal, que empieza con el otoño avanzado: He contemplado la primera nevada, he asistido en la dehesa a la corta de la leña, he contado el amor de los abuelos con motivo de su santo el 1 de diciembre, he traído musgo para el belén de don Matías, he estado en la fuente la noche de San Silvestre en el sorteo de los novios, he pasado muchas horas en la cocina encendida, he vuelto a vivir la gran nevada -¡siempre la nieve!- he seguido en el cielo el paso de las grullas, he recogido en Semana Santa las cenizas del Cristo, he plantado un huerto con mis manos, he subido por San Juan con la perdiz de reclamo hasta el chozo del cabezo, he bailado en la fiesta de las móndidas, he recorrido en agosto la rastrojera calcinada y he acarreado la mies por los caminos polvorientos entre nubes de saltamontes, he contemplado el otoño dorado de Sara, he maldecido las máquinas que vaciaron los pueblos, y, en fin, he propuesto, infeliz de mí, volver al pueblo.

Esta es, para que se hagan una idea, la aproximación personal al contenido de estos libros y su servidumbre del calendario. Ahora me ocuparé, como estaba previsto, del tema principal de mi intervención: “El caballo de cartón” o reencuentro con un diario de la infancia. Me parece que esta imbricación -un diario escrito hoy por la misma persona sobre un diario que escribió de niño- puede ser algo curioso y despertar cierto interés. Cuando el niño escribe en aquel cuaderno sus impresiones diarias está empezando a vivir: la vida le sale al encuentro, tiene toda la vida por delante; cuando ese mismo niño , ya mayor y cansado, vuelve sobre aquel diario, sabe que la vida se le acaba. Las sombras se alargan a su espalda. Sólo le queda la memoria. ¡Pero le queda la memoria! Y se agarra a ella. Lo único que puede hacer es echar la vista atrás y recrear aquella vida que empezaba, no sin cierta añoranza o melancolía. (Pero ¡qué difícil es tener que describir uno ahora las razones de su corazón y los desvaríos de su imaginación!).

El caso es que retorno al escenario de mi infancia y lo recreo sabiendo que aquello ya no existe, que el escenario aquel ha quedado vacío. Escribo entre un montón de muertos, que se han ido acumulando a lo largo de la vida. El mismo pueblo y los pueblos de la comarca están muertos. La comarca de las Tierras Altas, como ha dicho Avelino Hernández, es “un cementerio de pueblos”. Esa es la verdad. Mi literatura es un endemoniado juego de espejos: los espejos rotos de la memoria.

Pero volvamos al paisaje. El mundo campesino está acostumbrado a los planos lentos y a los planos largos. Y más en Castilla. Todo parece inmóvil en el pueblo, como si se pararan los relojes o se movieran sus manecillas muy lentamente. O para atrás, como en mi caso. Los hombres del campo tienen la mirada entrenada para ellos, para estos planos lentos y largos, casi inmóviles. Pero al mismo tiempo están acostumbrados a observar los detalles más pequeños. Esa es su especialidad. Y la desaparición repentina de una de estas mínimas referencias le desconcierta y hace que se desoriente o se pierda en el camino. Como dice Marc Badal en “Vidas a la intemperie”, “la observación atenta y minuciosa de todo cuanto les rodeaba era la herramienta más valiosa con la que contaban los campesinos. A su alrededor no había más que señales. Rastros y presagios. El movimiento de las nubes, el color de la hierba, el vuelo de los pájaros, la rama quebrada… Su ojo no descansaba. Su memoria tampoco. Un caudal de información que debía ser procesada lo antes posible. En ello les iba mucho”. Escribe también Badal: “La mirada del campesino era capaz de registrar un cúmulo de significaciones imperceptibles para los demás”. Pero “no veían el paisaje”. Su relación con el entorno era demasiado cercana y utilitaria. Con su trabajo perfilaba el rostro de la tierra y la tierra le moldeaba a él mismo. “El viajero de la ciudad sólo ve en el campo paisajes, que no son otra cosa que el resultado de nuestra mirada ajena. La mirada del campesino no tiene nada que ver con la del turista; mientras uno consume paisaje, el otro usa el territorio. Ambos alteran el entorno, pero solamente el campesino cambia con las transformaciones del lugar”. Observando un bellísimo atardecer rojo sobre las sierras azules, el campesino moverá la cabeza y dirá para sus adentros: “Viene la lluvia, mañana revuelve el tiempo”. Y ante la contemplación del trigal dorado, sólo pensará: “Esto está ya maduro para la siega”, y calculará las fanegas de trigo que dará esa pieza, si no viene antes una tormenta.

En estos libros míos procuro conjugar la mirada del campesino, que sigo siendo yo, con la del viajero o el escritor que contempla el paisaje desde fuera y se fija en la belleza del crepúsculo o del dorado campo de trigo, festoneado por las rojas amapolas del ribazo. Esa es la dificultad o acaso el mérito y la gracia de estos relatos, si es que tienen algún mérito o alguna gracia. No soy como el escritor que viene de fuera y escribe de paso sus impresiones. Estoy implicado en esto de lleno, lo que tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Los grandes poetas y escritores que han dejado huella profunda en Soria -Machado, Gerardo Diego, Bécquer- han venido de fuera, han observado el campo y han descrito el paisaje desde fuera, no han conocido la tierra como algo propio ni el lenguaje y el alma de los campesinos. Sencillamente porque ellos no han sido campesinos -en esto Miguel Delibes anda cerca-, aunque eso no limita la belleza de su obra. Por primera vez, ha surgido en nuestro tiempo una generación de poetas y escritores sorianos, de notable calidad, que sí han pisado la tierra y sufrido en su carne y en la de sus familias -por tanto, como algo propio- el tremendo drama de la despoblación y la consiguiente muerte de los pueblos y de una cultura milenaria. Sus poemas y sus relatos tienen esa peculiaridad. Juntan belleza y piedad o compasión. Dos de ellos, para mí los más relevantes, José Ángel González Sáinz y Fermín Herrero están esta tarde aquí en esta sala. Yo me apunto a entrar en la cuadrilla, aunque sea de mochilero.

Para que todos puedan hacerse una idea, repasaré ahora brevemente los principales episodios de “El caballo de cartón”. He de confesar antes, que aquellos elementales relatos del cuaderno del niño los he pulido un poco -tenían hasta faltas de ortografía- y en no pocos casos los he podado y he suprimido repeticiones, les he dado un cierto toque literario. Al fin y al cabo, sólo eran la ilustración o punto de apoyo o punto de partida de mi relato en buena parte autobiográfico, el hilo conductor, el pretexto y el resorte para evocar la vida en el pueblo y en sus alrededores durante la posguerra, con el recuerdo vivo de la madre, los compañeros de la escuela, la emoción de la caza, el paisaje, el lenguaje, la siembra, el trujal, la nieve -siempre la nieve- y, con un indudable suspense, el suceso y el desenlace.

Es una mezcla de realidad y ficción. Eso ya no extraña hoy a nadie. Como decía García Márquez, la vida es lo que se recuerda para contarlo. Es lo que hago, plenamente consciente de que la memoria es quebradiza y que la imaginación deforma o adorna la realidad. En todo caso, hoy la realidad y la ficción se confunden cada vez más. La ficción se convierte en realidad y la realidad, en ficción. Son indistinguibles en los tiempos de la posverdad y del espectáculo permanente, de la vida real y la virtual. Estamos en el mundo de la comunicación global. “Somos series, videojuegos, películas”, ha dicho alguien.

El caballo de cartón” tiene mucho de autobiografía novelada, o de ficción autobiográfica. Empezando por el mismo reencuentro con el cuaderno azul del diario en el somero de la casa de Sarnago, que es, como habrán supuesto, -lo confieso en público por primera vez- mucho más ficción que realidad. En “El caballo de cartón” los textos del diario del niño aparecen en cursiva.

Con estas aclaraciones que considero pertinentes, y para no perderme en más disquisiciones, vamos a hacer el recorrido, si quieren acompañarme, por sus páginas con algunas paradas imprescindibles. He pensado que lo mejor que puedo hacer aquí esta tarde es seleccionar algunos episodios o fragmentos del libro confiando en que así puedan hacerse una idea de conjunto, dando pie a que cada uno saque sus propios conclusiones, que esa es la función crítica de la tarea universitaria.

El niño, que soy yo -y hasta me reconozco en la letra del cuaderno escrito a lápiz- empieza su diario el 25 de septiembre, con una descripción del otoño en el pueblo, que le había mandado el maestro en la escuela. Describe con detalle cómo era entonces la vida del pueblo en otoño. Me permito leer este pasaje inicial del cuaderno azul. (Obsérvese en la descripción el lenguaje práctico o utilitario del campesino):

Es el final del verano, de la cosecha y de las fiestas. Hay que volver a la escuela. Hay que sacar las patatas de la huerta, con el arado abriendo los surcos y dejándolas al descubierto. Es el tiempo de la siembra y de la recogida de las bellotas y de las frutas silvestres:grosellas, moras, endrinas, bizcobas, calambrujos, gayubas y maguillas. Las alamedas se ponen amarillas antes de quedarse desnudas y los robles del monte se ponen del mismo color que los cazos de la espetera de la cocina (Es casi la única concesión literaria, junto con la confesión de la tristeza de los días grises). Ayer fui con los tíos al monte a por estrepas. Un día de estos cortaremos la leña de la dehesa. Resonará en el monte como cada año el sonido seco de docenas de hachas golpeando los troncos. Es también el tiempo de la caza, que es lo más divertido del otoño. Y de los muertos, que es lo más triste. Pronto empezarán a parir las ovejas y por los Santos caerá la primera nevada, soplará el cierzo y se amontonarán las nubes en la Alcarama. Entonces comenzarán las matanzas. En el otoño celebramos el cumpleaños de mi madre, mi hermano, los abuelos y yo. Eso compensa los días grises, que me ponen triste.

En los días siguientes el niño va contando en el cuaderno lo que le pasa. La muerte de Gandhi, “un hombre bueno, que se vestía con una sábana y llevaba detrás una cabra” -la noticia se la da el abuelo-, el encargo de llevar a San Pedro la cochina a macho, arreándola por el camino con una vara de mimbre; y la escapada a la pieza de la Cereda donde los tíos están sembrando. Esto me hace a mí ahora evocar la irresistible llamada del campo:

Oler la tierra recién abierta por la reja del arado, sentir la alegría de los perros al verte, acariciar las orejas y la testuz de los caballos, observar al sembrador esparciendo ritualmente la simiente en la barbechera, oler el mineral en el aire, dejarse envolver en el silencio y en la luz dorada de la tarde, contemplar las sombras apoderándose de los valles y barranqueras, escuchar en la lejanía las esquilas de los rebaños volviendo lentamente a la majada (…), observar la geometría de los surcos de la pieza recién sembrada…El otoño era más vistoso y llamativo en el monte, en el robledal, en los arces de la dehesa y en las choperas de los barrancos; pero su belleza era más íntima y profunda , hasta más lírica, en el raso: lomas peladas y desnudas, que se pierden en los montes azules, casi en el infinito, un paisaje serio, elemental, sin un adorno superfluo, sin un árbol, humildemente pardo…

Después, la caza. Un día de caza era el colmo de la felicidad. Un breve fragmento:

-¡Cuidado -advirtió el tío Co desde la crestería, a cincuenta metros del castillo-, la perra anda picada.

El tío Sotero se adelantó corriendo con el cuerpo inclinado hacia delante hasta situarse encima del ribazo. Yo le seguí. El Ton, al ver animada a la perra, irrunpió sin miramientos en el escenario. El corazón empezó a palpitarme con fuerza. Pasaron unos segundos. Los perros zigzagueaban como locos entre las ulagas con el morro pegado al suelo. Hasta que el Ton, que no era muy ladrador, soltó un ladrido seco y apagado.

-¡Mírala!

La liebre dobló el costero del ribazo y enfiló cuesta arriba por las lajas, seguida de cerca por el Ton y la Canela. El tío Sotero apuntó y disparó cuando transponía.

-¡A criar! Iba lejos la cabrona y los perros demasiado cerca. Cuidado arriba, por si la vuelven los perros.

El tío Co se puso en guardia con la “tuerta” sin perder de vista la vereda del monte. El ladrido de los perros se oía cada vez más lejos. La Canela volvió pronto chorreando sudor, con el rabo caído y aire de fracasada. Pero el Ton siguió a la rabona unos minutos más. Sus ladridos entrecortados volvieron a oírse cada vez más cerca.

-Le ha hecho un marro y vuelve a la querencia -dijo en voz baja con nerviosismo el tío Sotero, mientras avanzaba agachado hasta las lajas.

Pasaron unos segundos tensos y se oyó un disparo seco arriba, detrás del teso. El perro dejó de ladrar. Buena señal…Nunca había visto al tío Co tan orgulloso como en aquel momento, encima del orillo, con su metro sesenta escaso de estatura y la liebre en la mano, que pesaba más de dos kilos, cogida de las orejas con la punta negra, y que mi hermano guardó enseguida en el morral.

-¡Joder con la “tuerta”! -exclamó el Santiaguillo..

-Esto se merece un trago -propuso el tío Sotero.

O la emoción de un viaje. En este caso a los pueblos riojanos de la vega del Alhama, donde había olivos y frutales. Así lo recuerdo en “El caballo de cartón”:

Yo sentía una curiosidad casi enfermiza por cualquier novedad. Me interesaba vivamente por las cosas aparentemente insignificantes como visitar por primera vez un pueblo vecino, descubrir un paisaje, contemplar un escaparate iluminado con luz eléctrica o simplemente ver un coche, observar un río más caudaloso que el regato de Sarnago, cruzar un puente de varios ojos, escuchar el ruido de un molino, contemplar vides, olivos o árboles frutales…Esto último me parecía el colmo del progreso y de la felicidad, y sentía envidia. No es extraño que el interés por lo desconocido, la búsqueda constante de los nuevo y este asombro que movía mi vida quedaran fielmente reflejados en el cuaderno de mi “Diario”.

Tampoco es extraño que la feria, que es la siguiente hoja del cuaderno, fuera para mí uno de los acontecimientos del año. Un breve fragmento:

A la gran explanada acudían por todos los caminos desde el punto de la mañana los arrieros, tratantes, cochineros, buhoneros, hueveros, amolanchines, pelotaris, fruteros, capadores, guarnicioneros, charlatanes y estraperlistas, que coincidían con los vecinos de los pueblos de la comarca, vestidos con la ropa de los domingos, ellos con la boina nueva y ellas con el pañuelo floreado de fiesta en la cabeza. Los puestos de fruta, procedentes de la vega del Alhama, transportada durante toda la noche a lomos de caballerías por lo pedregosos caminos del monte, que a trechos se confundían con sendas de cabra, se mezclaban con los cajones de los cochinos de siete semanas, las puntas de borregos, los cabritos atados de las cuatro patas, las jaulas de los pollos, los inquietos potros, los muletos y los mansos borricos. Los animales y los seres humanos convivían en buena armonía, el bullicio humano se mezclaba con los sonidos de los animales y el constante chirrido metálico de la fragua, el suelo se poblaba de sirle y cagajones y un fuerte olor animal invadía el aire del mercado, en el que destacaban por su blusa negra y su movilidad los tratantes y los cochineros.

Me detendré un poco más en el capítulo titulado “El pueblo” que viene a continuación. Creo que es la distinta visión del pueblo la que explica mejor la conjunción entre el diario de la infancia y la posterior evocación. Así que ofreceré tres planos significativos sobre el pueblo, el lugar de mi vida, de mis relatos y de mis divagaciones. Tomo el primero del arranque de mis “Historias de la Alcarama”. Se titula “Había una vez un pueblo” y empieza así:

Había una vez un pueblo situado entre montes en un lugar privilegiado, desde el que se dominaban veinte kilómetros a la redonda. En cada una de las cuatro entradas del pueblo había una cruz coincidiendo con los cuatro puntos cardinales. Al norte, la cruz del Cerro; al sur, la cruz del Vallejo; al este, la cruz de Valdenegrillos, y al oeste, la cruz de la Villa. Hacía mucho tiempo que las cruces habían desaparecido, pero los cuatro puntos seguían llamándose así. Y no me extrañaría nada que el pueblo estuviera guardado por cuatro ángeles. Las almas de los muertos y los animales convivían en buena armonía con los seres humanos vivos. Cada alma disponía de una vela encendida en el lucernario de la iglesia, además de un año de luto riguroso, y cada animal ocupaba dentro de la casa el lugar que le correspondía. Ese era el orden establecido que se cumplía rigurosamente aunque no figurara escrito en ningún sitio. Hasta donde se me alcanza, lo mismo ocurría en los demás pueblos de la comarca; pero fuera por lo que fuere, Sarnago ejercía para nosotros, los nativos, un atractivo especial.

Ahora la visión del niño. Tal como él lo ve el día 8 de octubre de 1948 en su cuaderno:

Sarnago es un pueblo de cincuenta vecinos, con dos anejos: Valdenegrillos y El Vallejo. Está en una ladera al pie de la Alcarama. Es como un balcón desde el que se divisan más de veinte kilómetros a la redonda. Mirando hacia el norte y el este se ve el monte, y hacia el sur y el oeste, el raso. Todos los vecinos del pueblo, menos el maestro y el sacerdote, tienen tierras y ganado; pero todos son pobres. Las casas son de piedra y las calles no tienen nombre porque aquí nos conocemos todos. Están empedradas a trozos, aunque hay muchas piedras sueltas y se ve la pizarra. El pueblo se divide en el barrio de arriba, barrio del medio y barrio de abajo, y en lo alto está la iglesia, la fuente y el juego-pelota. En la plaza está el Ayuntamiento, la escuela y el horno de la tía Milagros. (Esto es lo que he escrito hoy en el cuaderno de la escuela).

Y ahora, mi versión actual:

Acabo de volver, viejo y cansado, al pueblo y he recorrido las calles solitarias, en las que crece la maleza. No hay bardas ni ciemo en los corrales. Ni sale humo de ninguna chimenea. Las puertas de las casas que no se han derrumbado están cerradas con llave. Nadie acude con el cántaro a la fuente ni con la ropa al lavadero. Las campanas reposan en el suelo del “cuartecillo”, bajo la antigua Sala de Concejo, donde se ponía el baile. Impresionan sobre todo las ruinas de la iglesia, que no han perdido su magnificencia. Con las lluvias se ha venido abajo la pared del pórtico donde estaba el olmo centenario y han aparecido los huesos de antiguos habitantes. Sobrecoge el silencio. No he oído en todo el recorrido ninguna voz humana ni sonido animal, pero he tenido la extraña sensación de que me acompañaban en el recorrido las almas de los muertos con los que había convivido de niño. En esta soledad, entre estas piedras, es perfectamente perceptible el rumor de los muertos.

El diario del niño sigue contando cada día lo que le ocurre: el encuentro con don Livino, el cura, en las eras, la niña que me mira y me sonríe al salir de la escuela, el corte de la leña en la dehesa, el cumpleaños del hermano, celebrado con una chocolatada, y el 19 de octubre, la excursión de los mayores de la escuela con el maestro a Valdenegrillos. “Un pueblo peor que Sarnago”-escribo en el cuaderno-– “Hemos bajado también a la mina y hemos cogido cantalobos brillantes”. Esto me da pié a contar mi encuentro con la Romana, la última vecina:

Cuando me disponía a dejar Sarnago -escribo en “El caballo de cartón”- con la tarde avanzada observé que por el camino del ejido que bordea el pueblo subía una caballería con una mujer encima vestida de negro y envuelta en un mantón oscuro. Me acerqué. Era una mujer mayor, que arreó el asno al verme y que parecía asustada. ¡Por fin, un animal y un ser humano juntos! Me pareció que recuperaba inesperadamente la mejor metáfora de mi niñez”.

Cundo la excursión con don Juan vivían en Valdenegrillos cuarenta familias. Hoy sólo resiste la Romana. Se murió el Zacarías, su marido, y está sola con sus gatos.

El pueblo –describo-, en el abrigo de una ladera entre barrancos y bancales es una ruina. En los corrales de las casas abandonadas, y en las irregulares callejas, crecen las zarzas, el saúco y la maleza, que invade hasta las cocinas y los dormitorios desmantelados, que estaban pegados a las majadas, cuando los seres humanos y los animales convivían de forma natural. Los tejados se hunden. La pequeña iglesia está sin campanas y desde el antiguo cementerio anejo sube hasta el campanario el piadoso verdor de la hiedra” (…)

A la salida de Valdenegrillos, sobre una pequeña loma, entre romeros, ulagas y estrepas, permanecen en pie varias tainas, las mismas que contemplé de niño, donde se recogía el ganado. Una de ellas conserva aún el tejado de losas como hace 2000 años en tiempo de los celtíberos. Puede que estén allí desde entonces”.

Los siguientes capítulos -”La fotografía” y “La madre”- puede que sean los más sentidos del libro. En el primero repaso qué ha sido de aquellos niños, compañeros de la infancia, que aparecen en la fotografía de todos nosotros con el maestro en la plaza aquel otoño de 1948. La vida nos dispersó como el viento dispersa las hojas secas. La foto estaba en la arqueta junto al cuaderno azul. El siguiente capítulo lo dedico a mi madre, a propósito de su cumpleaños el 25 de octubre. Ella cumple un papel esencial en mi vida y en toda esta historia que he contado.

Llegado a este punto –concluyo el relato- y pensando intensamente en mi madre, que tiene que seguir existiendo en alguna parte porque nada de lo que se ama desaparece, he vagado de recuerdo en recuerdo, formándome una imagen perenne, que ha ido cristalizando en un amor tranquilo que recorre la casa vacía entre montañas, pasa por el cerro del Espino y se eleva en el Monte de las Ánimas hasta las estrellas.

Luego llega la primera nevada, la bajada al trujal a visitar al tío Co, el recuerdo del reloj de pared de la sala donde nací –hace más de 30 años que el hueco del reloj enfrente de la cama está vacío (…) y privada del latido del tiempo, la casa dejó de tener vida- . Y el 13 de noviembre escribo la última hoja del diario. A partir de esa noche se precipitarían los acontecimientos. Dice así:

El tío Sotero se ha ido esta noche al monte a buscar unas ovejas que se han perdido. Con mi madre y el tío Co fuera de casa, he visto a los abuelos muy preocupados, aunque el abuelo lo disimulaba. Pero más abatido estaba el Cayo, el pastor, cuando ha venido a avisar de lo que pasaba. “Seguramente se han quedado rezagadas porque iban a parir”-ha dicho. ¿Qué será de ellas y de los corderos? Por si faltaba algo, una trasandosca, la careta, ha parido un caloyo muerto, y el abuelo Natalio ha sentenciado: “Las desgracias nunca vienen solas”.Esta es, como digo, la última página de mi diario. Al cuaderno le faltan varias hojas. Seguramente las arrancó mi madre al comprobar el estado emocional en que fueron escritas, después del tremendo suceso y del desenlace de esta historia de mi infancia, que no voy a desvelar aquí y que  reconstruyo en las últimas páginas del libro con pelos y señales.

Permítanme que acabe aquí el recorrido.