LA CASA DE SARNAGO

por elcantodelcuco

Vengo de Sarnago. He vuelto al pueblo. Nunca había sentido por dentro un cruce de emociones tan enfrentadas como esta vez. Era la fiesta. Las calles y la plaza estaban llenas de gente y eso choca en un pueblo oficialmente deshabitado. Sonaba la música. Subían las móndidas y el mozo del ramo, calle arriba, en procesión hasta el pórtico de la iglesia derruida, donde “Toño”, el cura, decía la misa de San Bartolomé. En las esquinas de la plaza remozada había mesitas hospitalarias con rosquillos y moscatel para los visitantes. Llovía ligeramente. “El País” publicaba ese día, firmado por Sergio del Molino, un buen reportaje sobre Sarnago sin mencionarme. El detalle servía para bajarme los humos justo el día en que la gente del pueblo, por iniciativa de José Mari Carrascosa, el presidente de la Asociación, me homenajeaba colocando una placa con mi nombre y la reseña de mis libros en la vieja casa donde nací. Lo agradecí de veras, pero no pude evitar pensar que este tipo de homenajes se hace siempre al final del trayecto.

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Mis viejos compañeros de la infancia se me acercaban para felicitarme en voz baja y, a la vez, darme el pésame por la muerte de mi hermano Delfín. Todo se juntaba dentro mientras fuera la gente estaba alegre, abundaban los forasteros -”soy el hijo del Mario de San Pedro”, “mira, el Dioni de Fuentes”…-, seguían sonando el tambor y las dulzainas y arreciaba la lluvia. En momentos así la ausencia del hermano y las demás ausencias pesan abrumadoramente. Uno nota que se van perdiendo las referencias. Ni siquiera tuve el valor de llevar la llave en el bolsillo y entrar en la casa atravesando la maleza que se ha ido apoderando de la entrada, con el portalón caído. Y, sin embargo, de entre esas referencias imperecederas, casi sólo queda ya la casa, a ver cuánto resiste en pie, y las campanas, depositadas en el suelo del portal de la escuela. Instintivamente me apoyé en la campana grande que tantas veces toqué de niño y que, además de convocar a los oficios religiosos, era entonces el principal medio de comunicación de los vecinos. Hasta servía para ahuyentar las “tormentas que traían ruido”.

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Los asociados celebramos asamblea general, como está mandado, en la que se dio cuenta de lo que se ha hecho -Sarnago se ha convertido en modelo para los pueblos que se resisten a morir- y se acordó, entre otras cosas, seguir con las hacenderas. Esta labor “autogestionaria”, de fuerte arraigo tradicional, ha despertado la curiosidad de los medios de comunicación españoles y de medio mundo. Hasta las autoridades empiezan a ser conscientes de ello. Ahora se espera que la Diputación asfalte de una vez el camino y el obispo dé su bendición para levantar la iglesia. En la plaza colocaron mientras tanto mesas con el aperitivo -¡oh, esos champiñones de Navarra!- y llegó el momento programado del descubrimiento de la placa en la fachada de la casa. Allí estaban presentes , en tan señalado momento, Pilar, mi mujer, una amplia representación de mis hijos y hasta Roque y Manuela, dos de mis nietos. Me acompañaron el alcalde y el teniente alcalde del Ayuntamiento de San Pedro Manrique, al que ahora pertenece el caserío de Sarnago, lo que otorgó al acto una cierta solemnidad. Seguía la lluvia. Yo, tras dar las gracias, leí entonces con voz temblorosa un soneto escrito para la ocasión, titulado “La casa de Sarnago”, que ofrezco a continuación:

 

Aquí nací, un día que nevaba,

a la luz de un candil, mientras España,

presa del odio, en la tela de araña

de la guerra civil se desangraba.

 

Dentro de estas paredes yo llegaba

entonces a la luz. ¿A quién le extraña

que bendiga hoy aquí la buena entraña

de mi madre, que tanto amor me daba?

 

Y de pronto las piedras cobran vida,

cuando se acerca el fin de la aventura,

con sabor a laurel y a despedida.

 

Ya no cantan los gallos, algo pasa…

Os desea la paz sin amargura

el último nacido en esta casa.

 

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