El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: noviembre, 2017

LOS PUEBLOS YA NO SON LO QUE ERAN

“En el mundo rural actual, aunque visiblemente apolillada, la escenografía sigue siendo la misma, pero la trama representada ha cambiado por completo”. Esto dice Marc Badal en “Vidas a la intemperie”, el mejor libro sobre la vida (y la muerte) del campo que he leído, nada que ver con otras vaciedades aireadas por la propaganda y que han logrado un éxito fulgurante, supongo que efímero. Sin perjuicio de volver otra vez, con más detenimiento, sobre esta fascinante obra, adelanto hoy, y subrayo, algunas de sus reflexiones sobre el cambio que han experimentado los pueblos. El resultado ha sido “la desaparición del mundo campesino tradicional”, una fractura histórica que ha sucedido en un período de tiempo abrumadoramente breve. No ha sido un final épico. “Víctimas de un etnocidio con rostro amable”, los campesinos se han ido en silencio.

En los pueblos que sobreviven, la actividad agraria ha dejado de ser el eje del entramado social. Se impone la mecanización e industrialización del campo desde frías oficinas con ordenador, y proliferan los servicios. Los dueños de las tierras viven lejos, en la ciudad. Las tareas tradicionales, de la siembra a la trilla, han desaparecido. Los viejos molinos están abandonados. Las artesas, arrumbadas. Los hornos, apagados. “Los ingredientes con los que las gentes del pueblo cocinan sus vidas -dice Badal- son los mismos que en la ciudad. Cambian sólo algunos aderezos”. Horas muertas frente al televisor, desplazamientos constantes en coche a la ciudad, simples saludos con los vecinos, a veces desconocidos o conocidos sólo de vista…Apenas quedan en el pueblo familias numerosas, base de la socialización del campo. Las familias han quedado tan atomizadas como en la ciudad, pero mucho más envejecidas. La irresistible atracción del piso prevalece sobre la casa de siempre. La leña ya no es la base de la calefacción. El trabajo productivo y la esfera doméstica ya no son indisociables. “Todos van de casa al trabajo y del trabajo a casa”. Sobre todo los que se desplazan cada mañana a la ciudad donde tienen el trabajo.

Nadie puede discutir la magnitud de esa transformación, los tentáculos de la ciudad se han ido apoderando, para bien o para mal, de la vida de los pueblos y la revolución tecnológica, que no ha hecho más que empezar, producirá cambios aún inimaginables en la ya difuminada relación campo-ciudad. Pero, de momento, la colonización urbana del campo aún no es completa. No es lo mismo vivir en un caserío vasco o en un pueblo de la Tierras Altas que en una buhardilla de Vallecas o en un lujoso piso del barrio madrileño de Salamanca. Todavía hay diferencias entre vivir en el campo o en la ciudad, aunque sea evidente que los pueblos no son lo que eran. Aún hay más silencio y menos contaminación, aún está la Naturaleza más cerca y aún se siente el paso de las estaciones. Todavía permanece la historia de las generaciones, oculta entre las piedras. Aún no se ha borrado del todo la memoria.

Pero hay algo que indica a las claras el avance de esta transformación urbana, “una nueva forma de estar en lo rural, una mala copia de la vida en la ciudad”: la organización del trabajo y del ocio. Antes en el pueblo todo el mundo trabajaba, desde los niños a los ancianos, cada uno según sus posibilidades. El peor sambenito, aparte de ladrón, era el de holgazán. Todos arrimábamos el hombro en la tarea común. Y todo el mundo compartía los tiempos de ocio convenidos.  Las gentes del campo no se pasaban la vida trabajando. También disfrutaban de esparcimiento. Los juegos al aire libre ocupaban la mayor parte del tiempo de los niños. Los mayores bailaban en la plaza después de la misa los días de fiesta. Niños y mayores competían en el juego-pelota. Se disputaban allí grandes partidos entre solteros y casados. Los hombres se jugaban al guiñote en la taberna el jarro de vino los domingos por la tarde, y las mujeres se reunían en corro para jugar a la brisca. La baraja de Heraclio Fournier ocupaba lugar de honor en la mesa de la cocina y en la sala de estar. La caza, tanto en la desveda como en la veda, era la gran evasión de los cazadores y una demostración de camaradería cazando a mano. Las romerías y fiestas patronales, además de servir de evasión y divertimiento -buen momento, casi único, para encontrar novio- ayudaban a la cohesión social, lo mismo que la matanza del cerdo. Y no dejaban de ser “espacios de distensión” los trabajos comunitarios: las hacenderas, la corta de leña en la dehesa, la siembra y la cosecha de las rozas comunales o simplemente ir a cortar el mayo o la copa de arce para el mozo del ramo. En todos estos momentos el trabajo y la fiesta se confundían.

Lo importante es que en el pueblo no había nadie ocioso. Eso quedaba para los visitantes de la ciudad, los “señoritos”, o para los turistas esporádicos y curiosos. Sin embargo, ahora -y ese es el mayor síntoma del cambio- se ve demasiada gente ociosa en las calles y en la plaza del pueblo, sobre todo en el buen tiempo. Jubilados que pasean, renqueantes, por la carretera por prescripción médica, desocupados que pasan la tarde entera en el bar, gentes aburridas que han llegado de la ciudad en busca del paraíso perdido y que se han equivocado de escenario… Y Badal aún se esfuerza en trazar la diferencia entre la mirada del campo y la de la ciudad. “La mirada urbana -dice- ha escrito la historia, ha determinado lo relevante y lo memorable, ha definido a qué nos referimos cuando hablamos de cultura; la ciudad es autorreferencial (…) El campo es la distancia a atravesar, lo que se ve de soslayo a través de la ventanilla (…), una imagen congelada, una realidad muda, un entorno residual, vestigio de un tiempo superado, receptor de todo lo que molesta y no tiene cabida en la ciudad”. Habrá que seguir adentrándose en estas vidas a la intemperie.

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POR LAS VEREDAS DEL MONTE

Árbol, mi corazón te envidia. Sobre la tierra impura,

como una prenda santa me llevaré tu recuerdo.

Luchar constantemente y vencer, reinar sobre la altura

y alimentarse y vivir de cielo y de luz pura…

¡oh vida! ¡oh noble suerte!

¡Adelante alma fuerte! Traspasa la niebla

y arraiga en la altura como el árbol del peñasco.

Verás caer a tus pies la mar airada del mundo,

y tus canciones tranquilas irán con el viento

como el pájaro de la tormenta.

Con esta estimulante introducción del poeta mallorquín Costa i Llobera en la mochila, os invito en este otoño seco y frío, pero luminoso y apacible, a adentraros en el monte en busca del sosiego espiritual y de la recuperación de la salud. Desde niño he sabido que el contacto con el bosque incontaminado ejercía sobre el cuerpo humano un efecto saludable. En el pueblo lo llamaban “cambiar de aires”. Últimamente no paro de leer estudios que elevan a categoría científica esta influencia reparadora de los paseos por las veredas del monte sobre el deteriorado organismo, especialmente recomendado para los habitantes de la ciudad. En Japón y en Rusia hace tiempo que descubrieron el valor terapéutico de andar bajo los árboles. En Japón lo llaman “shinrin-yoku”, que quiere decir “baño de bosque”. Tiene dos millones de seguidores. Los resultados son tan interesantes que desde 1985 el Gobierno japonés impulsa itinerarios por una red de bosques para ahorrar gastos en sanidad. Estos paseos entre los árboles no sólo mejoran la salud quebrantada sino que previenen además, por lo visto, determinadas enfermedades. Investigaciones médicas confirman que un paseo apacible por el monte, sobre todo el de árboles antiguos, nos hace sentir mejor, porque, entre otros beneficios, regula el cortisol, causante del estrés y la ansiedad. Ya Hipócrates dejó dicho que “para hacer un buen diagnóstico de un paciente, antes de mirar el cuerpo, hay que mirar dónde vive”.

Cuando llegaba al pueblo uno que venía de la ciudad, -yo mismo, después de nueve meses estudiando encerrado en un internado- con aspecto débil y enfermizo, la tez pálida y los ojos metidos en las cuencas, lo primero que te decía el primer vecino con el que te encontrabas era: “¿Qué? ¿A tomar el aire?”. Y tú respondías: “Sí, aquí se respira que da gusto”. O algo parecido. El caso es que unas semanas después, cuando el visitante se despedía para volver al tajo, todo el mundo notaba que presentaba un aspecto mucho más saludable, que contrastaba vivamente con la pinta que traía cuando llegó. Su rostro aparecía curtido y su mirada era mucho más luminosa. La gente atribuía la evidente metamorfosis a los largos paseos por el campo, especialmente sus incursiones por las veredas del monte. Personalmente lo primero que hacía al día siguiente de volver de vacaciones era echar el día en el monte y recorrerlo de cabo a rabo. Lo hacía por necesidad interior, sin pensar en la salud; pero nadie dudaba, ya entonces, de los saludables beneficios del contacto con la naturaleza , sobre todo para los habitantes del asfalto, que pasan la vida, ¡pobres!, envueltos en el ruido y en el aire sucio de la calle. Pues bien, esa sabiduría popular, como digo, parece que tiene fundamento científico. Ahora mismo hay estudios en marcha en España sobre los efectos del contacto con el medio natural en nuestra salud. Uno de estos estudios se titula: “Bosques sanos para una sociedad saludable”.

El otoño es la estación que se considera más propicia para estos “baños de bosque”, tan beneficiosos para el cuerpo como para el alma. Sumergirse en la colorida belleza del hayedo, contemplar estos días el esplendor del acebal, andar pausadamente sobre la alfombra del gayubar, oír en la hondanada el repiqueteo del pájaro carpintero, percibir los fuertes aromas del sabinar, de las estepas, del romero o del espliego salvaje, probar los frutos silvestres -gayubas, escaramujos, bizcobas, endrinas…-, recoger setas cuando hay, recorrer las veredas del viejo robledal, donde en cualquier momento puede saltar la liebre o levantarse el bando de perdices, sumergirse en el silencio hondo del pinar, observar sobre la cabeza el alto vuelo del cuervo o la majestuosa presencia del águila…Lo importante es salir de uno mismo y hermanarse con la vida natural. El bosque siempre nos agradece la visita.

Sólo me queda lamentar el abandono de los montes de mi infancia. Con la despoblación humana, la repoblación de pinos, la desaparición de los rebaños de cabras y de ovejas y la ausencia de caballerías acarreando leña, las veredas se han ido cerrando, la broza se apodera de los espacios limpios, aumenta el riesgo de incendios y los caminos se obstruyen y desaparecen. El viejo hábitat se hace impenetrable y desconocido. Quiero decir que limpiar el monte y reabrir sus veredas es una importante tarea pendiente en las antiguas dehesas y montes comunales de las Tierras Altas.