POR LAS VEREDAS DEL MONTE

por elcantodelcuco

Árbol, mi corazón te envidia. Sobre la tierra impura,

como una prenda santa me llevaré tu recuerdo.

Luchar constantemente y vencer, reinar sobre la altura

y alimentarse y vivir de cielo y de luz pura…

¡oh vida! ¡oh noble suerte!

¡Adelante alma fuerte! Traspasa la niebla

y arraiga en la altura como el árbol del peñasco.

Verás caer a tus pies la mar airada del mundo,

y tus canciones tranquilas irán con el viento

como el pájaro de la tormenta.

Con esta estimulante introducción del poeta mallorquín Costa i Llobera en la mochila, os invito en este otoño seco y frío, pero luminoso y apacible, a adentraros en el monte en busca del sosiego espiritual y de la recuperación de la salud. Desde niño he sabido que el contacto con el bosque incontaminado ejercía sobre el cuerpo humano un efecto saludable. En el pueblo lo llamaban “cambiar de aires”. Últimamente no paro de leer estudios que elevan a categoría científica esta influencia reparadora de los paseos por las veredas del monte sobre el deteriorado organismo, especialmente recomendado para los habitantes de la ciudad. En Japón y en Rusia hace tiempo que descubrieron el valor terapéutico de andar bajo los árboles. En Japón lo llaman “shinrin-yoku”, que quiere decir “baño de bosque”. Tiene dos millones de seguidores. Los resultados son tan interesantes que desde 1985 el Gobierno japonés impulsa itinerarios por una red de bosques para ahorrar gastos en sanidad. Estos paseos entre los árboles no sólo mejoran la salud quebrantada sino que previenen además, por lo visto, determinadas enfermedades. Investigaciones médicas confirman que un paseo apacible por el monte, sobre todo el de árboles antiguos, nos hace sentir mejor, porque, entre otros beneficios, regula el cortisol, causante del estrés y la ansiedad. Ya Hipócrates dejó dicho que “para hacer un buen diagnóstico de un paciente, antes de mirar el cuerpo, hay que mirar dónde vive”.

Cuando llegaba al pueblo uno que venía de la ciudad, -yo mismo, después de nueve meses estudiando encerrado en un internado- con aspecto débil y enfermizo, la tez pálida y los ojos metidos en las cuencas, lo primero que te decía el primer vecino con el que te encontrabas era: “¿Qué? ¿A tomar el aire?”. Y tú respondías: “Sí, aquí se respira que da gusto”. O algo parecido. El caso es que unas semanas después, cuando el visitante se despedía para volver al tajo, todo el mundo notaba que presentaba un aspecto mucho más saludable, que contrastaba vivamente con la pinta que traía cuando llegó. Su rostro aparecía curtido y su mirada era mucho más luminosa. La gente atribuía la evidente metamorfosis a los largos paseos por el campo, especialmente sus incursiones por las veredas del monte. Personalmente lo primero que hacía al día siguiente de volver de vacaciones era echar el día en el monte y recorrerlo de cabo a rabo. Lo hacía por necesidad interior, sin pensar en la salud; pero nadie dudaba, ya entonces, de los saludables beneficios del contacto con la naturaleza , sobre todo para los habitantes del asfalto, que pasan la vida, ¡pobres!, envueltos en el ruido y en el aire sucio de la calle. Pues bien, esa sabiduría popular, como digo, parece que tiene fundamento científico. Ahora mismo hay estudios en marcha en España sobre los efectos del contacto con el medio natural en nuestra salud. Uno de estos estudios se titula: “Bosques sanos para una sociedad saludable”.

El otoño es la estación que se considera más propicia para estos “baños de bosque”, tan beneficiosos para el cuerpo como para el alma. Sumergirse en la colorida belleza del hayedo, contemplar estos días el esplendor del acebal, andar pausadamente sobre la alfombra del gayubar, oír en la hondanada el repiqueteo del pájaro carpintero, percibir los fuertes aromas del sabinar, de las estepas, del romero o del espliego salvaje, probar los frutos silvestres -gayubas, escaramujos, bizcobas, endrinas…-, recoger setas cuando hay, recorrer las veredas del viejo robledal, donde en cualquier momento puede saltar la liebre o levantarse el bando de perdices, sumergirse en el silencio hondo del pinar, observar sobre la cabeza el alto vuelo del cuervo o la majestuosa presencia del águila…Lo importante es salir de uno mismo y hermanarse con la vida natural. El bosque siempre nos agradece la visita.

Sólo me queda lamentar el abandono de los montes de mi infancia. Con la despoblación humana, la repoblación de pinos, la desaparición de los rebaños de cabras y de ovejas y la ausencia de caballerías acarreando leña, las veredas se han ido cerrando, la broza se apodera de los espacios limpios, aumenta el riesgo de incendios y los caminos se obstruyen y desaparecen. El viejo hábitat se hace impenetrable y desconocido. Quiero decir que limpiar el monte y reabrir sus veredas es una importante tarea pendiente en las antiguas dehesas y montes comunales de las Tierras Altas.

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