El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: diciembre, 2017

BALANCE DE FIN DE AÑO

Cuando llega el fin de año, nos vemos incitados a repensar lo vivido, a descubrir las luces y las sombras, a señalar con el dedo las huellas del tiempo. Es el momento adecuado para hacer balance y es lo que voy a intentar hoy. Rendiré cuentas a los seguidores habituales de “El canto del cuco” y a los que se asoman aquí por vez primera. He de reconocer de entrada que este año, por unas cosas y por otras, ha faltado periodicidad. Circunstancias de fuera y razones personales han impedido estar aquí cada semana como un reloj. Pido disculpas a los que se hayan sentido defraudados. La desidia y un cierto agotamiento de las historias rurales son motivos nada despreciables. Llega un momento en que hay peligro de cansarse y de cansar a los lectores. Algo de eso ha pasado, me parece, a pesar de que el cúmulo de visitas de dentro y de fuera de España no han disminuido. Se han resentido más los comentarios, y llevo un tiempo echando de menos la participación de algunos habituales del blog, que formaban ya parte entrañable del grupo humano, casi familiar. Eso ha llevado, me parece, a un cierto decaimiento.

Repasando las entradas de todo el 2017, veo que han tenido notable relevancia las relacionadas con mi vida personal. Están marcadas por la fuerte carga emocional. Puede que haya abusado de los sentimientos, pero qué le vamos a hacer. Tampoco es momento de autoflagelarse por eso. Ha destacado la enfermedad y muerte de mi hermano, que durante meses ha condicionado mi vida y, pensándolo bien, el desarrollo de estas historias. Con su desaparición decayó, al quedarme sin referencias, mi interés por el paisaje humano y espiritual de Soria. Voy “camino Soria” con menos entusiasmo y con los ojos menos abiertos. Pienso que ya no me espera nadie. Todo ha cambiado momentáneamente de color. Poco a poco iré, eso espero, sobreponiéndome. No voy a renunciar fácilmente a contribuir desde aquí a recoger los despojos de la cultura rural y a denunciar la injusta postración de los pueblos. La despoblación de media España sigue siendo un buen motivo para seguir machacando en el yunque, aunque nadie escuche el sonido agudo de la fragua.

Entre los momentos emotivos que figuran este año en “El canto del cuco” está la boda de Sara, mi hija pequeña, en Valdeavellano de Tera, última celebración de mi hermano, el cura, antes de morir. Se da el caso de que Sara es la depositaria, en “Historias de la Alcarama”, de la memoria de mi niñez; el reencuentro con el diario de mi infancia en el Centro Internacional Antonio Machado de Soria; la colocación de una placa con mi nombre y el nombre de mis libros en la casa de Sarnago donde nací, y, en fin, la reciente carta a mis nietos. Fuera de estas intimidades, he procurado recuperar las cosas de antaño, he descubierto a todos al gran poeta Fermín Herrero, nacido como yo en las Tierras Altas; he visitado la casa de Miguel Hernández en Orihuela; he recreado aquellos tiempos en los que el médico llegaba a caballo; he dejado constancia de que “The Daily Telegraph” descubría a los ingleses la Soria turística; he declarado la independencia de Sarnago pensando en Cataluña y he entrevisto el regreso a la tribu; he recordado “El Comercio”, la fonda mítica de San Pedro Manrique; he vuelto a contar historias de la noche de San Juan; he descrito la resistencia de Sarnago a morir como los otros pueblos; he subido al Castillo, he defendido a las abejas, he echado de menos los animales en los pueblos; he invitado a adentrarse por las veredas del monte; he contado algunas historias para levantar el ánimo, como el campo de rosas de Garray, he comprobado que los pueblos ya nunca serán lo que eran y ha vuelto la nieve a cubrir piadosamente las ruinas.

En resumen, he dado lo que tenía a mano y lo que tenía dentro. Lo he contado como Dios me dio a entender. Estoy en completo desacuerdo con el escritor francés Louis Aragon, para el que “la vida es un viajero que deja arrastrar su capa detrás de él, para borrar las huellas”. Al contrario, la vida consiste en andar por el camino dejando huella y  descubriendo, sin borrarlas, las huellas de los que nos han precedido. Es lo que pretendo. De eso se trata.

¡Gracias a todos y que venga buen año!

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DE NUEVO, LA NIEVE

Ha vuelto la nieve a las Tieras Altas. Tengo aquí el reportaje gráfico. Un alma caritativa me ha enviado un vídeo del quitanieves por aquellas carreteras sin coches en medio de un paisaje desolado, y además una preciosa colección de fotos de Sarnago nevado. Para ser la primera nevada ha caído en serio. No ha sido un simple algarazo o unas “amarguras”. Los ventisqueros en los huecos y en los abrigos no engañan. Las imágenes me hacen revivir los inviernos de mi infancia y me obligan a compartir con todos aquellas emociones renovadas. En “El canto del cuco” la visita de la blanca dama se recibe cada año con los honores que se merece.

Las fotografías están tomadas un día claro. Una luz tenue y horizontal baña el caserío, con los tejados cubiertos, y resalta, donde da el sol de lleno, la cegadora blancura. El silencio se adivina. En el cielo hay retazos de nubes grises y cárdenas que, en la lejanía, se agarran a la sierra. Ayudado por esta guía gráfica he entrado en el pueblo por el camino de San Pedro, con la antigua caseta de la luz como mojón y referencia. Cuando pasaba por la cruz de la Villa he pensado que, si la Diputación ha concedido a Sarnago, tras imponerse con claridad al resto de candidatos, el prestigioso premio Colodra, falta poco -¡bendito sea Dios!- para que el camino esté, por fin, asfaltado. Subiendo por la calleja y viendo las imágenes me imaginaba que los pies se me hundían en los ventisqueros, los mismos en los que de niños construíamos trampas para incautos. Una vez arriba, en las eras, me he parado a contemplar el cerro del Castillo y las piezas del Collado, con el pequeño camposanto en la esquina de abajo a la derecha junto al ejido, todo bajo el blanco manto. He pensado, al reencontrarme con ese paisaje tan familiar que no sería difícil seguir la huella de alguna liebre en la vereda difuminada entre los ulagares de las cuerdas del Castillo. En fin, pisando la nieve, me he adentrado por las calles solitarias y silenciosas entre las ruinas cubiertas piadosamente por el manto blanco, sobre todo las imponentes ruinas de la iglesia, y desde encima del ejido he observado el grandioso panorama del monte y los prados transfigurados.

Esta vez han acertado de lleno los del tiempo, y la nieve ha cubierto, en este remate del otoño, las Tierras Altas, donde el invierno dura cinco meses largos. En el pueblo bastaba con observar las nubes cárdenas acordonadas en la sierra y sentir en los huesos el resfrior del cierzo para adivinar su llegada. Las cencelladas y el calamoco precedían a la primera nevada. Había señales de sobra. Los perros retozaban jugando al marro en la plaza. Los gallos cantaban de madrugada con voz aguardentosa. Las urracas buscaban cobijo en los corrales de los cortinales… Lo mejor era meter la hornija bajo techo. A estas alturas de diciembre, a nadie le extrañaba allí que el día amaneciera blanco. A la nieve -las “moscas blancas” la llamábamos- se la recibía con naturalidad y hasta con cortesía, como a una vieja dama conocida.

Un silencio especial, distinto de todos los silencios conocidos, envolvía el caserío. El blanco manto, lo mismo que en estas fotografías, cubría los tejados y las calles, se asentaba en el alféizar de las ventanas, envolvía los bardales, se apoderaba de los campos, embozaba los ribazos, transfiguraba el monte y desfiguraba los caminos. El humo de todas las chimeneas se perdía en el gris espeso de las nubes bajas. Las ovejas recién paridas, con los zarzos de la majada abastecidos de gabejones de heno o esparceta, balaban con un balido largo y dulce buscando a sus caloyos.

Esas son las imágenes que guardo de aquellos días de la infancia y que han removido ahora estas fotografías. Cada nevada se me antojaba distinta aunque pareciera la misma. Como las emociones que levanta aún entre los que venimos de aquellos largos inviernos. Recuerdo que una alegría salvaje se apoderaba de nosotros con los primeros copos o recorriendo luego el monte nevado siguiendo las huellas de las liebres o los inquietos conejos.

Aquel paisaje nevado de la niñez, siempre soñado, al que ahora me han devuelto estas fotos, pierde, sin embargo, sentido si nadie lo contempla, si no hay niños tirándose bolas en la plaza, si no se ve una mujer enlutada, envuelta en su mantón, que baja de la fuente por la calle, con mucho cuidado, con el cántaro en la cabeza, ni aparece sobre la nieve una pisada humana o la huella de un animal, ni siquiera la de un revoltoso perro callejero; si no se oye el balido de una oveja recién parida, ni sale humo de ninguna chimenea, ni está encendida la vieja estufa de hierro de la escuela…Cuando esto ocurre y la nieve cubre piadosamente el pueblo deshabitado, como es el caso, el silencio se vuelve sepulcral y la nevada se convierte en una mortaja blanca.