DE NUEVO, LA NIEVE

por elcantodelcuco

Ha vuelto la nieve a las Tieras Altas. Tengo aquí el reportaje gráfico. Un alma caritativa me ha enviado un vídeo del quitanieves por aquellas carreteras sin coches en medio de un paisaje desolado, y además una preciosa colección de fotos de Sarnago nevado. Para ser la primera nevada ha caído en serio. No ha sido un simple algarazo o unas “amarguras”. Los ventisqueros en los huecos y en los abrigos no engañan. Las imágenes me hacen revivir los inviernos de mi infancia y me obligan a compartir con todos aquellas emociones renovadas. En “El canto del cuco” la visita de la blanca dama se recibe cada año con los honores que se merece.

Las fotografías están tomadas un día claro. Una luz tenue y horizontal baña el caserío, con los tejados cubiertos, y resalta, donde da el sol de lleno, la cegadora blancura. El silencio se adivina. En el cielo hay retazos de nubes grises y cárdenas que, en la lejanía, se agarran a la sierra. Ayudado por esta guía gráfica he entrado en el pueblo por el camino de San Pedro, con la antigua caseta de la luz como mojón y referencia. Cuando pasaba por la cruz de la Villa he pensado que, si la Diputación ha concedido a Sarnago, tras imponerse con claridad al resto de candidatos, el prestigioso premio Colodra, falta poco -¡bendito sea Dios!- para que el camino esté, por fin, asfaltado. Subiendo por la calleja y viendo las imágenes me imaginaba que los pies se me hundían en los ventisqueros, los mismos en los que de niños construíamos trampas para incautos. Una vez arriba, en las eras, me he parado a contemplar el cerro del Castillo y las piezas del Collado, con el pequeño camposanto en la esquina de abajo a la derecha junto al ejido, todo bajo el blanco manto. He pensado, al reencontrarme con ese paisaje tan familiar que no sería difícil seguir la huella de alguna liebre en la vereda difuminada entre los ulagares de las cuerdas del Castillo. En fin, pisando la nieve, me he adentrado por las calles solitarias y silenciosas entre las ruinas cubiertas piadosamente por el manto blanco, sobre todo las imponentes ruinas de la iglesia, y desde encima del ejido he observado el grandioso panorama del monte y los prados transfigurados.

Esta vez han acertado de lleno los del tiempo, y la nieve ha cubierto, en este remate del otoño, las Tierras Altas, donde el invierno dura cinco meses largos. En el pueblo bastaba con observar las nubes cárdenas acordonadas en la sierra y sentir en los huesos el resfrior del cierzo para adivinar su llegada. Las cencelladas y el calamoco precedían a la primera nevada. Había señales de sobra. Los perros retozaban jugando al marro en la plaza. Los gallos cantaban de madrugada con voz aguardentosa. Las urracas buscaban cobijo en los corrales de los cortinales… Lo mejor era meter la hornija bajo techo. A estas alturas de diciembre, a nadie le extrañaba allí que el día amaneciera blanco. A la nieve -las “moscas blancas” la llamábamos- se la recibía con naturalidad y hasta con cortesía, como a una vieja dama conocida.

Un silencio especial, distinto de todos los silencios conocidos, envolvía el caserío. El blanco manto, lo mismo que en estas fotografías, cubría los tejados y las calles, se asentaba en el alféizar de las ventanas, envolvía los bardales, se apoderaba de los campos, embozaba los ribazos, transfiguraba el monte y desfiguraba los caminos. El humo de todas las chimeneas se perdía en el gris espeso de las nubes bajas. Las ovejas recién paridas, con los zarzos de la majada abastecidos de gabejones de heno o esparceta, balaban con un balido largo y dulce buscando a sus caloyos.

Esas son las imágenes que guardo de aquellos días de la infancia y que han removido ahora estas fotografías. Cada nevada se me antojaba distinta aunque pareciera la misma. Como las emociones que levanta aún entre los que venimos de aquellos largos inviernos. Recuerdo que una alegría salvaje se apoderaba de nosotros con los primeros copos o recorriendo luego el monte nevado siguiendo las huellas de las liebres o los inquietos conejos.

Aquel paisaje nevado de la niñez, siempre soñado, al que ahora me han devuelto estas fotos, pierde, sin embargo, sentido si nadie lo contempla, si no hay niños tirándose bolas en la plaza, si no se ve una mujer enlutada, envuelta en su mantón, que baja de la fuente por la calle, con mucho cuidado, con el cántaro en la cabeza, ni aparece sobre la nieve una pisada humana o la huella de un animal, ni siquiera la de un revoltoso perro callejero; si no se oye el balido de una oveja recién parida, ni sale humo de ninguna chimenea, ni está encendida la vieja estufa de hierro de la escuela…Cuando esto ocurre y la nieve cubre piadosamente el pueblo deshabitado, como es el caso, el silencio se vuelve sepulcral y la nevada se convierte en una mortaja blanca.

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