LAS CAMPANAS AL VUELO

por elcantodelcuco

Este año vamos a echar las campanas al vuelo. El arranque del volteo, manual por supuesto, será el próximo 21 de abril, a las 12, en Albaida (Valencia), tierra de campaneros, con bien ganada fama. Inmediatamente el toque de campanas resonará en 300 campanarios de España y en mil campanarios de Europa. Este sonido milenario se propagará, incontenible, por los países del viejo continente, reclamando a la UNESCO que el lenguaje universal de las campanas, portador de comunicación y de distintas emociones, que viene manifestándose desde el siglo XIII sin interrupción, arraigado también en América, sea declarado patrimonio inmaterial de la humanidad. La iniciativa cuenta con fuertes apoyos de los poderes públicos. Con este fin y durante todo el año se sucederán las actividades en torno a las campanas con un programa atractivo. Ocurre esto cuando la decadencia del mundo rural, con muchos campanarios vacíos o silenciosos, el avance de la increencia y el ruido de la vida moderna en los grandes núcleos urbanos amenazan con sofocar por completo el antiguo y familiar sonido de las campanas.

Los promotores ponen especial empeño en la necesidad de recuperar la rica variedad de toques tradicionales, que tan bien conocían los viejos sacristanes y que la masiva electrificación reduce y simplifica. Los buenos campaneros tocan a mano. Ahí están, por ejemplo, los impresionantes conciertos de campanas en Utrera y en otras localidades. Uno recuerda de niño cómo hacían volar a mano los mozos del pueblo las campanas el día de fiesta durante la procesión, mostrando exhibición de fuerza. Siempre he creído que este ejercicio no estaba exento de riesgo. Un día, en Sarnago, se desprendió una de las campanas de la torre y se estrelló en el suelo durante el volteo. Hubo suerte y no hubo víctimas, pero a mí, desde ese día, siendo muy pequeño, me daba miedo el volteo de las campanas y salía corriendo cuando lo oía. Hasta que llegué a monaguillo. La primera vez que subí al campanar me parecieron enormes, sobre todo la campana grande. Ahora, desde que se cayó la torre, descansan, mudas, en el suelo del portal de la escuela y son objeto de curiosidad. En fin, parece claro que con la electrificación del campanario, tan de moda, se gana en seguridad y en comodidad, pero se pierde en variedad y calidad. El progreso, ya se sabe, tiene sus ventajas y sus inconvenientes.

Las campanas, desde siempre, además de su esencial función religiosa, han cumplido un importante papel de comunicación. Han sido las mejores pregoneras. Sonaban a rebato cuando había que convocar al vecindario para hacer frente a un incendio, la pérdida de una persona o ante cualquier otro suceso que amenazara a la comunidad. Llamaban a concejo o a hacenderas. Anunciaban, con el tentenerrublo, la llegada de los merineros trashumantes el día de los alardes. Ahuyentaban con un volteo breve y nervioso, las sayas boca arriba y la cabeza boca abajo, las tormentas con ruido de piedra. Repicaban en las bodas. Doblaban a muerto anunciando la muerte de un vecino y acompañándolo después al camposanto. Y, en Sarnago, hasta hacían de reloj: era mediodía cuando el sol daba en el borde de la saya de la campana grande.

Cada toque era distinto y peculiar. Cuando tocaban a misa, todo el mundo sabía si habían dado la primera, la segunda o la tercera. Además de llamar a misa con tres avisos o señales, como en el teatro, pueden consignarse, sin ánimo exhaustivo, los siguientes toques peculiares: Toque de nonas, para avisar precisamente a los campaneros; toque de capellanes, para que estos acudieran a coro; toque de ángelus, oración a la Virgen a mediodía, que, al oírlo en el campo, los campesinos cristianos paraban la yunta, se quitaban la boina y rezaban un avemaría; toque de completas, en Cuaresma; toque de ánimas, recordando a los difuntos al anochecer; y toque de sermón, cuando llegaba un predicador al pueblo. Había, además, distintas combinaciones de repique y volteo según la solemnidad de la fiesta y el momento de la misma. (Espero que los lectores proporcionen alguno más).

Todo este variado y rico lenguaje, portador de emociones, que viene de lejos, es lo que se pretende conservar como un tesoro cultural, que nos conecta con los antepasados y nos hace más humanos. Los campanarios no son sólo patrimonio de las cigüeñas y, desde luego, es triste ver tantos campanarios de Castilla sin campanas ni nadie que las oyera. Pero por una vez, como decía, hoy toca echar las campanas al vuelo.

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