El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: mayo, 2018

LA ESPAÑA QUE ENVEJECE Y SE VACÍA

El mundo rural envejece y se despuebla de año en año. En realidad asistimos al final de una cultura milenaria, un verdadero cambio de época. La decadencia de la España interior es uno de los grandes fenómenos sociales e históricos de nuestro tiempo. Hasta aquí, ningún descubrimiento, pero un acuciante deber moral nos obliga a algunos a volver una y otra vez sobre ello, como el herrero en la fragua, intentando machacar las conciencias y alertar a la opinión pública y a los altos despachos del poder sobre este drama humano y sobre los efectos de este cambio radical de horizonte al que asistimos. Como dice el escritor irlandés Oliver Goldsmith, “las virtudes rurales abandonan el país”. No es seguro que estas virtudes tengan recambio.

De un tiempo a esta parte, ha aumentado considerablemente la nómina de poetas, escritores y sociólogos, jóvenes y viejos, que se ocupan del problema de la despoblación. Rara es la semana que no aparezca un libro nuevo, más o menos interesante, sobre el particular. Abundan, entre piezas de cierto valor literario, relatos localistas que no conviene despreciar y que ayudan sobre el terreno a levantar acta de lo que está pasando y de lo que se está perdiendo. Se cuelan también pastiches de éxito literario momentáneo, pero de corto alcance, -no me hagan hablar- sin pizca de compasión, que se aprovechan de la penosa situación para vender ejemplares y que no ayudan nada a resolver ni a iluminar el problema. En todo caso asistimos a un rebrote de la literatura llamada ruralista. Y esto acarrea que historias del mundo rural aparezcan con mayor frecuencia en los medios de comunicación de alcance nacional, en muchos casos por lo que las ruinas o las costumbres antiguas tienen de pintorescas. Esto hace también que los poderes públicos se remuevan un poco en sus asientos y prometan planes ambiciosos, aunque estos se diluyan pronto, con el paso de los meses, hasta que llegue la siguiente convocatoria electoral con los nuevos presupuestos bajo el brazo. Todo se reduce mientras tanto a pequeñas ayudas y a algunos parches. Y vuelta a empezar. Sin un plan global que haga frente al gran desequilibrio demográfico de las “dos Españas”.

No hace falta comprobar con datos estadísticos lo que está pasando. Basta con acercarse a los pueblos para ver que la España rural sigue vaciándose. Recorrer las calles solitarias, sin un alma ni un animal, sin un niño ni un mozo, y encontrarse, si acaso, con una persona mayor encorvada bajo el peso de los años. Eso en el caso de que quede alguien y no sea todo una ruina. Pero, por si alguien piensa que exagero, he aquí las últimas estadísticas oficiales que han llegado a mis manos: Los pueblos de menos de 2.000 habitantes -casi todos los de Soria, sin ir más lejos- han perdido desde 1970 prácticamente la mitad de la población. Del 11 por ciento se quedan en el 5.9 por ciento de la población total de España. Y también decaen los municipios rurales intermedios, los que tienen entre 2.000 y 10.000 habitantes. Esto es especialmente llamativo en Castilla y León. Ahora no sólo se van los jóvenes, que no encuentran alicientes para seguir en el pueblo, y los de mediana edad, sino también los mayores de 65 años. Por ley de vida, muchos de estos se van muriendo. De año en año sólo aumenta la nómina del cementerio. Las defunciones superan abrumadoramente a los nacimientos. Pero además muchos ancianos que han resistido hasta ahora no aguantan más la soledad, los achaques y el abandono. Se van a una residencia o a la casa de los hijos en la ciudad a ayudar, de paso, con la pensión. A fecha 18 de enero último, en 5.686 municipios rurales vivían 773.249 mayores de 65 años, con no pocas necesidades que cubrir. Y en los pueblos pequeños la mitad del censo municipal ha superado ya la edad de jubilación. Este es el panorama. Los fríos datos oficiales no engañan, pero no alcanzan a reflejar el cúmulo de dramas humanos que tienen lugar en la España callada. “Nunca medraron los bueyes / en los páramos de España” (Miguel Hernández).

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ÉRAMOS POBRES, CON EL AIRE LIMPIO

Echo hoy mano del chat de los Hernández. Reproduzco, con leves retoques, un relato que ha enviado Miguel -Miguel Hernández, como el poeta oriolano- y que anda circulando por la red, al que añadiré por mi cuenta un breve estrambote.

La escena tiene lugar en la caja de un supermercado. Una señora le pide al cajero una bolsa de plástico para la compra. Y el cajero se lo recrimina.

-Señora, debería traer su propia bolsa de casa. Como usted sabe, las bolsas de plástico contaminan el medio ambiente.

-Perdone -responde la señora- , pero es que en mis tiempos no había esta moda verde.

-Ese es ahora nuestro problema -le replica el cajero-. Los de su generación no pusieron suficiente cuidado en conservar el medio ambiente, y así anda el planeta.

-Tiene usted razón -le dice la señora-. Como le digo, entonces lo verde no estaba de moda.

Y no pudo contenerse ante la impertinencia del cajero ecologista y se desató la mujer:

-En mi tiempo, las botellas de leche, las de gaseosa y las de cerveza se devolvían a la tienda. La tienda las enviaba de nuevo a la fábrica donde las lavaban y rellenaban. Así las mismas botellas recicladas se usaban una y otra vez. Por supuesto, no eran de plástico.

-No había escaleras mecánicas en los comercios ni en las oficinas. Subíamos y bajábamos andando por las escaleras. Por supuesto, íbamos también caminando a las tiendas en vez de ir en coche de 150 cv para recorrer doscientos metros.

-Por entonces, lavábamos los pañales de los bebés, porque no eran desechables. Secábamos la ropa en tendederos, no en secadoras que funcionan con 220 voltios. Eran verdaderamente la energía solar y la eólica las que secaban nuestra ropa. ¡Ah! Los chicos heredaban la ropa de sus hermanos mayores, sin comprar siempre modelitos nuevos.

-Entonces no teníamos más que una televisión pequeña en casa; no una de plasma en cada habitación del tamaño de una ventana.

-En la cocina molíamos y batíamos a mano, porque no había máquinas eléctricas.

-Cuando empaquetábamos algo frágil para enviarlo por correo, lo protegíamos con periódicos viejos arrugados, no cartones con bolitas de plástico.

-En aquellos tiempos, la podadora y la segadora de césped funcionaba a mano. No arrancábamos para eso un motor ni quemábamos gasolina. Y, por supuesto, no había soplahojas, esos horribles artefactos, que hacen tanto ruido y que contaminan el aire.

-Hacíamos ejercicio trabajando, así que no necesitábamos ir a correr a un gimnasio sobre cintas mecánicas movidas por electricidad.

-Cuando teníamos sed, bebíamos agua del grifo, en lugar de usar vasos y botellas de plástico.

-Recargábamos las plumas estilográficas con tinta, en lugar de comprar una nueva, y cambiábamos las cuchillas de la maquinilla de afeitar en vez de tirarla a la basura cuando se embotaba el filo.

-En aquellos tiempos, la gente tomaba el tranvía o el autobús y los chicos iban a la escuela andando o en bicicleta, en lugar de usar constantemente de taxistas a mamá o a papá.

-Teníamos un enchufe en cada habitación, no una regleta de enchufes para alimentar una docena de artefactos. Y no necesitábamos un aparato electrónico que recibía señales desde satélites situados a cientos de kilómetros en el espacio para encontrar la pizzería más próxima.

-Así que -concluyó la buena señora, mientras terminaba de meter la compra en la bolsa- me parece lógico que ustedes, los jóvenes, se quejen, y nos echen en cara continuamente a nosotros, los mayores, que no estamos al tanto de la maravillosa moda verde.

Si yo hubiera ido detrás de esta señora en la fila de la caja del supermercado, no me habría contenido y le habría añadido mis razones al joven cajero ecologista.

-¿Sabes, muchacho? En mi pueblo no había luz eléctrica, ni se conocían los plásticos. Tampoco había coches, ni motos, ni teléfono, ni agua corriente. Bebíamos directamente del botijo o del caño de la fuente. La leche se hervía en un cazo, recién ordeñada de las cabras. Íbamos siempre andando o a caballo. Segábamos a hoz o a dalle…Éramos pobres, pero teníamos el aire limpio. O al revés: teníamos el aire limpio, pero éramos pobres.